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EDITORIAL
Integración Suramericana
Alejandro Deustua
11 de febrero de 2005
Desde que la integración latinoamericana se propuso en
el siglo XIX como proyecto político (Bolívar) y, en
el ámbito de suramericano, como instrumento de seguridad
colectiva (Castilla), la idea tuvo simpre una connotación
estratégica, de identidad y de status. El siglo XX no fue
la excepción cuando la idea evolucionó al campo ideológico
(APRA), al geopolítico (Mercado Jarrín) y al económico.
Esta última dimensión se entendió primero como
mercado de escala para la implementación del modelo de sustitución
de importaciones, el desarrollo a través de la industrialización
y la atenuación de la dependencia (Prebisch-ALALC) para redefinirse
luego en una compleja zona de libre comercio subregional (CAN, MERCOSUR)
o hemsiférica (ALCA). Ninguno de estos proyectos logró
cuajar plenamente aún.
Si la idea suramericana tiene ese abolengo y adolece de insuficiencia
de resultados en cualquier dimensión , el intento de retomarla
debe emprenderse sobre bases sólidas, consensos firmes y
gradualismo realista si se desea tener éxito. Lo contrario
–su uso grandielocuente en el formato del gran diseño
diplomático y la vocación por la escenografía
vernacular- es una receta para el fracaso y una expresión
de irresponsabilidad. El primer camino es el que se fundamenta en
la ejecución efectiva del proyecto de infraestructura IIRSA
y en el perfeccionamiento de la convergencia entre la CAN y el MERCOSUR
en el marco de la integración hemisférica que hoy
se negocia. El segundo es el del lanzamiento majestuoso de una Comunidad
Suramericana de Naciones que ciertamente no tiene la consistencia
de la arquitectura cuzqueña que cobijó su “constitución”.
La iniciativa IIRSA (Inicativa para de Integración de la
Infraestructra Regional Suramericana) está conformada por
los 12 países suramericanos y se propone colocar un piso
de tranportes, de comunicaciones y de interconexión energética
a la integración regional. El propósito es el de facilitar
los intercambios, incrementar la competitividad, favorecer cadenas
de producción y, en consecuencia, generar desarrollo territorial.
El proyecto tiene el respaldo financiero de la banca regional (BID,CAF,
FONPLATA) y ha priorizado 10 ejes de integración y desarrollo.
Estos deben articular continuos espacios económicos a su
alrededor en lugar generar de polos de desarrollo dependendientes
de un único centro y fomentar la proyección continental
hacia el Pacífico y el Atlántico. Cinco de esos ejes
comprometen sustantivamente al Perú.
El eje Amazonas que conecta Paita y Bayóvar en el Pacífico
con Iquitos, Manaos y Belen do Pará en el Atlántico
debe redefinir a Iquitos como un puerto de transferencia multimodal
vinculado al centro industrial de Manaos y como centro de servicios
del área; a Ucayali como un centro similar; a Paita como
un centro logístico para el comercio intracontinental y extraoceánico;
y a Bayóvar como el gran puerto de aguas profundas del norte.
La Macro Región del Norte y del Oriente peruano tendrá
en ese eje su columna vertebral.
El eje Amazonas Central que conecta a Lima con Pucallpa y Cruzeiro
do Sul tiene una extarordinaria dimensión estaratégica
en tanto revierte el distanciamiento de uno de los dos puertos principales
del Pacífco sur suramericano –el Callao- con la cuenca
amazónica brasileña y conecta a ésta con una
ciudad capital de 8 millones de habitantes.
El eje Perú-Brasil-Bolivia que conecta Ilo con Puno, Cuzco,
Madre de Dios, Río Branco y Porto Velho (y, vía el
río Madeira, con el Amazonas brasileño) debe generar
un importante mercado interno promoviendo las exportaciones manufactureras
y agrícolas del sur del Perú a la amazonía
brasileña y facilitando a las localidades de Acre y Rondonia
la salida de su producción agrícola al Pacífico.
El eje Interoceánico Central Perú, Chile, Bolivia,
Paraguay, Brasil debe articular la zona comprendida entre la Macroregión
Sur peruana , el Mato Grosso y la zona industrial del sur del Brasil.
El desarrollo de este eje –que tiene mayor dimensión
geoplítica que los demás en tanto conecta al Perú
con al corazón del continente- debería contribuir
sustantivamente a restaurar la capacidad económica del sur
peruano.
Adicionalmente el sistema otorga prioridad también al mantenimiento
y fortalecimiento de los ejes longitudinales de la costa (la Panamericana
y su bifurcaciones regionales), la longitudional de la Sierra (desde
Tingo María) y la Marginal de la Selva que permiten la articulación
tradicional del área andina.
La cuencas oceánicas del Pacífico y el Atlántico,
el área andina, y la cuencas del Orinoco, amazónica
y del Plata encuentran en este proyecto de infraestructura las vías
por las que transcurrirán bienes y personas que, a diferencia
de Europa, no eran preexistentes al inicio de los diferentes proyectos
de integración suramericanos.
Mas allá de la etapa del gran diseño, lo logrado
hasta ahora en el ámbito regional es el consenso sobre estos
proyectos generales cuya valencia es la del interés común.
Las complicaciones surgen, como siempre, en el desarrollo de las
especificidades de cada uno de estos ejes, la solución de
las divergencias entre Estados, departamentos, provincias y municipios
por la distribución de beneficios y la obtención del
financiamiento requerido.
Si de los cinco ejes que involucaran al Perú sólo
uno tiene un compromiso nominal de financimiento las dificultades
para obtenerlo saltan a la vista. En el caso del eje Perú,
Bolivia, Brasil (un costo de aproximadamente US$ 700 millones),
el Brasil se ha comprometido a financiar 60% del tramo peruano mientras
la CAF asume el riesgo por el 40% del compromiso peruano dando cuenta
de un problema adicional: el del límite al endeudamiento
nacional comprometido con los organismos multilaterales.
A pesar de haber sido este problema incorporado a la agenda del
Grupo de Río, la solución propuesta –considerar
la inversión pública en infraestructura como tal y
no como gasto- no ha sido resuelto por el FMI ni el Banco Mundial
ni aún bajo las presiones flexibilizadoras derivadas de una
renovada preocupación por los problemas sociales en la agenda
internacional (los objetivos del Milenio comprometidos por la ONU,
la cancelación de la deuda a los países menos desarrollados
por el grupo de los 7).
El desafío es enorme si considera que los 310 proyectos
identificados para el conjunto del IIRSA requieren de US$ 33 mil
millones. Esta cantidad es superior a la suma del PBI de Bolivia
y Ecuador. Los países miembros han acotado esa cartera a
31 proyectos por un total de US$ 4300 millones (la Agenda de Implementación
Consensuada) entre los que están los 10 ejes mencionados
y los cinco que incluyen al Perú.
Según consultores con experiencia en la obtención
de financiamiento, las alternativas pasan por la constitución
de una entidad ejecutora de cada proyecto y de la banca patrocinante,
la concesión privada y la captación de recursos en
el mercado internacional de capitales. Las dificultades que se prevén
son la obtención de garantías para cada proyecto,
el grado de representación de la entidad ejecutora, los riesgos
de proyectos de larga maduración para los eventuales concesionarios
privados y las dificultades de colocación de bonos en el
mercado para esta clase de emprendimientos.
En todo caso, los suramericanos tienen acá un desafío
concreto de carácter trasnacional que, aunque tiene una dimensión
estratégica distinta a la que adquirió la Comunidad
del Carbón y del Acero antecesora de la Comunidad Europea
de 1957, tiene el mismo potencial integrador. Si nuestros Jefes
de Estado desean comprometerse con la construcción de un
espacio suramericano (algo bastante menos complejo que una comunidad
de naciones como se ha propuesto con exceso de retórica)
generador de cohesión regional y de infraestructura básica
para el adecuado flujo de los intercambios económicos y sociales,
ésta es un área en la que deben concentrar sus mayores
esfuerzos en lugar de dispersarlos en los indeterminados compromisos
que se adquieren en cumbres como la del Grupo de Río o las
Iberoaericanas sabiendo que no serán cumplidos.
El segundo pilar en el que se asienta la integración suramericana
es el perfeccionamiento de la tortuosa convergencia de la CAN y
el MERCOSUR. La piedra angular de esa aproximación es el
acuerdo de complementación económica que protocolizaron
los miembros de ambas entidades el 2004. Desafortunadamente este
acuerdo no sólo no es todo lo firme que se requiere (el Perú
desea renegociarlo) sino que la complejidad de su negociación
(un empeño de una década superior en 4 veces al tiempo
que tomará concluir el TLC con Estados Unidos) anuncia una
correlación con las dificultades para generar rápidos
beneficios futuros.
En efecto los desentendimientos y la indisposición de los
suramericanos a flexibilizar posiciones en la negociación
de preferencias arancelarias primero (al más puro estilo
ALALC) y en la de una zona de libre comercio después, son
claros indicadores de que los cálculos sobre el poder potencial
de la región (PBI agregado, concentración de recursos
hídricos, energéticos, agrícolas y de biodiversidad)
que hoy se plantea como estímulo no fue suficiente para apurar
el proceso pensando en sus beneficios. Por lo demás, el fundamento
oficial de su importancia sólo reporta un agregado de dotaciones
o factores de producción estáticos basados en las
riquezas naturales y la valoración tradicional de los mercados
postergando el potencial dinámico de los sectores modernos
(servicios y tecnología).
Y en lo procesal ese reporte no han asumido los costos que representan
para la convergencia el peso de las asimetrías (empezando
por la alta concentración de los flujos financieros en Brasil
y Argentina) y la insuficiencia en la implementación del
trato diferencial previsto en la ALADI ni la tendencia a la absorción
de los miembros de una entidad (la CAN) por otra (el MERCOSUR).
De otro lado, si la propuesta de criterios de construcción
de un epacio suramericano (flexibilidad que permita una articulación
regional de distintas velocidades, gradualidadad implementable a
partir de intereses comunes existentes, integralidad que organice
una visión multidisciplinaria común y solidaridad
que atienda el trato diferencial), es realista en tanto atiende
a lo posible antes que lo deseable, esos criterios flexibles encontarán
dificultades estructurales que deben ser atendidas con mayor energía.
De particular complicación será la aplicación
de los criterios de integralidad, cuya ambición multidisciplinaria
reporta en la región extraordinaria ineficiencia, y el ya
mencionado trato diferencial que ha ido absorbiendo la definición
procesal de la OMC (facilidades de plazo en el cumplimiento de los
compromisos y accesos más rápidos de una producción
insuficiente) en desmedro de las compensaciones efectivas consideradas
por los tratados subregionales de integración originales.
Por lo demás, las dificultades del criterio de gradualidad
ya saltan a la vista por la propensión diplomática
regional a constitucionalizar el gran diseño. Así
del manejable concepto de espacio suramericano se ha pasado políticamente
al de comunidad de naciones cuando no pocas de ellas están
en cuestión y cuando los requerimientos funcionales para
adquirir ese status (la conformación progresiva de una zona
de libre comercio, de una unión aduanera, de un mercado común,
de una adecuada coordinación de políticas) sencillamante
se incumplen abiertamente. Para progresar en la integración
suramericana la imprudencia diplomática de agunos de nuestros
Estados en esta materia debe ser disciplinada.
Igualmente importante para el progreso del espacio suramericano
será atender las complejidades de su propio proceso constitutivo.
Si se tiene en cuenta que el planteamiento de la convergencia CAN-MERCOSUR
se está negociando dede 1995 se tendrá una idea de
las dificultades de un proceso que avanza mucho más lentamente
que la negociación del TLC con Estados Unidos. Más
aún, cuando se registra que aunque en 1998 se había
establecido el acuerdo marco para establecer la zona de libre comercio
suramericana (que, además, estaba prevista en el programa
de Acción de la cumbre hemsiférica de 1994) las negociaciones
tampoco se aceleraron.
Esas dificultades se reflejaron además en la indisposición
de las partes a progresar con ese objetivo a través de la
negociación bloque a bloque. Así, Brasil decidió
negociar por su cuenta a partir de 1999 y suscribió, bilateralmente,
con Perú un acuerdo de complementación económica
recién el 2003. Fue sólo en el 2004 cuando se protocolizó
el acuerdo de complementación entre los miembros de la CAN
que no lo habían hecho y los del MERCOSUR como se ha dicho.
Y ello ocurrió luego de que Bolivia se adhiriera al MERCOSUR
en 1996 y Perú lo hiciera luego.
Si la profundización de la convergencia suramericana va
a tener éxito, una dosis de modestia correspondiente a su
compleja evolución debe ser un ingrediente fundamental de
las políticas que la lleven a cabo. Especialmente cuando
los intercambios intrasuramericanos pesan bastante menos que los
intrahemisféricos. Si se tiene en cuenta que, en el 2004,
las exportaciones andinas al MERCOSUR fueron 3% del total (mientras
las destinadas a Estados Unidos correspondieron a 59%) se entenderá
que el factor TLC con la primera potencia no puede ser considerado
como una variable marginal en la convergencia suramericana. Y menos
cuando se comprueba que la valencia de la relación CAN-USA
se repite en la relación CAN-MERCOSUR. En efecto, la CAN
importa fundamentalmente productos manufacturados del MERCOSUR (US$
6300 millones en el 2004) mientras le exporta materias primas (US$
1762 millones) configurando una clásica relación Norte-Sur
en Suramérica fuertemente desbalanceada.
El pilar comercial de la convergencia -que en la perspectiva teórica
y práctica, incrementa las posibilidades de cooperación
política y de otra naturaleza- debe ser fortalecido y pacientemente
redefinido para que el indispensable espacio económico suramericano
tenga éxito. Y el éxito no debe medirse sólo
por los logros diplomáticos y procesales sino por el real
incremento de la interdependencia interna generadora de progreso,
por la adquisición de un status en el sistema internacional
que incremente la influencia de sus miembros, por su capacidad de
competencia (especialmente con Asia) y por una mejor inserción
en Occidente empezando por nuestro propio hemsiferio.
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