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EDITORIAL
La renovada amenaza del narcotráfico
Alejandro Deustua
16 de febrero de 2005
El efecto de una amenaza global como la que plantea la conjunción
del terrorismo y el narcotráfico en los países andinos
parece ser eventualmente subestimada hasta que se produce una crisis.
En el Perú ya tenemos una adicional: la reducción
de 16% de la cooperación antinarcóticos norteamericana
contemplada en el presupuesto del año fiscal 2005-2006 debido
a la necesidad de reducir el déficit y a la prioridad otorgada
a otros escenarios, especialmente el Medio Oriente, plantea al Perú
un serio problema de seguridad.
Si la intensidad de la acción diplomática así
lo demuestra (la comunicación formal de la preocupación
del gobierno planteada ante el Departamento de Estado, el Consejo
Nacional de Seguridad y la Oficina de Política Nacional de
Control de Drogas de Estados Unidos), la dimensión de la
amenaza emergente definida por DEVIDA lo confirma.
Según ésta útlima, la amenaza se proyecta
en el incremento de la vulnerabilidad futura y el debilitamiento
de la capacidad presente de confrontación del narcotráfico.
En la perspectiva futura, el director de DEVIDA, el señor
Nils Ericsson, ha dejado constancia de la posibilidad de que el
Perú devenga en un narco-Estado. En la subregión tenemos
dos modelos potenciales al respecto: el colombiano de la etapa de
la convivencia con la amenaza cuando se privilegió la irregular
lucha contra el terrorismo (y que ahora ha sido revertida con una
reducción de 60% de los cocales) y el de Bolivia, cuyas organizaciones
cocaleras contribuyeron a la renuncia forzada del presidente Sánchez
de Lozada (y ahora retroalimentan, con el movimiento autonomista,
la crítica debilidad del gobierno central y la precariedad
futura de la seguridad nacional boliviana).
En la perspectiva actual, el señor Ericsson ha llamado
la atención sobre el retroceso de la lucha contra el narcotráfico
reflejado en el incremento del área de coca ilegal sembrada
(48 mil has. en lo que va del 2005 o 6 mil has. más que las
42 mil del 2004 y 14 mil has, más que las 34 mil has. del
2001), el incremento de los precios (US$ 4 por kilo de hoja hoy
contra US$ 1.5 en el 2001) y la incursión creciente de los
cocaleros en la producción de droga. El proceso de deterioro
es de tal naturaleza que según DEVIDA, la duplicación
del área cocalera podría producise en pocos años
revirtiendo el total de 70% de reducción lograda en la segunda
mitad de la década pasada (la sustitución o erradicación
a 34 mil has. de las 110 mil has. existentes a principios de la
década) y los ya rebasados logros actuales (10.4 mil has.
erradicadas el 2004).
Es verdad que de cara a esta realidad y a la guerra global contra
el terrorismo (que el narcotráfico alimenta) no se entiende
la posición del gobierno norteamericano. Menos aún
cuando con los niveles de ayuda existentes para el desarrollo alternativo
y la erradicación el problema se ha agravado. Esto ha ocurrido
desde la suspensión de la interdicción aérea
y la inconsistencia de la marítima y la fluvial (por donde
sale hoy la droga) aun cuando se reconozca que los cultivos han
crecido por el retorno a nuestro país de la cadena productiva
expulsada de Colombia tras un proceso de erradicación ahora
exitoso (según el Ministerio de Defensa de ese país
la reducción fue de 37.5% entre el 2000 y el 2002, de 43%
el 2003 mientras el objetivo del 2005 es la erradicación
de un 50% sobre lo existente).
Es claro que la asistencia que presta Estados Unidos al vecino
a través del Plan Colombia no puede compararse con la otorgada
a nuestro país. De los US$ 7500 millones que comprendió
ese Plan hacia el 2002, 35% (US$ 2636 millones) provino de financiamiento
externo y 65% de contrapartida colombiana. A ese 35%, Estados Unidos
contribuyó con US$ 1628 millones y el resto provino de la
comunidad internacional. Del monto total, 32% fue dedicado a la
lucha contra el narcotráfico mientras 51% al fortalecimiento
institucional y 16% a la recuperación económica. Comparada
con la asistencia a Colombia, la Iniciativa Regional Andina para
el año fiscal que termina en octubre del 2005 el Ejecutivo
norteamericano asignó al resto de la subregión US$
277 millones (vs US$ 463 para el Plan Colombia). De allí
que probablemente se concentre en el escenario colombiano el anuncio
de Naciones Unidas del mayor logro de reducción alcanzado
en los últimos 14 años en el conjunto de la subregión
dejando un área pendiente de 153800 has.
De otro lado, es verdad que la reducción de la demanda
es un componente esencial de la lucha contra el narcotráfico
y que el ritmo de disminución de ésta (11% el año
pasado entre los jóvenes norteamericanos) no sea suficiente.
Al respecto, los países productores deben reclamar metas
de reducción concretas y más ambiciosa a los Estados
Unidos.
Sin embargo, la lucha en el lado de la oferta seguirá siendo
esencial. Y si la asistencia norteamericana va seguir siendo útil
a este respecto en el Perú, ésta deberá medirse
en el indispensable fortalecimiento de la interdicción y
la erradicación (el desarrollo alternativo no basta).
Sin emabargo, aunque en esta materia el apoyo norteamericano es
fundamental, el esfuerzo nacional debe ser recuperado. Para hacerlo
en la dimensión necesaria el Estado debe devolver a la lucha
contra el narcotráfico la prioridad perdida y fortalecer
el objetivo de erradicar por completo la coca ilegal. Además
la ciudadanía debe entender que de cultivos ilegales no puede
emerger legalidad alguna mientras los países andinos deben
sacar la cooperación de las oficinas y llevarla al terreno.
Poco ganaremos con la buena marcha de la economía y acuerdos
de libre comercio, si la amenaza del narcotráfico se fortalece
en un contexto de vulnerabilidad subregional creciente. Y menos
aún si la cooperación norteamericana flaquea a este
respecto.
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