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EDITORIAL
MEDIO ORIENTE: FUERZAS DE PROGRESO Y REACCIÓN TERRORISTA
Alejandro Deustua
18 de febrero de 2005
Si las elecciones iraquíes del 30 de enero constituyeron
un gran avance en la estabilización de ese país y
del Medio Oriente, la cumbre palestino-israelí del 8 de febrero
en Sharm el-Sheik abre una nueva oportunidad para la solución
definitiva del conflicto principal del área. El círculo
virtuoso de un nuevo equilibrio en la zona, notoriamente marcado
por un esfuerzo democrático aún incipiente, empieza
a articularse. Sin embargo, como siempre en esa parte del mundo,
el terrorismo intentará descarrilar el proceso (el atentado
en el Líbano es la prueba más reciente) mientras se
articula un nuevo balance de poder en el área.
América Latina , que ha tendido a observar los sucesivos
ciclos de violencia y apaciguamiento en el Medio Oriente considerándose
lejana a los acontecimientos y articulando apenas iniciativas en
el ámbito multilateral de la ONU, debe seguir más
de cerca este desarrollo. A la luz de la mayor interdependencia
de los centro de conflicto eslabonados por actores de alta movilidad
(los grupos terroristas) y de consecuencias económicas ya
conocidas (los skocks derivados de los flujos de los precios del
petróleo), el impacto en nuestra región de lo que
ocurra hoy en el Medio Oriente es menos indirecto de lo que tradicionalmente
se asume
La cumbre de Sharm el-Sheik (Egipto) entre el Primer Ministro israelí
Ariel Sharon y el presidente de la Autoridad Palestia Mahmud Abbas
ha terminado con la segunda Intifada y ha formalizado un alto al
fuego militar (y de otro origen) entre las partes. Después
de cuatro años de violencia y de escalada terrorista en el
área, Israel ha encontrado un interlocutor consistente en
la búsqueda de seguridad y la Autoridad Palestina ha abierto
el camino hacia la constitución de su Estado en la medida
de que luego se pueda reemprender el camino de la Hoja de Ruta.
Luego del fracaso de los acuerdos de Oslo (1993) y de la pérdida
de la oportunidad de Camp David (el 2000) para un solución
definitiva en el área, el ciclo negociador que hoy se abre
entre palestinos e israelíes puede, ésta vez sí,
conducir a resultados sustantivos aplicables en el terreno.
Para empezar, en el ámbito contextual, Jordania y Egipto,
asistentes a la cumbre, han decidido normalizar relaciones diplomáticas
con Israel (a la luz de la Intifada, los embajadores de ambos países
fueron retirados). A ello ha seguido la expresión del interés
egipcio en una retirada de las tropas sirias del Líbano (ordenado
por la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de octubre
pasado articulada gracias a la excepcional cooperación franco-norteamericana).
Pero el resultado contextual más importante ha sido la vinculación
de los procesos democráticos palestino e irakí y la
posibilidad de que éstos asuman la dinámica principal
en la zona.
He allí las bases de un gran escenario fortalecido además,
por la presencia de una fuerza superior en el área -la de
la Coalición en Irak- y por la emergencia de un liderazgo
conciliador en la Autoridad Palestina. La cumbre de Sharm el Sheik
ha contribuido enormemente a configurarlo.
Los beneficios inmediatos para los palestinos empiezan por el fortalecimiento
de la investidura de Mahmud Abbas como presidente de la OLP y de
la Autoridad Palestina. Si con anterioridad a la cumbre, el señor
Abbas ya había demostrado su fuerza al paralizar los ataques
terroristas palestinos a Israel, luego de la cumbre ha ganado legitimidad
adicional al lograr la adhesión condicional del Hamas y la
Yihad Islámica a la tregua. Su credibilidad, distanciada
ya de la de Yaser Arafat, le permite ahora plantear una condición
adicional a Israel –la liberación de parte de los 8
mil prisioneros palestinos- y luego proponer una ruta corta hacia
la solución definitiva de los reclamos palestinos con anterioridad
a la formalización del Estado.
Israel, por su lado, ha consolidado también las bases políticas
para reemprender la Hoja de Ruta. Su gabinete multipartidista -que
incluye a la oposición laborista- ya no será de “desenganche”
como se planteó originalmente sino uno que amplíe
la plataforma negociadora del Estado. Para comenzar está
cumpliendo con la liberación de 500 prisioneros palestinos
(aunque subsisten complicaciones en relación con aquellos
que tomaron parte en ataques contra Israel) y ya ha comprometido
el total retiro de Gaza y de cuatro ciudades de Cisjordania.
El riesgo de esta media no radica sólo en la resistencia
de los 8500 colonos israelíes o la indisposición de
un sector de la fuerza armada sino en la fragmentación de
la unidad nacional. La compleja labor de persuasión interna
del gobierno israelí sobre el particular será compleja
además de costosa: la compensación prevista para los
colonos se estiman en varios miles de millones de dólares.
Y si el costo ya es alto en términos absolutos, en términos
relativos es quizás mayor teniendo en cuenta que la economía
israelí no ha crecido a un gran ritmo en el 2004 (alrededor
del 2%) a pesar de su recuperación mientras el desempleo
sigue siendo alto (superior al 10%). Sin embargo, dado que no poca
de esta baja perfomance es el resultado económico de la Intifada,
la satisfacción del interés nacional israelí
mediante el logro un arreglo definitivo estaría acompañado
de la cancelación de un pasivo que ahora impide un mejor
sustento de su población. Ese beneficio, sin embargo, puede
quedarse corto frente a la posibilidad deque Israel devenga en un
actor aceptado y creativamente interactuante en su medio.
Esta proyección se potencia con la proyección democrática
iraquí que ya tiene un Congreso razonablemente representativo
(48.1% de chiitas, 25.7% de kurdos, 13.8% de oficialistas a los
que, administrativamente debe sumarse un número importante
de sunitas) respaldado por la comunidad internacional (la ONU ha
avalado las elecciones en el terreno).
En términos generales, el principal opositor de estas fuerzas
del progreso es el terrorismo islámico. Pero el terrorismo
no es una abstracción . El Fatah (y sus organizaciones próximas
como el Tanzim y las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa)
serán difíciles de controlar pero, por estar vinculados
a la OLP, lo será menos que el Hamas y la Jihad Islámica.
En efecto, estos dos movimientos terroristas perciben el problema
palestino como religioso antes que político y su objetivo
declarado sigue siendo la destrucción de Israel. Y aunque
ambos han aceptado la tregua, lo han hecho no reconociendo el compromiso
bilateral palestino-israelí sino como un ejercicio de autocontención
sujeto a que “Israel cumpla”. Dada su tradición
serán difíciles de subordinar (aunque el Hamas se
ha embarcado ya en procesos electorales municipales con éxito
destacable en Gaza y en principio, reiterará esa vía
en las próximas elecciones de este semestre).
Aún más difícil de controlar será el
Hezbollah que opera desde bases sirias. Más aún cuando,
a la luz del empuje internacional por lograr la retirada de las
tropas sirias del Líbano al amparo de la Res. 1559 del Consejo
de Seguridad de la ONU, ese movimiento puede haber encontrado un
nuevo impulso para descarrilar los intentos de pacificación
y democratización en la zona. Aunque es muy difícil
asegurarlo, el Hezbollah puede haber estado involucrado en el atentado
contra el ex-Primer Ministro del Líbano, Rafik Hairiri, con
los propósitos descritos.
Dentro de las fuerzas perturbadoras “convencionales”
puede listarse a Siria que, aunque brindó apoyo para la actividad
de los electores iraquíes en el exilio, alberga a grupos
como el Hezbollah y no está en apariencia aún dispuesta
a retirar sus 15000 tropas del Líbano. Más aún,
Siria acaba de establecer una alianza con Irán para oponerse
a una eventual agresión norteamericana que Irán ve
posible a la luz de la presión estadounidense para que esa
potencia no desarrolle armas nucleares (proceso que aún no
está probado por la AIEA).
A la luz de este factor interviniente, la dirigencia teocrática
iraní podía ser considerada también como un
factor perturbador del progreso en la zona por su vinculación
estratégica con Siria (aunque hasta ahora, la interacción
de Alemania, Francia y el Reino Unido con Irán está
siendo exitosa en el control de la eventual proliferación
nuclear iraní) y por su influencia eventual entre los chiitas
iraquíes.
Y, en el ámbito del balance de poder, la acción rusa
en la zona probablemente no perturba directamente el proceso pero
sí lo complica al mantener la cooperación nuclear
con Irán y la venta de misiles portátiles tierra-aire
a Siria (armas que, fácilmente, podrían ser derivadas
a grupos terroristas).
Finalmente ha surgido como factor perturbador el eventual vacío
de poder que se desea crear en Líbano (el atentado contra
Hairiri) . Ésta podría derivar, si se intensifica
la acción irregular, en el resurgimiento de la guerra civil
en la frontera de Israel que ciertamente este país no enfrentaría
desde una posición de pasividad.
Como se ve, la amenaza al proceso de estabilización del Medio
Oriente es grave y compleja. Pero el círculo virtuoso que
genera la interacción del proceso democrático en Irak,
la negociación palestino-israelí, la normalización
diplomática de Egipto y Jordania con Israel y el proceso
de independencia del Líbano ha adquirido una dinámica
vigorosa asentada en la participación popular, la emergencia
de nuevos liderazgos árabes, una cautelosa disposición
conciliadora israelí y la presencia de una fuerza superior
en la zona –la de la Coalición-. Para que ese proceso
tenga éxito, Occidente debe incrementar su participación
y América Latina buscar la suya.
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