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EDITORIAL
El ciclo político y el triunfo del liberalismo
Alejandro Deustua
14 de febrero de 2005
Todo período electoral suele iniciar un ciclo político
que acompaña o contraría al ciclo económico.
Su justificación política (mantener el poder o asegurar
una posición favorable para su uso) se complementa con la
justificación económica y social: el beneficio directo
de un sector de la ciudadanía mediante el incremento del
gasto, la reducción tributaria o alguna otra política
distributiva. La reacción de la oposición suele ser
igualmente previsible: la imputación de irresponsabilidad
y abuso por el oficialismo en la asignación de los recursos
públicos. Este rito político con implicancia para
la balanza de pagos ocurre en casi todos los países democráticos
sean sus sistemas fuertes o no.
En consecuencia, la controversia sobre el programa de asistencia
directa a un millón de pobres planteado por el Ejecutivo
(cuyo ámbito se ha reducido ahora a 190 mil personas por
cuatro meses y su naturaleza, a la de un plan piloto) no debiera
generar más fuego que humo a poco más de un año
de las elecciones del 2006. Menos aún cuando el consenso
existente sobre la separación del ciclo político del
económico debiera inidicar que la perfomance no será
afectada por el compromiso de 0.2%-0.4% del PBI en este programa
(Bear Sterns). Y especialmente cuando, desde la perspectiva política,
el presidente Toledo no capitalizará los benficios en una
reelección que buscará apenas paliar el costo de su
retiro mientras los miembros del partido oficialista intentarán
pero probablemente no mejorarán extraordinariamente su posición
luego de cuatro años de desprestigio encuestado.
Antes que lo anterior, sin embargo, lo interesante de esta inflexión
del ciclo político es la reacción conservadora de
la oposición de centro-izquierda en un país que tiene
50% de pobres. Si bien es cierto que la crítica apunta al
oportunismo de la medida y su contradicción con la ortodoxia
de cuatro años de gestión económica (que básicamente
acompañó al crecimiento generado por la mejora del
contexto externo), el hecho es que su fundamento se articula en
la necesidad de mantener la disciplina fiscal y de organizar adecuadamente
cualquier programa asistencial antes que proceder a un simple impulso
redistributivo.
Ciertamente la reacción de la oposición, como la
medida que la causa, tiene una dimensión circunstancial.
Pero muchos vemos en ella un cambio de percepciones a favor del
manejo “ortodoxo”, o “responsable” o “sano”
de la economía. Y si esta afirmación es correcta para
la centro-izquierda peruana (y también para parte de la izquierda
que participó activamente en la fase incial de este gobierno)
estamos presenciando una manifestación de asimilación
de parte de las fuerzas contestarias a la cultura económica
de la época. Pero también más que ello.
Como se sabe, una de las definiciones del poder realizado por
cualquier vía es la alteración de las percepciones
y acciones del que es influido por él de manera favorable
a quien lo ejerce. En este caso, estamos presenciando, en un área
de extraordinaria sensibilidad como la social, la prevalencia de
quienes plantean un manejo ajustadamente equilibrado de la variables
macroeconómicas –especialmente las financieras y fiscales-
sobre los que tenían una visión más activista
(es decir, más relajada, contracíclica y promotora
de cambios) de la gestión económica de un país
en desarrollo como el nuestro.
Y si esa apreciación resulta demasidado cruda, no se puede
negar la tendencia de los contestarios de ayer a ubicarse dentro
del consenso general que rije el sistema económico internacional.
Esta cuestión por evidente, no debiera requerir prueba. Sin
embargo, con el propósito de ilustrar el punto antes que
de debatirlo, señalaremos los recientes ejemplos brasileño
y argentino al respecto. En efecto, bajo las narices del presidente
Luis Ignacio Lula da Silva, la austeridad fiscal del ministerio
de Hacienda y la monetaria del Banco Central del Brasil no están
contrarestando suficientemente la desaceleración de la economía
brasileña inducida por el contexto internacional luego de
un año de excelente perfomance (5% de crecimiento) también
estimulada por el ambiente externo. El temor principal consiste
en que el incremento de las tasas de interés por el Banco
Central orientadas a contener el impulso inflacionario (antes que
a seguir al FED) produzca un overshooting que ponga en riesgo el
crecimiento esperado este año. Al respecto surgen hoy recomedaciones
sugirendo al Banco que no se extralimite en sus ortodoxos esfuerzos
(The Economist).
Y en el caso del financieramente heterodoxo gobierno del presidente
Kirchner que está renegociando parte de su deuda externa
colocando bonos con reducciones de hasta 60% y 70% del valor original
de las obligaciones, la economía está produciendo
superávits fiscales para ordenar las cuentas y asegurar el
pago del saldo de la deuda.
Es probable que el segundo ejemplo sea menos consistente que el
primero, pero, -especialmente en el caso brasileño- es clara
la modificación de los parámetros de gestión
económica de los contestarios de hace menos de una década.
Aunque la reforma liberal no haya proseguido su marcha con la intensidad
que sus promotores consideran necesaria, el hecho es que los términos
de la gestión pública han cambiado decididamantente
en nuestros países hacia el lado de la disciplina y el orden
estricto antes que flexible. Y ello implica que, bajo las condicionesa
actuales, las expectativas de los marginados no puedan satisfacerse
sino escasamente dentro del consenso general en la materia (el gradualismo
de la reducción de la pobreza en el caso chileno es un buen
ejemplo al respecto).
Si esto ocurre en el ámbito interno, en el externo la modificación
de percepciones y, por ende, de políticas tradicionales de
nuestros Estados, también ha evolucionado sustantivamente
hacia el consenso económico liberal. En este terreno no vamos
a discutir ahora el abandono de la defensa externa de los remanentes
del modelo de sustitución de importaciones, de la cooperación
Sur-Sur o de los términos del Nuevo Orden Internacional propuesto
en los 70. Los ejemplos son aquí más crudos.
En efecto, resulta extraordinario que la reivindicación
más visible de los países en desarrollo sea la apertura
de mercados de los países desarrollados no mediante concesiones
unilaterales (tipo SGP) sino a través del cuestionamiento
de los subsidos a la producción y exportación en esos
países. Y también que esa contienda esté en
el centro del fracaso actual del multilateralismo económico
(la ronda Doha) y de su redefinición en escenarios más
reducidos y compartidos con otros países desarrollados sectorialmente
afines (el Grupo Cairns y hasta el grupo de los 20). Más
aún, este cambio de percepciones abarca el abandono de conceptos
básicos en el trato económico entre desiguales como
es el trato especial y diferenciado cuya sustancia (adquisión
de obligaciones de acuerdo a la capacidad de desarrrollo de las
economías menores y generación de derechos en esa
proporción) ha mutado hacia lo procesal (mayores facilidades
de plazo para cumplir las mismas obligaciones y menores requerimientos
marginales de la magnitud de apertura del mercado propio).
En lugar de estas políticas han surgido grandes y pequeños
consensos asistenciales. Entre los primeros se ubican los Objetivos
del Milenio que tienden a reducir la pobreza antes que a generar
desarrrollo. Entre los segundos, se sitúan iniciativas selectivas
in extremis de países desarrollados como la de la Grupo de
los 7 para reducir la deuda de los paíseses menos desarollados.
Como en las políticas internas, el liberalismo ya forma
parte de la ideología que organiza las políticas exteriores
de nuestros países. Dentro de esa aproximación, los
criterios de compensación de los excluidos –que siempre
es escasa- tiende a prevalecer en las agendas sobre la activa generación
de desarrollo. Y cuando esa tendencia se manifiesta, se expresa
dentro de criterios que tienden a mantener el ajuste disciplinado
antes que a flexibilizar políticas orientadas a la creación
de nuevos escenarios.
Más allá de la discusión sobre la conveniencia
de este cambio de percepciones, se puede avisorar que su sostenibilidad
dependerá de la capacidad de los Estados más débiles
para imponer las normas, de los más fuertes para mantener
sus obligaciones (ahora debilitada en Estados Unidos por la indisciplina
fical y en Europa por el desborde del pacto de estabilidad) y de
la capacidad y disposición de nuestros países para
satisfacer gradualmente necesidades básicas frente a un crecientes
requerimientos sociales. Las decisiones que se generen al respecto
no pueden depender del ciclo político.
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