|
EDITORIAL
Innovación En El Norte de Suramérica
Alejandro Deustua
1 de abril de 2005
Una innovadora reunión de Jefes de Estado se acaba de lleva
acabo en Venezuela. Los presidente de Uribe y Chávez han
concurrido a Ciudad Guayana en apariencia para consolidar la distensión
entre sus Estados luego de la confrontación diplomática
suscitada por la captura del “canciller” de las FARC
en Caracas y su “transporte”, por agentes a sueldo,
a Colombia. La novedad de la reunión proviene tanto de los
términos emergentes de la relación colombo-venezolano
como de una reconfiguración estratégica en el norte
de Suramérica en la que participan los más influyentes
actores regionales y extraregionales en la zona luego de Estados
Unidos.
En ese marco, lo aparentemente secundario - la presencia en la Cumbre
cuatripartita de los representantes de dos medianas potencias con
intereses regionales fuertemente condicionantes de su política
exterior- señala la parcial apertura del área a nuevos
factores de poder en la zona. En efecto, para esas potencias América
Latina, en el caso de España, y Suramérica, en el
caso de Brasil, el escenario regional no es sólo un hábitat
sino una base geopolítica que determina su inserción
en el mundo.
El caso es particularmente importante para España en tanto
América Latina constituye para ella un ámbito cuya
prioridad puede ser nominalmente secundaria pero cuya importancia
real contribuye a definir la naturaleza de su política exterior.
En todo caso así lo entiende el gobierno del PSOE al punto
de hacer de esa prioridad una de las referencias con las que desea
distinguirse del Partido Popular.
En efecto, en la visión del Presidente de Gobierno Rodríguez
Zapatero, España debe retomar en América Latina un
liderzago consecuente con los tradicionales proyecciones de la vocación
europea y transatlántica española. En la perspectiva
del Presidente del Gobierno el pilar latinoamericano de su política
exterior fue controversialmente reestructurado por el gobierno del
PP privilegiando la relación con Estados Unidos. El hecho
adquirió superior y controversial dimensión estratégica
a raíz del alineamiento de España con Estados Unidos
formalizado por el señor Aznar en la guerra de Irak.
Aunque esa aproximación pueda ser extremadamente general,
el señor Rodríguez Zapatero pretende replantear el
vínculo trasatlántico devolviendo prioridad política
y estratégica a la América Latina en claro contraste
con su predecesor que enfatizó, con éxito, el vínculo
económico y empresarial. Ciertamente esa aproximación
puede ser sensata y conveniente para las partes siempre que no oponga
el renovado privilegio latinoamericano a la fricción española
con Estados Unidos.
Lamentablemente, de momento éste parece ser parcialmente
el caso. Y lo es no sólo en el ámbito diplomático
sino en el estratégico en tanto la opción española
se definió en el campo de batalla con el inmediato y pleno
retiro de las tropas de ese país desplegadas en Irak. Aunque
histórica, la relación coyuntural de España
con América Latina está marcada ahora también
por esa opción.
De allí que el gobierno español haya concurrido a
Venezuela con bastante más que buenos deseos. La seriedad
de sus intenciones se ha reflejado en compromisos de venta de armas
por US$ 1300 millones al gobierno del Presidente Chávez.
Aunque el material comprometido (aviones y barcos desartillados
de carga, transporte y vigilancia) no apunte a cambiar la correlación
de fuerzas (en efecto, el armamento no puede ser considerado como
ofensivo), éste señala un compromiso político-militar
destinado a incrementar la influencia española en la región
en un escenario donde la seguridad ha adquirido, como es evidente,
un altísimo perfil.
Así, España se reincorpora al escenario de seguridad
suramericano empezando por su zona más inestable: la andina.
Y lo hace con la anuencia del más firme aliado norteamericano
en la subregión –Colombia- cuyo Presidente ha expresado
que la transacción favorece a su país en tanto fortalece
la capacidad venezolana de luchar contra el narcotráfico
y el terrorismo.
Esa disposición ha sido reiterada luego durante la visita
oficial del señor Rodríguez Zapatero a Colombia en
donde éste ha garantizado el pleno respaldo de su Estado
a la lucha contra el terrorismo que libra el gobierno del Presidente
Uribe. La autoridad española ha respaldado sus palabras también
con la oferta de equipo militar aunque ésta haya sido más
bien simbólica (la cesión de tres aviones de transporte
de tropas).
Si España se ha incorporado fuertemente al escenario de seguridad
colombo-venezolano a través del aprovisionamiento de material
militar, ahora falta ver si los demás países andinos
pueden beneficiarse también con facilidades españolas
para el repotenciamiento sus debilitadas fuerzas armadas. Si bien
ello no implica una carrera armamentista (que preocupan a gentes
tan desprejuiciadas como el ex -Canciller mexicano Jorge Castañeda
quien ha escrito sobr el particular), las expectativas que la contribución
española abren en la región sí despiertan interrogantes
sobre si las colocaciones no servirán de cobertura al gobierno
del Presidente Chávez para la compra de armamento convencional
que sí tiene potencial ofensivo (100 mil Kalashnikovs y cazas
MIG-29 a Rrusia) y si su comportamiento no es discriminatorio con
países que, como el Perú, tienen urgentes requierimientos
logísiticos. Siendo la relación con España
fundamental para todos los países de la región, estos
interrogantes deben ser resueltos si la nueva predisposición
hispana desea desempeñar un rol más consistente en
el área.
De otro lado, la presencia del Presidente Luis Ignacio Lula da Silva
en la cumbre colombo-venezolana, tiene también un carácter
que trasciende a la importancia de su rol mediador en la controversia
colombo-venezolana. Su participación al lado del Presidente
Rodríguez Zapatero ciertamente tiene una dimensión
ideológica (la concertación de medianas potencias
de gobiernos social demócratas que desean incrementar su
influencia en pequeña potencias andinas). Aunque ni el Presidente
Chávez ni el Presidente Uribe habrán ignorado esta
situación colateral, ninguno habrá considerado, sin
embargo, que en ella reside la principal motivación brasileña.
Su participación con el propósito de contribuir a
“sellar” la solución del diferendo colombo-venezolano
ayuda a destacar el rol de la mediación brasileña
en prácticamente toda controversia significativa en la región
(rol que es complementado ahora con el liderazo en operaciones de
mantenimiento de la paz como hoy sucede en Haití). Ello,
como es evidente, ratifica el status de Brasil como la potencia
predominante en el área y el reconocimiento por las partes
del liderazgo que ésta desempeña a pesar de muy justificadas
oposiciones a su predominio.
Tal status, que hasta hace década y media era disputado por
Argentina y tendía a ser conferido por Estados Unidos, hoy
es reconocido y reiterado también por la superpotencia. Ésta
lo ha hecho recientemente a través de sus más altas
autoridades incluyendo a la Secretario de Estado Rice y el Secretario
de Defensa Rumsfeld.
Ello ocurre en dos contextos diferentes. El primero concierne al
interés brasileño de incorporarse como miembro permanente
del Consejo de Seguridad de la ONU en momentos en que se retoma
la discusión del proceso de reforma de ese organismo. De
lograr esa incorporación, Brasil formalizaría ante
el mundo la representación de los intereses suramericanos
–que hoy se le disputa- y su reconocimiento como potencia
media (status superior al de potencia emergente). Ello, a su vez,
redefinirá la jerarquía de poder en la región
de manera que deberá ser oportunamente atendida.
El segundo elemento contextual es el de la renovada preocupación
brasileña por agregar seguridad a una cada vez más
inestable cuenca amazónica. Este prioridad estratégica,
que además, fortalece un rol militar que no puede ejercerse
en otro escenario con la misma influencia e intensidad, tiene especial
incidencia en dos fronteras (de las 10 brasileñas) donde
el desborde de la narco-guerrilla es una realidad y en la que el
riesgo de conflicto convencional debe ser controlado. Esta labor
reclama un constante cooperación con Venezuela y Colombia
que eventualmente deberá replicarse con Perú y Ecuador
si se desea que a la estabilidad pretendida se agregue un equilibrio
razonable en el área.
En este marco de seguridad, la nueva posición colombiana
de apaciguamiento con Venezuela parece, de momento, medianamente
garantizada. Si dos potencias mayores contribuyen, en principio,
a atenuar los predisposición del Presidente Chávez
a interferir en los asuntos internos de sus vecinos, es comprensible
que el presidente Uribe haya mostrado hoy una comprensión
–en otro momento inviable- por la adquisición de armamento
español por Venezuela. Sin embargo, aún resta comprobar
cuánto de deseo y cuánto de realidad hay en la aquiesencia
colombiana a esa compra en el entendido de que ésta servirá
para mejorar la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.
En todo caso, Colombia parece haber transitado en este terreno de
la confrontación con el gobierno chavista al compromiso con
él. Sin embargo, teniendo en cuenta que la relación
con Estados Unidos constituye una vinculación especial que
bordea la naturaleza de una alianza, esta evolución debe
haber sido consultada con la primera potencia.
Si ello ha ocurrido se estaría confirmando una de las vías
de “contención” de la agresividad chavista cuyo
planteamiento político ha sido hecho público por el
Departamento de Defensa. En lugar de proceder a un costoso montaje
de contención militar se estaría procediendo aquí
a una contención política a través de la interacción
constructiva con Venezuela.
Ello confirmaría la nueva disposición del Departamento
de Estado a no considerar formalmente al gobierno venezolano ni
a su líder como un enemigo y de revalorizar su relación
con los gobiernos de izquierda en la región con los que,
según la señora Rice, Estados Unidos desarrolla quizás
mejores relaciones que con los demás.
Tal línea de trabajo se confirma en el apoyo del gobierno
norteamericano a la solución del grave problema de pagos
argentino y con los renovados contactos presidenciales y de defensa
entre Estados Unidos y Argentina. Estos canales han servido también
para transmitir al gobierno del Presidente Kirchner la persistente
preocupación norteamericana por las actividades desestabilizadoras
del gobierno de Chávez a través de sectores disfuncionales
de los países andinos (y también de brasileños
y argentinos en tanto el Presidente venezolano ha expresado su apoyo
al Movimiento de los Sin Tierra brasileño y a los piquteros
platenses). Tales preocupaciones han sido manifestadas también
por el Ministro de Defensa argentino, el señor Pampuro, en
el contexto de la cumbre cuatripartita en Venezuela.
Como es evidente, el Presidente Chávez encuentra ahora una
mejor disposición vecinal y extraregional para acomodar sus
intereses, controlar su afán interventor en la subregión
andina y cancelar los vínculos con agentes que ponen en riesgo
la seguridad de estos países. Para ayudarlo a tomar ese camino
quizás los esfuerzos de España, Brasil y Colombia
deban ser complementados por una decisión andina en el mismo
sentido teniendo en cuenta que el compromiso del señor Chávez
con la subregión sigue claramente subordinado a sus pretensiones
de transformación sistémica y a su prioritaria vinculación
con Cuba.
Si eso se logra, la estratégica innovación cuatripartita
en el norte de Suramérica podrá irradiarse constructivamente
al conjunto regional.
DERECHOS RESERVADOS
El Editor (ADC) |