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EDITORIAL
El FMI y Los Desquilibrios Globales
Alejandro Deustua
1 de marzo de 2005
Hasta hace poco el consenso general de que sólo al FED
estaba a cargo de señalar explícitamente el rumbo
del dólar parecía irrebatible. Pero hacia el 22 de
febrero las autoridades bancarias de Corea del Sur alteraron ese
entendimiento.
En efecto, éstas tuvieron que indicar al mercado, con el
propósito de congelar transacciones especulativas generadas
a la luz de rumores de ventas que podrían realizar los bancos
centrales asiáticos, que no se proponían deshacerse
de la divisa norteamericana (alrededor de 70% de un total de US$
200 mil millones de sus reservas).
De haber procedido esas ventas cuando Estados Unidos necesita US$
2 mil millones diarios de financiamiento externo (Financial Times),
el crash del mercado de capitales habría tocado la la puerta.
Ello no ocurrió pero el riesgo no ha desaparecido.
Tal es el poder monetario de los grandes tenedores asiáticos
de papeles norteamericanos frente al requerimiento externo estadounidense
indicativo de la existencia de grandes desequilibrios financieros
globales.
Esto ocurre en medio de la mayor expansión de la economía
mundial en los últimos treinta años. Generada fundamentalmente
por el crecimiento norteamericano -y apuntalada por el rápido
crecimiento chino- este boom, sin embargo, no sólo es frágil
sino insustentable bajo las condiciones actuales. Así opina
el Director-Gerente del FMI, el señor Rodrigo Rato, que considera
que para que el crecimiento no se derrumbe, los tenedores papeles
denominados en dólares deben mantenerlos y para que aquél
deje de ser insostenible, los graves desequilibrios globales deben
ser corregidos. (1)
Si lo primero concierne especialmente a los países asiáticos
y a los grandes exportadores de petróleo en un contexto de
extraordinaria expansión de la divisa norteamericana, lo
segundo compete vitalmente a Estados Unidos, la Unión Europea,
Japón y China. Según el señor Rato, las tareas
correctivas son claras: Estados Unidos debe reducir sus insustentables
déficits (el fiscal de US$ 400 mil millones y el de cuenta
corriente de US$ 600 mil millones); la Unión Europea debe
estimular su economía cuya signo más dramático
de escaso dinamismo puede ser el reporte del mayor desempleo alemán
en 73 años; Japón debe procurar un crecimiento estable
que lo extraiga de la proximidad recurrente de la deflación;
y China debe flexibilizar su tipo de cambio (ahora subvaluado a
pesar de estar fijado a un dólar intensamente depreciado).
Si el objetivo es corregir los fuertes desequibrios globales, la
tarea compromete a los actores relevantes en un marco de cooperación.
Y el foro apropiado para ello es el FMI según las autoridades
del FMI.
Según el señor Rato, Estados Unidos ya ha emprendido
el camino correctivo al proponer un presupuesto orientado a reducir
el déficit en 50% en 4 años pero falta aún
transitarlo disciplinadamente. Este camino será más
tortuoso si el dólar se sigue depreciando, induce mayor presión
inflacionaria y retroalimenta la tendencia alcista de los precios
del petróleo (Bergsten) obligando, en consecuencia, a un
más drástico incremento de las tasas de interés.
China no ha cumplido hasta ahora con flexibilizar su régimen
cambiario, pero acaba de comprometer medidas de relajamiento de
control de la inversión en el exterior y la emisión
de bonos denominados en renminbis a ser empleados por organismos
multilaterales de desarrollo.
Aunque ello sugiere un compromiso con la reforma monetaria, ésta,
siendo insuficiente, será lenta y progresiva y no alterará
con el incremento eventual de importaciones derivada de alguna reevaluación
la política china de mantener un fuerte superávit
comercial y de cuenta corriente.
De otro lado, la Unión Europea tiene en agenda el emprendimiento
de reformas estructurales sobre la mejora de los términos
de competencia, flexibilización laboral y previsión
social, entre otras.
Éstas, sin embargo, podrían trabarse o ejecutarse
con menor dinamismo que el deseado durante el largo proceso de ratificación
de la Constitución europea (16 meses) o pueden ser complicadas
por la necesidad de adoptar políticas keynesiamente reactivadoras
que superen definitivamente los límites impuestos por el
pacto de estabilidad.
Finalmente, resulta bastante complejo determinar cuál es
el estado de las sucesivas reformas del sistema financiero japonés,
su vínculo corporativo y las del sector público y
laboral para establecer si Japón podrá emprender de
una vez por todas la senda del crecimiento sostenido.
De otro lado, aunque, a pesar de los obstáculos, este conjunto
de medidas probablemente sean bienvenidas por el FMI, éstas
pueden ser insuficientes en tanto lo que se requiere son correcciones
que den frutos durante el actual ciclo de expansión antes
que en el subsiguiente ciclo contractivo con el propósito
de reducir su costo y garantizar su éxito.
Por lo demás, estas medidas parecen estarse llevando a cabo
de manera escasamente concertada (los acuerdos de los 80 no son
la norma hoy) y tampoco necesariamente bajo el patrocinio del FMI,
lo que indica que la disposición a la cooperación
entre los grandes actores económicos no es aún manifiesta
y ciertamente está lejos de la coordinación de políticas.
Una confirmación de esta patrón de conducta es el
anuncio unilateral del Banco Central coreano que, aunque fue acompañado
por el japonés, se produjo luego de que los especuladores
percibieran en su conducta una predisposición a la readecuación
drástica de su canasta de divisas.
En consecuencia, aunque el ciclo de crecimiento global dure dos
o tres años más, éste se desarrollará
bajo condiciones de vulnerabilidad que serán menores sólo
en tanto la corrección de sus causas arrojen resultados que
empiecen a verse bastante antes del largo plazo implícito,
por ejemplo, en los cuatro años planteados para la reducción
de del 50% del déficit norteamericano.
De otro lado, aunque la función de restablecer el balance
global es atribuida por el FMI a los "actores significativos",
obviamente los países pequeños no quedan exentos de
obligaciones. La primera de ellas, según el Fondo es mantener
la disciplina interna con el propósito de prolongar el crecimiento
de estos países que ha incluido hasta al Árica Subsahariana.
La atribución de estas responsabilidades nacionales antes
que sistémicas por el FMI implica la confirmación
de un status que, por evidente, acarrea escasa protesta: las economías
en desarrollo no son "significativas" para el equilibrio
del régimen y por tanto su importancia es secundaria para
el FMI. A la ratificación de ese rango inferior el FMI añade
una actitud filantrópica que, a la luz de las circunstancias,
es bienvenida para la mayoría para la población de
estos países: la reducción de la pobreza siguiendo
los términos de los Objetivos del Mileno son considerados
como un requerimiento estabilizador por el Fondo.
La referencia del señor Rato a este tema puede ser discutible
o no según lo que se piense sobre su compromiso real con
este planteamiento. Pero al margen de ello, se puede inferir que
las lecciones derivadas de las crisis financieras ocurridas en la
segunda mitad de los 90 no parecen haber sido aprendidas por los
responsables del FMI.
En efecto, el impacto sistémico de esas crisis no sólo
reflejaron la fuerte influencia de los disturbios financieros originados
en los países en desarrollo o emergentes sino que cuestionaron
abiertamente la capacidad de gestión y las políticas
del Fondo (Stiglitz).
En consecuencia la relevancia de estas economías, aunque
negativa en tanto surge de la crisis, no puede ser infravalorada
y menos en un contexto de vulnerabilidad derivada de la insostenibilidad
actual del crecimiento global.
Por lo demás, del diagnóstico del señor Rato
se concluye que la subordinación política de los países
en desarrollo ha consolidado en la percepción del Fondo,
como en casi todos los miembros del sistema económico internacional,
la sustitución del problema del desarrollo por el de la pobreza.
En tanto ésta no reclama la modificación de políticas
sino la profundización de las reformas conocidas, el subdesarrollo
parece ser una categoría asumida en la percepción
del equilibrio global por los regímenes responsables y los
"actores relevantes".
Este es un gravísimo error cuya persistencia complica el
objetivo de lograr un sistema económico que produzca equilibrios
adecuados para todas las partes y no sólo para los oficialmente
"relevantes".
Sin embargo, si los países en desarrollo -y más específicamente,
los latinoamericanos- desean contribuir al equilibrio global sustentable
bajo los términos existentes deben abocarse a ciertas tareas
que el señor Rato no ha priorizado explícitamente
en su planteamiento (aunque sí en su reciente gira por los
países andinos).
Lo primero es reducir la vulnerabilidad monetaria procediendo a
una más decidida desdolarización de la economía.
El costo eventual de una reevaluación de las monedas nacionales
será compensado por un dólar depreciado frente al
euro y el yen. Y una diversificación moderada de la canasta
de divisas tampoco reportará un impacto mayor en la tenencia
de dólares en la escala global (menos cuando se está
en la "zona del dólar").
Lo segundo es compensar más equilibradamente el crecimiento
por exportaciones con el crecimiento por inversiones. Si en los
países suramericanos esa tendencia va en incremento (en el
Perú el crecimiento de la inversión en 9.4% el 2004
ha compulsado con el 15% de crecimiento de las exportaciones el
crecimiento de 5.1% PBI). Sin embargo, ello no es aún suficiente
ni para lograr un saludable nivel de inversiones (en el Perú
ésta alcanza apenas al 15% del PBI) ni para reducir la vulnerabilidad
de las exportaciones en un contexto de crecimiento inestable.
Una mayor participación de la inversión institucional
(las AFP, p.e.) en el mercado interno (GG) y la repatriación
de capitales (en el Perú la fuga de capitales por la crisis
asiática fue 8% del PBI) debería contribuir a lograr
el propósito.
La mayor solidez de las economías nacionales potenciadas
por este tipo de medias contribuiría fuertemente a mejorar
el equilibrio global sustentable requerido por el FMI, incrementaría
el status de estas economías en la consideración de
soluciones cooperativas a problemas económicos globales y
sistémicos y distribuirá mejor los riesgos y las responsabilidades
al respecto hoy excesivamente concentrados en las "economías
relevantes".
(1) Global Imbalances, Rodrigo Rato
Director-Gerente del FMI
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