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EDITORIAL
Perú, Chile y Ecuador: ¿tormenta en vaso
de agua?
Alejandro Deustua
27 de marzo de 2005
Sin duda que la venta de armamento por quien es garante de un
acuerdo de paz a uno de los miembros de ese acuerdo afecta extraordinariamente
a la parte perjudicada y al conjunto del régimen que regula
esa relación bilateral. El problema es aún más
grave en tiempos de guerra cuando la vulneración del rol
tutelar, la violación de dispositivos de la ONU que prohíben
la entrega de armas a las partes en conflicto y el alineamiento
estratégico del garante con uno de los beligerantes configuran
una compleja amenaza a la seguridad del afectado. ¿Pero sigue
ésta en pie una década después de ocurrido
el hecho, siete años luego de acordada la paz entre los beligerantes
y resuelto el problema sustantivo entre ellos?
Si la respuesta es negativa, como es el caso en la reciente crisis
de confianza peruano-chilena desatada por unas irresponsables declaraciones
de un prófugo militar ecuatoriano, ¿cuál es
la naturaleza del problema? Para el Perú ésta debiera
concretarse al examen de su dimensión histórica, al
señalamiento de la intensidad estratégica de la vinculación
chileno-ecuatoriana y a la evaluación de la credibilidad
del interlocutor chileno a la luz de tales antecedentes. Antes que
frente a un problema de seguridad, estamos entonces frente a una
situación que afecta la consistencia política de la
relación bilateral.
Y si éste es el caso, ¿cómo se calibra el problema
actual si éste ya ha sido tratado en 1994-1995, las explicaciones
han sido brindadas y los gobiernos de entonces decidieron superarlo?
Pues con los mismos criterios de entonces (se habría tratado
de una iniciativa militar chilena insuficientemente controlada por
el poder civil). Salvo que hubieren ocurrido hechos nuevos que transformen
la naturaleza de lo ocurrido. Si nuestras autoridades sostienen
que hay nuevos indicios sobre el particular, debemos creer en su
dicho.
Pero si los indicios no han sido definidos ni presentados y, por
tanto, de momento, éstos no cambian la naturaleza del problema
ni su pasada cronología ¿es entonces racional escalar
su dimensión diplomática, dejar en suspenso los contactos
militares generadores de confianza entre las partes e incluir tácitamente
en esa cancelación canales de consulta institucional bilaterales?
Si la respuesta es negativa, como lo es, y si luego de intercambios
diplomáticos de ambigua titularidad, las cancillerías
deciden regresar al cauce institucional ad hoc que no debieron poner
en riesgo, entonces asistimos a un serio problema de toma de decisiones
sobre temas de seguridad y política exterior en la relación
peruano-chilena.
En lo que concierne al Perú, éste supera el nivel
circunstancial (la súbita inducción del problema por
terceros) o de incompetencia de un gestor coyuntural (la oficina
de un premierato complicada por otras urgencias) en tanto se permitió
el fácil escalamiento de un problema, la configuración
de una crisis y el posterior retorno a un adecuando nivel de manejo
al costo de haber alterado por completo un proceso institucional
que compromete intereses nacionales complementarios (la toma de
contacto de las más altas autoridades de defensa peruanas
y chilenas). La volatilidad de este proceso de decisiones está
a la vista.
A esa problemática concurrieron, con mayor o mayor incidencia,
factores contextuales en Perú, Chile y Ecuador que ambientaron
el problema.
En el Perú éstos correspondieron a la confrontación
entre Ejecutivo y Legislativo en torno a un tema que ponía
en cuestión la legalidad del origen electoral del partido
de gobierno. En Ecuador, el contexto relevante fue el de la intensidad
de la confrontación política interna que involucra
a militares retirados con mando durante el conflicto de 1995 con
el Perú. Y en Chile, el ambiente fue influenciado por la
inminencia de la contienda electoral interna y otra externa en la
que un candidato chileno es fuertemente respaldado por su gobierno.
En el caso del Perú, el apresuramiento que marcó el
manejo de la crisis estuvo ligado a la disonancia institucional
interna. Además, la interrelación de gestiones simultáneas
entre una comisión investigadora del Congreso que concurría
a Palacio (y que cuestionaba el origen del gobierno), el Consejo
de Defensa Nacional (que debía lidiar esa misma tarde con
un problema externo de naturaleza incierta), el Primer Ministro
(que, congestionado por la conflictividad interna, había
sido encargado de la cartera de Relaciones Exteriores), el Ministro
de Defensa (que hacía pocos días retornaba de Chile
con la sensación de éxito en el fortalecimiento de
la relación bilateral) y la ausencia del Canciller (que,
en visita oficial en Italia, fue consultado aunque no dio suficiente
muestra de ello) ciertamente afectó la calidad y la forma
de la decisión.
La dispersión de la autoridad en el manejo de la crisis quedó
en evidencia indicando, además, posibles complicaciones en
la gestión de la política exterior y en su consistencia
institucional. A racionalizar el proceso no ayudó la fuerte
carga emocional que lo rodeó derivada del sustancial cuestionamiento
parlamentario del gobierno y de la relancia del interlocutor externo.
En el caso ecuatoriano, la impertinencia de las declaraciones de
un ex-Jefe del Comando Conjunto puede explicarse tentativamente
por su propia condición de prófugo obligado a demostrar
poder (en este caso, la capacidad de causar daño), a complicar
la condición de sus ex-colegas y rivales implicados en un
caso de compra ilegal de armas y apropiación de recursos
(la compra de armamento desde Argentina) o de afectar la creciente
vinculación castrense peruano-chilena considerando, en su
perspectiva, que ésta complica la relación especial
que el Ecuador mantiene con Chile.
Para los efectos prácticos, el irresponsable general ciertamente
logró transitoriamente el último propósito
aunque haya priorizado el primero o el segundo. Además, la
necesidad del gobierno ecuatoriano de marcar distancia con el oficial
prófugo (el Presidente del Ecuador es un militar que también
participó en el conflicto de 1995), de no comprometerse con
las implicancias de sus acciones y, quizás, alguna expectativa
estratégica sobre el desenlace de la crisis contribuyeron
a que éste se mantuviera al margen en lugar de ayudar a desescalarla
con algún pronunciamiento. Al respecto, sólo se adujo
que la situación del oficial prófugo es responsabilidad
del Poder Judicial.
En el caso de Chile –el Estado más afectado por las
declaraciones de Bayas y que perdía, tanto como el Perú,
con la complicación del proceso de generación de confianza-,
su gobierno disponía probablemente de menor capacidad de
maniobra en decisiones de alta política por dos razones.
Primero, su Presidente se encuentra involucrado en una campaña
electoral en la que la continuidad en el gobierno de la coalición
oficialista depende una muy popular ex Ministro de Defensa. Segundo,
el gobierno chileno se ha involucrado intensamente en la promoción
de de la candidatura de su Ministro del Interior y ex-Canciller
en la época en que ocurrió el incidente (1994-1995)
a la Secretaría General de la OEA.
En consecuencia, la necesidad de disolver rápidamente cualquier
obstáculo o complicación exógena a esas candidaturas,
el requerimiento inmediato de firmeza frente a exigencias externas
(p.e. frente a la solicitud de investigación actualizada
de los hechos por el Perú), la necesidad de no ir más
allá de respuestas ya brindadas en relación a los
hechos y el requerimiento de mantener la relación especial
con Ecuador quizás contribuyeron a no intentar alternativas
(p.e. el cuestionamiento o desmentido directo de las declaraciones
de Bayas) frente a la suspensión del proceso en marcha. Considerando
correctamente que la crisis podría ser tratada en el ámbito
de los mecanismos institucionales existentes (el “2 más
2”) probablemente se estableció además que,
a la luz de la magnitud de la reacción peruana, no era necesario
mostrarse más flexibles que la contraparte.
Como queda claro, los condicionamientos ambientales en la toma de
decisiones por los tres países en una situación de
crisis –aunque ésta fuera menor- impactaron en unos
Estados más que en otros los procesos de toma de decisiones.
En lo que respecta al Perú, ese impacto puso en evidencia
una variedad de problemas de gestión que enunciaremos y que
deben ser resueltos.
Primero, la crisis puso de manifiesto la existencia de una institucionalidad
menos cohesionada de lo que se creía en la conducción
de la política exterior. Este defecto se reveló en
la debilidad de las instancias internas en ausencia del Canciller
(lo que, a su vez, muestra fuerte concentración decisitoria
y de evaluación en la Alta Jerarquía), en la lentitud
en la consulta de los estamentos básicos de la gestión
(mostrada por el anuncio de consultas con los actores relevantes
de la época –1994/1995- con posterioridad a la adopción
de las decisiones iniciales, lo que revela escaso manejo de los
antecedentes) y en la proclividad a restar legitimidad a los mecanismos
institucionales externos (las instancias de consulta y coordinación
a nivel de ministros y de altas autoridades peruano-chilenas).
Segundo, la falta de preparación de los funcionarios e instituciones
que quedan a cargo del Despacho de Relaciones Exteriores en ausencia
del Canciller (situación cada vez más frecuente) y
su tendencia a sobre reaccionar. Si el Canciller ordenó que
el Embajador en Santiago solicitara verbalmente una investigación,
sólo podía recibir una respuesta verbal de su contraparte.
Y sin embargo, el Ministro encargado de la Cartera escaló
su reacción sin clarificar si lo hacía bajo su responsabilidad
o en coordinación con el Canciller. Ésta situación
es particularmente grave en el manejo de crisis.
Tercero, no parecen existir en Cancillería equipos ni pautas
de manejo de crisis que faciliten el trato de un problema emergente
con el propósito de atenuar su impacto inicial.
Cuarto, en un tema que concierne a Relaciones Exteriores y Defensa,
la presencia del Ministro de Defensa fue confusa y de poco perfil
(a pesar de su experiencia inmediata en la activación del
mecanismo de confianza con Chile).
Quinto, la coordinación con otros sectores relevantes para
la política exterior no sólo pareció débil
(nuevamente el caso del Ministerio de Defensa) sino apresurada (la
convocatoria del Consejo de Defensa Nacional se hizo una vez que
se había escalado el problema -no antes- lo que, a su vez,
pareció agravarlo).
Sexto, la intromisión de otros actores públicos no
pudo ser controlada adecuadamente (el caso de ciertos parlamentarios
que buscaron tomar contacto, por su cuenta, con misiones extranjeras).
Sétimo, la cuestionable relación con la prensa (los
medios consultaron todas las opiniones posibles sin contra con pronunciamientos
oficiales sucesivos que fijaran los parámetros de la discusión
mientras algunos parecieron canalizar información reservada
sin que ésta fuera oficialmente matizada)
Octavo, la influencia de los factores irracionales (especialmente
los emocionales derivados de la relación histórica)
en la gestión de crisis afloraron con extrema visibilidad
sin que éstos intentaran ser atenuados por las autoridades
responsables.
Noveno, la presencia del responsable de la política exterior
-el Presidente- pareció menor a lo esperado en estos casos
(su ausencia permitió a la prensa extranjera enfatizar aún
más la influencia de su especial problema político
en la gestión externa).
Si en algo puede contribuir una crisis que pudo evitarse a prevenir
que algo parecido ocurra en el futuro, que lo que ocurra pueda ser
mejor controlado y que ese proceso se enmarque en un proceso decisitorio
de mayor cohesión institucional, he aquí algunos puntos
que merecen evaluación. Especialmente cuando se trata de
casos en cuyo trato ciertas autoridades no parecen distinguir bien
entre los problemas del pasado y del presente o cuál es la
relación entre ellos.
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