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EDITORIAL
Desafíos Chinos Y Pasividad Regional
Alejandro Deustua
25 de febrero de 2005
La afirmación de que China es una potencia mundial en camino
a convertirse en superpotencia parece no ser para algunos el lugar
común que es. En efecto, últimamente sesudos ensayos
académicos, artículos periodísticos y hasta
discursos diplomáticos quisieran descubrir recién
que las capacidades chinas ubican a ese Estado en la estructura
central del sistema internacional.
Así, estas fuentes no terminan de deslumbrarse ante la dimensión
económica (la sexta en el mundo), militar (la interacción
de capacidad nuclear y convencional proyectable regional y extraregionalmente)
y demográfica (medida en creciente capacidad de consumo y
de formación de clase media) del stock de poder chino. En
términos relativos, además, prefieren resaltar la
importancia de esa potencia para el interlocutor (p.e. China es
para el Perú el segundo socio comercial ). Y en términos
de influencia global tales comentaristas no terminan de recordar
que China es hoy uno de los motores de la fuerte expansión
económica internacional (en efecto, a la potencia asiática
se le atribuye consensualmente la responsabilidad de alrededor del
20% de ese crecimiento).
Lo que esa percepción unidimensionalmente optimista no recoge
al respecto es la vulnerabilidad global que deriva de la dependencia
de ese tipo de crecimiento y los riesgos de sus fundamentos: el
fuerte crecimiento chino (como la insuficiencia del japonés
y del europeo) está contribuyendo a la insostenibilidad del
crecimiento global si éste mantiene los graves desequilibrios
económicos en que hoy se fundamenta. Si la afirmación
parece pesimista habría que presentar la queja al FMI que
así lo reporta. Pero antes de hacerlo sería bueno
que mirásemos a China no sólo por el lado de las oportunidades
(como prefieren hacerlo las autoridades suramericanas, andinas y
nacionales hiperinteresadas en explotar ese nuevo mercado) sino
también por el lado de los desafíos si se desea establecer
un vínculo de connotaciones más realistas y sanamente
beneficiosas para nuestras economías.
Empecemos por los desequilibrios globales generadores de vulnerabilidad.
Éstos son correcta y principalmente atribuidos a los grandes
déficits norteamericanos (el fiscal de US$ 400 mill millones
y el de cuenta corriente de US$ 600 mil millones). Sobre su progresivo
impacto se ha escrito en abundancia. Pero no se ha realizado similar
esfuerzo para destacar el grado de desequilibrio global que contribuye
a generar el superávit de cuenta corriente chino. Sobre él
se ha destacado más bien su rol compensatorio del déficit
norteamericano y su capacidad de financiarlo mediante la compra
y tenencia de bonos del Tesoro estadounidense. Y poco se ha escrito
también sobre la subvaluación de renminbi que añade
al desequilibrio global el incremento de una capacidad exportadora
generadora de competencia desleal originalmente manifiesta en la
producción de bienes a menores costos que el estándar
de los países en desarrollo.
En efecto si la abundancia de liquidez en dólares y su escaso
ahorro en Estados Unidos ha contribuido a la depreciación
de esa divisa (50% desde el 2002 en relación al euro), el
renminbi, aunque pegado al dólar, se ha depreciado aún
más. Y no lo ha hecho por razones del libre juego de la oferta
y la demanda sino por la interacción de fuerzas muy poco
liberales y nada productivas: el flujo de capitales especulativos
hacia China y la manipulación del tipo de cambio por esa
potencia.
Así, el persistente control del Estado chino sobre el marcado
de divisas (reflejado en la administración de la fijación
renminbi), la dimensión creciente de su economía y
la expectativa de una revaluación de su moneda debido a la
debilidad de la misma está atrayendo inmensos flujos de capitales
especulativos a ese país. Éstos, a su vez, favorecen
una oferta de crédito ya excesivamente facilitado por los
bancos (a la vez, controlados antes que bien regulados) y una alta
acumulación de reservas que permiten el manejo del tipo de
cambio estableciéndolo por debajo del dólar con el
fin de ganar más competitividad. La nula flexibilidad cambiaria
china deviene así en un factor distorsionante que favorece
el mal manejo del mercado interno y potencia la depreciación
de su moneda retroalimentando el desequilibrio global (para no hablar
de la falta de transparencia interna y de la corrupción inherente
a ella).
Es más, según Morris Goldstein del Insituto de Economía
Internacional, hay en el manejo de la economía china indicios
suficientes de manipulación cambiaria que, según él,
recuerda las devaluaciones competitivas de los años de la
Gran Depresión del siglo XX. Si esa comparación pareciera
excesiva, se pueden encontrar en el Asia referencias más
cercana y verosímiles sobre corrupción y mal manejo
cambiario. Allí está, para recordarlo, la crisis asiática
de 1997 que, entre otros detonadores, encontró en la devaluación
competitiva en el área un mecanismo retroalimentador.
Las consecuencias de la inducida subvaluación renminbi se
reflejan en el incremento de un ya extraordinario superávit
chino de cuenta corriente que contribuye al desequilibrio global.
A ello habría que agregar su incidencia en el sobrecalentamiento
de la economía china y las intensas presiones inflacionarias
que ésta produce cuya corrección podría generar
un hardlanding eventualmente resultante en una mayor desaceleración
del crecimiento global. Para corregir estos serios problemas el
investigador Goldstein recomienda la apreciación por etapas
del renminbi en un rango de entre 15% y 30% acorde con la magnitud
de la distorsión cambiaria.
Un segundo desafío de la economía china es de carácter
estructural. En efecto, el celebrado modelo de "socialismo
de mercado" permite una transformación económica
políticamente ordenada. Pero el precio de ese orden es sufragado
por las economías abiertas que interactúan con la
china incrementando su vulnerabilidad (especialmente en el caso
de las economías de menor desarrollo). En efecto, la considerable
influencia del Estado en la economía china permite a éste
usufructuar la doble ventaja de mantener una capacidad interventora
explícitamente tolerada por sus socios y, simultáneamente,
acceder, a bajo costo, a regímenes multilaterales comerciales
y financieros que a otros costaron más.
En el caso de los regímenes financieros, la intervención
del Estado en los mercados cambiarios y de capitales tiende a ser
tolerada en desmedro de las economías abiertas y del sistema
que se rige por normas de flexibilidad con los resultados ya descritos.
En el caso de los regímenes comerciales (la OMC) la ventaja
china se incrementa en tanto el status de "economía
de mercado" -que le es crecientemente reconocido a la economía
china- inhibe a las economías que se lo otorgan (como las
latinoamericanas, que han implementado muy costosas reformas estructurales
) la aplicación de medidas de salvaguardia justificadas en
el daño producido a éstas por la competencia de exportaciones
generadas bajo condiciones de ventaja manifiesta.
La incidencia de estas ventajas en las exportaciones chinas son
extraordinarias: una buena parte de su superávit comercial
no se debe sólo a mejoras competitividad sino a abiertas
distorsiones del mercado que se derivan de la manipulación
cambiaria y de las condiciones laborales no sometidas a las reformas
a las que otros fueron obligados. El caso del sector textil peruano
es prototípico: operando éste con bajos niveles de
remuneración del trabajo, debe competir en terceros mercados
con una economía que produce mucho más a la mitad
del costo laboral estándar estimulando reclamos por salarios
más bajos y, por ende, afectando el consumo. A cambio de
ello, China importa grandes cantidades de materia prima generando
beneficios derivados de mayores precios pero también estimulando
la concentración del esfuerzo productivo en el sector primario
de nuestros países.
Por lo demás, la subvaluación del renminbi unida a
la explotación ventajosa del régimen comercial liberal
permite a China mejorar su posición estratégica incrementando
su participación en el comercio global por encima de lo que
le correspondería si respetara las normas internacionales.
Así, si el valor de la exportaciones globales creció
en el 2003 a US$ 7290 mil millones, China con US$ 403 mil millones
representó el 25% de la creciente participación de
Asia (US$ 1901 millones). En cambio el conjunto de América
Latina con todo su historial reformista y su plena participación
en la OMC apenas exportó por US$ 378 mil millones según
la UNCTAD. Es más, si la devaluación del dólar
contribuyó a mejorar fuertemente el valor de nuestras exportaciones,
la subvaluación del renminbi erosionó buena parte
de esas ganancias.
Bajo estas condiciones de competencia, ciertamente la región
no podrá hacer mucho para revertir la ventaja china en otros
sectores fundamentales como el de la inversión extranjera.
En efecto, si el cambio de orientación de los flujos de FDI
hacia los países en desarrollo ha colocado a América
Latina en desventaja desde los años 70, estas condiciones
se han agravado en las últimas décadas. Peor aún,
mientras la región realiza enormes esfuerzos de acomodo a
los términos asimétricos de acuerdos como el TLC con
Estados Unidos con el propósito, entre otros, de favorecer
la captación de capitales, el flujo sigue orientándose
al Asia y, específicamente, a China.
Es más, no obstante el decrecimiento de los flujos de la
inversión extranjera a los países en desarrollo, China
es uno de las pocas economías que muestra cifras consistentemente
incrementales. Así, si en el 2000 China absorbió US$
40715 millones, en el 2003 captó US$ 53505 millones mientras
que en Suramérica la inversión extranjera caía
de US$ 57852 a US$ 21268 en el mismo período (50% de los
cuales se concentra, además, en el Brasil) según UNCTAD.
Como es obvio, esta ventaja estructural no se debe a la desregulación
o la flexibilidad del mercado chino sino a la presencia de multinacionales
que saben explotar un mercado bastante imperfecto del que el Estado
huésped obtiene extraordinarias ventajas.
Mientras los latinoamericanos sigan percibiendo a China como el
Estado que "mejor aprovecha las condiciones de la globalización"
y deslumbrándose por su antigua habilidad de conducirse como
gran potencia, nuestra capacidad de competir con una economía
regimentada por un gobierno totalitario se verá seriamente
mermada por irresponsable desatención propia. Y si nuestros
diplomáticos y empresarios prefieren no confrontar el desafío
chino en los foros correspondientes para concentrarse sólo
en las oportunidades de negocios de corto plazo, Latinoamérica
seguirá incrementando el desbalance de su inserción
económica extraregional, ampliando la vulnerabilidad consecuente
y condicionando su crecimiento a los desequilibrios de la economía
global de los que China es importante coautor.
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