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EDITORIAL
Un nuevo escenario occidental
Alejandro Deustua
23 de febrero de 2005
Dos grandes acontecimientos de fuerte incidencia occidental están
ocurriendo en estos días. El inicio del proceso de ratificación
de la Constitución europea en España y la visita del
presidente norteamericano a Europa resultará en una mayor
cohesión del Viejo Continente y en el origen de una nueva
etapa de cooperación transatlántica. La consecuencia
será el fortalecimiento de Occidente como el núcleo
liberal del sistema internacional. Si, a diferencia del Medio Oriente
y del Asia, América Latina no ha estado presente en la agenda
inicial de este nuevo proceso de reordenamiento sistémico,
corresponde a sus líderes tomar la iniciativa de aproximación
correspondiente. Veamos.
Cuando, este domingo 20, los españoles concurrieron a votar
por la aprobación de la Constitución europea quisieron
ser los primeros en expresar su vocación integracionista.
Un 76% favorable a esa opción fue el resultado abrumador.
Sin embargo, nadie se alegró demasiado teniendo en cuenta
la escasa concurrencia a las urnas (42%). Si la relativa indiferencia
del ciudadano español por el proceso confirmatorio y la necesidad
de no perder los beneficios de la integración señalan
la pauta de lo que puede ocurrir en Europa durante los próximos
16 meses, también dio la medida de la naturaleza del documento
objeto de la votación: la Constitución europea no
es una Constitución. Es en realidad un tratado internacional
que resume los anteriores sobre el proceso de integración
europeo, no un instrumento constitutivo de un nuevo orden interno
ni mucho menos uno creador de un Estado federal o confederado en
el Viejo Continente.
En efecto, la Constitución europea recoge los valores liberales
que inspiraron la Comunidad Europea en 1957, incluye la Carta de
Derechos Fundamentales ya reconocida en otros instrumentos, establece
con claridad las instituciones supranacionales existentes, clarifica
el proceso de toma de decisiones vigente y ratifica la proyección
de Europa a través de la política exterior y de seguridad
común.
En este marco, el proceso de traslado de soberanías nacionales
a una nueva autoridad (que tiene tanto de internacional como de
transnacional) se configura con claridad pero dejando bajo la soberanía
de los Estados miembros una cantidad muy significativa de competencias
en evidente reconocimiento de la importancia estatal en la organización
del proceso de integración más avanzado del mundo.
De esta manera se establece qué competencias son exclusivas
de la entidad europea, cuáles son compartidas con los Estados
miembros y cuáles son de apoyo a la iniciativa predominante
de éstos. Tales competencias son consistentemente regidas
por los principios de atribución (los Estado asignan a la
entidad europea las áreas de las que son exclusivamente responsables
), de subsidiariedad (las partes acuerdan que la entidad europea
sólo intervendrá para complementar la tarea de los
Estados en la realización de objetivos comunitarios) y de
proporcionalidad (la entidad europea interviene sin alterar el esfuerzo
del Estado en asuntos comunitarios).
Establecidas estas guías para la acción, las decisiones
correspondientes se rigen en casi todos los casos por el principio
de la doble mayoría: 55% de los Estados miembros, incluyendo
a 15 de ellos, y 65% de la población deben estar representados
en casi todas las decisiones comunitarias. La idea de combinar la
influencia demográfica con la estatal para atenuar las asimetrías
nacionales en la toma de decisiones persiste pero con diferentes
pesos.
Bajo estas reglas actuarán el órgano máximo
de la Unión –el Consejo Europeo integrado por Jefes
de Estado y de Gobierno- que establece los lineamientos de política
y el Consejo de Ministros – para labores de definición
y colegislación de políticas-. La Comisión
–el órgano ejecutivo y técnico de la Unión-
decide por simple mayoría.
A ellos se suma el Presidente del Consejo elegido por dos años
y medio (y reelegible por un período adicional) por razones
de estabilidad y continuidad en la conducción (vis a vis
los seis meses que ostenta el presidente rotatorio actual). Y también
el Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión que coordina
la política exterior común y representa a la UE en
áreas que le sean específicamente asignadas (el Ministro
no interviene en la políticas exteriores nacionales de los
Estados miembros) El único órgano representativo,
el Parlamento Europeo, adquiere mayor fuerza legislativa en este
proceso.
Si la Constitución es ratificada hacia fines del 2006, Europa
se habrá fortalecido como pilar occidental y será
capaz de proyectar su influencia liberal con mayor eficiencia. Y
lo hará, por cierto, promoviendo sus propios intereses pero,
probablemente no ahora, en contraposición a Estados Unidos
como algunos suponen. En efecto, si la visita del presidente Bush
a Bruselas (la sede de la OTAN y principal sede comunitaria) no
abre una “nueva era” en la relación transatlántica,
definitivamente sí inaugura una nueva etapa de cooperación
entre los dos baluartes de Occidente que intenta dejar atrás
las serias diferencias surgidas por la guerra en Irak.
En términos generales, el presidente norteamericano ha expresado
su apoyo a un “Europa fuerte” revirtiendo la metáfora
estratégica de la “Vieja y la Nueva” Europa impulsada
por el Departamento de Defensa al inicio de la campaña iraquí.
Y también se ha manifestado por una fuerte cooperación
transatlántica que deje atrás rencillas recientes
y “mire al futuro” alterando el lenguaje unilateralista
de la primera Administración Bush y confrontando a los que
plantean un esquema de crudo balance de poder entre Estados Unidos
y Europa.
Este planteamiento es consistente con la perspectiva kantiana de
la doctrina Bush de “expansión de la libertad”.
Si esto es posible a la luz de los esquemas realistas que reconocen
la especificidad de proyección de las grandes potencias,
ello no está en discusión en este momento. Menos aún
cuando buena parte del planteamiento realista se sustenta en el
mecanismo de alianzas, que es lo que el presidente Bush plantea
a Europa en función de la recomposición de intereses
comunes y complementarios teniendo como escenario central el de
la OTAN.
Sobre el particular podrá discutirse cuánta reforma
cabe (y de qué naturaleza) en esa alianza, cuánta
adherencia se espera de los aliados (teniendo en cuenta la disposición
de la Unión Europea de adquirir autonomía defensiva)
y cuánta cooperación efectiva están éstos
en disposición a prestar. Pero el planteamiento estratégico
de fortalecimiento de la más poderosa alianza en la historia
de la humanidad ha sido reiterado y el compromiso con él
es firme.
Bajo esos términos se ha planteado la cooperación
específica en la reconstrucción de Irak y el entrenamiento
de sus fuerzas de seguridad, el evitamiento de adquisición
de capacidad nuclear por Irán y la conciliación, donde
sea posible, en el eventual levantamiento del embargo europeo de
venta de armas a China para evitar la adquisición de tecnología
militar que altere, por ejemplo, la relación con Taiwán.
La cooperación en el combate contra el terrorismo y la solución
razonable de disputas comerciales completan la agenda.
El compromiso de recursos europeos a esa cooperación definirá
la magnitud de la misma –reflejando, si es escasa, la tensión
remanente entre las partes- pero no retraerá en algún
tiempo la nueva disposición estratégica. Por lo demás,
debe reconocerse que dentro de Europa se mantienen diferencias de
objetivos (la mayor o menor aproximación a Ucrania, Rusia
o Turquía es un claro ejemplo de ello) y que la relación
transatlántica está lejos de alcanzar un punto de
armonía, pero la convergencia de puntos de vista generales
para restablecer el vínculo cooperativo es tan real como
la renovada participación de la Unión Europea en el
inminente proceso de paz palestino-israelí, el esfuerzo franco-norteamericano
de alcanzar la liberación del Líbano o el franco-británico-germano
para impedir que Irán obtenga el arma nuclear.
Como se ve, agenda común e intereses complementarios en el
Medio Oriente y el Asia han devenido en esenciales para la reconciliación
de Occidente que tenderá a predominar en el escenario global.
Si ello es así, América Latina, que ahora negocia
acuerdos de libre comercio y de asociación con Estados Unidos
y Europa, deberá reconocer que está quedando al margen.
Por lo tanto, es obligación de sus Estados tomar iniciativas
de aproximación estratégica –y no sólo
económica- con el núcleo occidental del que forma
parte si desea una mejor inserción al ámbito al que
pertenece.
Y ello pasa, entre otras posibilidades, por su concurso en la solución
de problemas extraregionales en los foros que sean necesarios (el
Consejo de Seguridad de la ONU es sólo uno de ellos), un
mayor esfuerzo militar en operaciones de mantenimiento de la paz
en escenarios distintos a los latinoamericanos y una comprensión
abierta del proceso de integración regional (por ejemplo,
la Comunidad Suramericana de Naciones, dentro de su especificidad,
debe ser consistente con la apertura de sus miembros a Estados Unidos
y Europa antes que cerrase en una versión inviable de la
integración tradicional hoy vulnerada por sus propios miembros).
Si se comparte la idea de que Occidente, lejos de su pronosticada
decadencia, se recupera como núcleo prevaleciente en el sistema
internacional, estas acciones dejan de ser optativas para devenir
en indispensables.
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