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EDITORIAL
El riesgo político andino
Alejandro Deustua
16 de marzo de 2005
Como si quisieran ratificar la percepción de que la subregión
andina es el área más inestable del Hemisferio, dos
de sus países miembros –Bolivia y Venezuela- han ingresado
en un espiral autodestructivo que puede estar ya fuera de control.
Su impacto puede ser aún más grave si el Perú
genera su propio vacío político en las inmediaciones
de la guerra interna colombiana y de creciente inestabilidad en
el Ecuador.
De todos estos conflictos el más dañino por su inminencia,
magnitud y capacidad de desborde es ahora el boliviano. En efecto,
la aceleración de las fuerzas de la anarquía en Bolivia
puede está llevando a ese país de la inviablidad a
la implosión. La constante erosión de la autoridad
presidencial, la persistencia de la disposición confrontacional
de los movimientos altiplánicos, la incapacidad parlamentaria
de cumplir con acuerdos recientemente adquiridos y la impotencia
de las instituciones responsables para hacer cumplir la ley han
montado un mecanismo explosivo en las pocas vigas que aún
sostienen al Estado boliviano. La inminencia de su detonación
depende del escasísimo sentido común de los agentes
irracionales que hoy dominan la política boliviana.
La magnitud de la potencial implosión se mide por la eventual
agudización del conflicto entre las fuerzas altiplánicas
y del oriente boliviano, la desestabilización del centro
de Suramérica, la cancelación del ciclo económico
expansivo en esa subregión (la economía cruceña
ya está estancada) y la reactivación de la preocupación
militar en la zona. Y el peligro de desborde de las fuerzas en conflicto
es tan real como las peticiones autonómicas puneñas
inspiradas en las bolivianas o el atizamiento de los conflictos
cocaleros en el Perú por representantes del MAS de Morales
responsables de bloquear, por dos semanas ya, las principales vías
de comunicación bolivianas.
Si el fin de un tipo de orden interno está a la vista en
el vecino país no se vislumbra con claridad la emergencia
de uno nuevo que lo reemplace. El presidente Mesa acaba de apurar
ese tránsito estimulando un adelanto de elecciones para agosto
de este año (su período culmina el 2007) no previsto
constitucionalmente. Del pasado reciente puede surgir algún
candidato razonable (el expresidente Jorge Quiroga puede ser uno
de ellos). Pero no es improbable que la crisis boliviana no se resuelva
con un simple llamado a elecciones sin que las fuerzas en conflicto
lleguen a un previo entendimiento operativo. Lamentablemente éste
se muestra renuente desde octubre del 2003 cuando se fracturó
el orden democrático con la renuncia inducida de Sánchez
de Lozada.
En efecto, de las compromisos rearticuladores posteriores a esa
fecha –la convocatoria a una referendum sobre el gas, una
Asamblea Constituyente y la dación de una nueva ley de hidrocarburos-,
sólo el primero ha sido cumplido. Por lo demás, la
denominada “agenda de octubre” integrada por estos temas
fue luego innovada por la “agenda de enero” inducida
por la movilización del departamento de Santa Cruz (el más
representativo del Oriente boliviano). Ésta hace el cumplimiento
aún más complejo en tanto impuso un referendum que
debe consagrar la autonomía regional con antelación
a la Constituyente (prelación resistida por los movimientos
altiplánicos) y un proceso de elección de prefectos
que invierte la filiación central de esas autoridades.
A mayor abundamiento, la contienda entre los patrocinadores de
estas dos agendas quiere ser resuelta hoy a través del incremento
de la beligerancia de los movimientos cocaleros, indigenistas y
sindicales. Éstos, en defensa radicalizada de la “agenda
de octubre”, desean primero una ley de hidrocarburos considerada
inviable por la mayoría de los actores responsables.
La magnitud del desentendimiento boliviano no puede ser obviada
por la comunidad internacional. Menos cuando ésta ya ha comprometido
esfuerzos a través de la CAN, el MERCOSUR y un Grupo de Apoyo
del Diálogo Democrático en Bolivia coliderado por
Estados Unidos y México que incorpora 17 páises y
9 organizaciones.
Y si la implosión del Estado boliviano es un riesgo en
el sur de la subregión andina, la contienda que el gobierno
del presidente Chávez ha desatado con Estados Unidos ha llevado
al primero a considerar, en la práctica, como enemigo a Estados
Unidos y al segundo a promover una política de “contención”
en relación a Venezuela. Ese tipo de beligerancia no sólo
es disfuncional con las políticas exteriores del resto de
los países andinos que negocian una TLC con la primera potencia,
sino que introduce el conflicto entre esa potencia y un país
suramericano en el norte de la subregión sin que sus miembros,
tan ufanos de sus capacidades de coordinación, sean capaces
de intervenir para neutralizar éste peligroso factor de perturbación.
Peor aún, la parsimonia con que actúan las autoridades
andinas en este problema no sólo linda con la indiferencia
sino que contrasta con otra autodestructiva innovación estratégica
en la subregión: la incorporación de la fenomenología
cubana al seno de la misma atraida por la alianza “defensiva”
establecida entre el gobierno venezolano con el régimen castrista.
Para lograr tal avance el señor Chávez no sólo
ha escalado la guerra verbal (ha acusado al gobierno norteamericano
de tratar de asesinarlo e insultado públicamente a la Secretario
de Estado, la señor Rice) sino que ha invitado oficialmente
a Caracas al jefe de Estado iraní, Mohamad Khatami, para
reconocer el derecho de ese Estado a la adquisición de energía
nuclear justo cuando Estados Unidos y la Unión Europea tratan
de convencer a Irán de que no desarrolle esa capacidad o
lo haga sin fines militares.
Por lo demás, ello ocurre en un contexto de fuertes compras
de armamento convencional por Venezuela capaz de alterar la correlación
de fuerzas en el conflicto colombiano y de amenaza del corte de
suministro petrolero a Estados Unidos por el gobierno venezolano
que, a su vez, se considera víctima potencial de la intervención
estadounidense. Aunque la intensidad de la contienda no haya pasado
a mayores –en buiena medida, por su dimensión retórica-,
la naturaleza de la misma no se veía en la región
desde la Guerra Fría cuando Cuba atrajo la amenaza soviética
al Hemsiferio cuyo clímax fue la crisis de los misiles de
octubre de 1962 .
Mientras tanto el descontento popular y la violencia política
en Ecuador crece y en Colombia se debilita la ofensiva del gobierno
contra las FARC. Y en ese contexto en el Perú se discute
sobre la vacancia presidencial. El escenario andino, favorecido
por el desempeño económico, no parece a su miembros
suficientemente estimulante como para coordinar políticas
de estabilzación. No es improbable, en consecuencuia, que
el bajo riesgo país en muchos de ellos puede toparse en el
futuro cercano con las realidades del creciente riesgo político.
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