|
EDITORIAL
La OEA en el contexto de la crisis del multilateral
Alejandro Deustua
13 de abril de 2005
Si los organismos internacionales son sólo lo que sus Estados
desean, la erosión de los Estados por el incremento de la
interdependencia o de la trasnacionalización, supondrá
también la depreciación de esos organismos. Y si el
multilateralismo contemporáneo se mide por la calidad de
estas entidades internacionales, entonces los resultados del multilateralismo
sólo oscilará entre diversos grados de ineficiencia.
Es muy probable que la crisis de la diplomacia multilateral obedezca
tanto o más al encadenamiento negativo de estas instancias
(organismos, Estado, multilateralismo) que a los excesos del unilateralismo
(el caso de Estados Unidos) o del bilateralismo (en el que incursionan
incrementalmente países menores como los nuestros). Ni la
realidad unipolar ni la ineficiencia de la hegemonía (que
no es equivalente a “imperio” como suele confundirse)
parece influir más en la crisis del mutlilateralismo que
la incapacidad de los Estados en ponerse de acuerdo con propósitos
simultáneamente nacionales y colectivos.
Lo extraordinario de esta situación de post-Guerra Fría
es que la tendencia a la univesalización de los valores liberales
(la libertad, los derechos humanos, la democracia) no empareje con
mayor identidad de intereses la mayor disposición a la cooperación
existente. Es muy probable que ello pueda obedecer a que la propensión
a la uniformidad de los principios con que se rige Occidente intensifique
la diferencia de los intereses específicos de sus miembros
una vez resueltos los generales al tiempo que las diferencias de
valores con los que aún están al margen del ámbito
liberal evoluciona hacia la beligerancia con esos terceros. Esa
beligerancia “extrasistémica”, a su vez, retroalimenta
las diferencias concretas entre los Estados liberales mientras su
ámbito se expande.
Quizá sea este amplio marco el apropiado para evaluar la,
hasta ahora, frustrada elección del Secretario General de
la OEA. En consecuencia, si se espera que ésta sea resuelta
el próximo 2 de mayo, el mecanismo de su solución
deberá tener en cuenta también el contexto de crisis
externa en que se desenvuelve el organismo interamericano. Y al
hacerlo deberá inducir la intensa búsqueda del consenso
entre sus miembros, la flexibililización de los alineamientos
rígidos que ha producido la reciente contienda electoral
(17 votos para cada candidato en cinco elecciones consecutivas)
y, eventualmente, la declinación de las actuales polarizantes
candidaturas.
Ello es especialmente necesario cuando, además, los candidatos
son funcionarios de Estado en actividad que involucran la intensísima
participación de sus gobiernos. Y cuando éstos, al
calor de la contienda, tienden a asumir que quienes votaron por
ellos han comprometido lealtades que devienen en indeseables alineamientos
mientras que los votaron por el candidato rival son percibidos como
antagonistas. Deshacer el espíritu de confrontación
instalado en el ámbito interamericano a propósito
de esta elección es aun más necesario cuando los Jefes
de Estado patrocinadores de candidaturas tienden a comportarse como
si éstas fueran una causa nacional en la que el gobierno
correspondiente se juega no sólo el prestigio sino el status
regional.
Por lo demás esas condicionalidades han adquirido dos dimensiones
adicionalmente peligrosas. En el ámbito externo, Estados
con relaciones diplomáticas más o menos armoniosas
(o generalmente exentas de conflicto) y nutridas por intereses fuertemente
complementarios, hoy tienden a enfriarse (el caso de México
y Chile). Y en el ámbito interno, los gobiernos de esos países
parecen sobredimensionar el éxito o fracaso de sus patrocinados
relacionándolo, eventualmente, con próximas contiendas
electorales internas.
La extraordinaria susceptibilidad con que ha reaccionado la opinión
pública de nuestro vecino del sur así lo demuestra.
De un lado se increpa al gobierno por no haber previsto adecuadamente
la posibilidad de fracaso y se reacciona con hostilidad frente a
la complejidad cambiante de la relación intraregional. Del
otro, se cuestiona la relación con los vecinos a los que
se les atribuye un rol extraordinario en el desarrollo del drama
percibido. La insuficiencia que estos análisis muestran pueden
ser proporcionales a la sensitividad con que la opinión partidaria
en ese vecino pueda estar reaccionando.
Nada de esto se revertirá con la insistencia en dos candidaturas
que apuntarían, ahora todavía más, a un resultado
de suma 0 para los candidatos y la colectividad interamericana.
Para que la elección del próximo Secretario General
de la OEA sea uno de suma positiva (una en la que todos ganan) se
requiere un candidato de consenso con el que la gran mayoría
(no una mayoría simple) se sienta cómoda y bien representada,
liberada de alineamientos insostenibles y dispuesta a restablecer
una adecuada relación entre los países involucrados.
El desescalamiento de la contienda de poder que se ha congregado
en torno a la elección de un funcionario público –como
es el Secretario General de la OEA- es imprescindible.
Más aún si ese funcionario debe contribuir a destrabar
eficazmente y de manera comunitaria, los frustrados procesos interamericanos
de redefinición del sistema de seguridad colectiva, de aplicación
razonable de la Carta Democrática, de promoción de
la integración hemisférica, de reforma y fortalecimiento
institucional del organismo hemsiférico y de relación
extraregional. Si estos procesos forman parte del acervo regional
y de los intereses nacionales de los países miembros, su
sistemática frustración ciertamente muestra la extraordinaria
ineficacia de estos países para satisfacer sus propios requerimientos.
Para contribuir a revertirla se requiere de un Secretario General
activo, conciliador y liberado de limitaciones nacionales o de alianzas
condicionanntes.
Por lo demás, en medio de la crisis del multilateralismo
global, los países americanos no pueden darse el lujo de
seguir desmereciendo el organismo regional más antiguo del
mundo en tanto éste es un instrumento de identidad occidental,
de organización hemisférica, de relación con
los más poderosos y de inserción internacional en
un escenario extracontinental que alumbra, incrementalmente, otros
organismos regionales como formas contemporáneas de ordenamiento
geográfico. Menos aún cuando la ineficiencia de la
OEA ha llegado, nuevamente, al límite de lo políticamente
admisible y cuando, a la luz de lo acontecido con el Secretario
General renunciante -cuya falta de ética no es patrimonio
de este Continente- , la respetabilidad de esa investidura ha topado
nuevamente con el extremo de la tolerancia moral.
A mayor abundamiento, los organismos subregionales de integración
y los Estados latinoamericanos que conforman la OEA saben que no
podrán articularse adecuadamente al margen de esta entidad
hemsiférica luego no de 57 años de existencia sino
de 115 años de tradición. Así ocurrió
durante la Guerra Fría y segurirá ocurriendo después
de ella.
Pero para que esta entidad regional –que la Carta de la ONU
reconoció implícitamente como estamento necesario
de seguridad colectiva- no sea sólo un inercial e inocuo
instrumento de diplomacia regional, su liderazgo debe ser reconocido
por todos. Especialmente cuando una de sus funciones consiste en
la dificil tarea de contribuir a aplicar los principios y normas
que la propia organización ha adoptado por disposición
de sus miembros. Frente a la resistencia de los Estados partícipes
a comportarse de acuerdo a lo normado por ellos mismos la autoridad
que les recuerde sus obligaciones no sólo debe ser enérgica
sino ampliamnte aceptada.
Un segundo requerimiento es el referido ya no una reforma de contenidos
sino a los mecanismos de toma de decisiones en función de
una mejor representatividad. Ningún organismo regional puede
reclamar eficiencia normativa con la sistemática disfuncionalidad
de un grupo de países que, representado una extraordinaria
minoría demográfica y económica, tiene capacidad
de ejercer el rol de balancer en las relaciones hemisféricas.
Este es el caso de los 14 países del Caribe de un total de
35 (si se incluye a Cuba que no ha sido expulsada sino suspendida
del proceso decisorio).
Para evitar su excesiva interferencia, el proceso decisorio debería
evaluar las bondades del modelo de doble mayoría europeo
en el que la equivalencia de “un país un voto”
ha sido reemplazada por el voto calificado de acuerdo al peso demográfico
y no sólo nacional según la trascendencia de la decisión.
Esta alternativa acabaría con la extraordinaria incidencia
política derivada del ejercicio desmesurado del principio
de la igualdad jurídica de los Estados tan bien aprovechado
por ex colonias británicas y francesas que eventualmente
no llegan ni a 50 mil habitantes por país, habitan en espacios
de aún menos kilómetros cuadrados y sustentan economías
que sumadas, en algunos casos, apenas alcanzan a la del más
pobre mercado suramericano. Cuando su rol intermediador resulta
sistemáticamente decisivo para el hemisferio los problemas
de distorsión de la naturaleza de la decisión, asociada
a consecuentes maniobras de cooptación, resultan demasiado
evidentes para ser obviados. Estos problemas y su solución
ya han sido advertido por muchos
Y para agilizar el proceso decisiorio en materia de seguridad -y,
eventualmente, de política hemisférica cuando corresponda
(como la reacción rápida frente a emergencias nacionales
entras las que la quiebra, vulneración o grave debilitamiento
del orden democrático son algunas de las más relevantes)-
evitando la interferencia desemesurada de países pequeños
y minoritarios, la excesiva proyección del hegemón
norteamericano y las complicaciones de las reuniones de ministros
de relaciones exteriores, quizás un Consejo representativo
con la autoridad del Consejo de Seguridad de la ONU deba ser considero.
Pero esa tarea circunstancial debe ser acompañada de la
exigencia cotidiana del cumplimiento cabal de la Carta de la OEA,
de las resoluciones de la Asamblea General y de las decisiones del
Consejo Permanente por un Secretario General de amplísima
convocatoria. De allí que este funcionario no debe emerger
de una elección ganada por una pequeña mayoría
como ocurriría, como mejor escenario, de mantenerse la pugna
de los candidatos actuales. Es probable que ni siquiera el consenso
en torno de terceras figuras gubernamentales sería pertinente
frente a la magnitud de los desafíos hemisféricos
actuales. Para confrontarlos quizás el mejor postulante sería
una personalidad de limpia y ejecutiva trayectoria, reconocimiento
universal y sin actual compromiso gubernamental. Si la contienda
de poder estimulada por un elección regional regresa al terreno
de la racionalidad, ésta es una alternativa que debe ser
considerada.
DERECHOS RESERVADOS
El Editor (ADC) |