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EDITORIAL
¿Integración Regional o Hemisférica?
Alejandro Deustua
9 de febrero de 2005
Cuando en noviembre se constituyó en Cuzco, sin demasiado
fundamento, la Comunidad Suramericana de Naciones, el espíritu
regionalista de los suramericanos osciló entre la evocación
europea (el modelo de la UE), la reivindicación bolivariana
y la más pragmática recuperación de las bases
originales de la integración regional. Hoy, sin embargo,
esa cota emocional parece diluida entre el entusiasmo y el temor
a la inminente conclusión del TLC con Estados Unidos.
Si el sentimiento nacional en la materia fuera adecuadamente entendido
por los medios y mejor orientado por los gobiernos, la aparente
dicotomía entre la integración con la primera potencia
o con Suramérica habría sido resuelta por la evidencia:
los andinos tendremos un eje de integración económicamente
comandante en el TLC y uno menos intenso en la región. La
dimensión económica de éste último tendrá
que se reforzada por el desarrollo infraestructural (IIRSA) y una
mayor cooperación política y social. Más por
la vía del bilateralismo comercial que por el negociación
subregional (o de bloque) estaremos acercándonos a una integración
hemisférica con diferente normativa incial que tendrá
que ser o estandarizada en el futuro o redefinida para el acápite
suramericano del esquema.
Es más, esta visión amplia de la integración
regional (el Hemisferio y no sólo Suramérica) será
fuertemente estimulada por los futuros acuerdos de la CAN y del
MERCOSUR con la Unión Europea. Nuestra integración
–un grado más elaborado de la simple inserción
externa- será entonces con Occidente.
Si la versión bolivariana de Suramérica se dará
de bruces con esa realidad, bien harían nuestros políticos
en reconocer ese hecho en lugar de recrear fantasías de las
que ellos mismos se alejaron desde que concurrieron por iniciativa
propia a una cumbre presidencial que comprometió el ALCA
en 1994. Esa versión de la integración se debería
haber conformado gradualmente partiendo de la convergencia de los
procesos de integración subregional existentes. Aunque el
ALCA como entidad no ha avanazado, procesos heterogéneos
la están formando sin embargo. La denominada Comunidad Suramericana
de Naciones es uno de ellos. Y ésta está bastante
lejos de lo que los promotores originales de la integración
latinoamericana plantearon.
En efecto, cuando Raúl Prebisch y sus seguidores cepalinos
proyectaron la integración regional en los años 50
del siglo pasado lo hicieron como un escenario complementario al
nacional necesario para el mejor funcionamiento del modelo de sustitución
de importaciones. Mediante el mercado de escala las economías
nacionales deberían poder exportar más con más
valor agregado, mejorar los términos del intercambio, propiciar
el desarrollo y reducir la dependencia de los centros económicos.
Con estas premisas se constituyó la ALALC en 1960 que la
crisis económica de la década de los 70, la reforma
liberal, la crisis de la deuda y los escasos compromisos nacionales,
se encargaron de hacer fracasar.
Antes de que se llegara a ese punto de inflexión, los países
andinos (incluyendo Chile pero no Venezuela), disconformes con la
morosidad de la ALALC y con la concentración de los beneficios
en las economías mayores (Argentina, Brasil y México)
crearon el Acuerdo de Cartagena en 1969. El Grupo Andino intensificó
el modelo de sustitución de importaciones, rigidizó
la asignación de recursos y consolidó el “dirigismo”
(especialmente en la industria petroquímica, el automotor
y la agricultura) con el propósito oficial de apurar el “desarrollo
equilibrado y armónico” de sus miembros y el propósito
oficioso de cohesionar una entidad geopolítica con mayor
valor propio.
El Grupo Andino planteó un escenario fudamentalmente endógeno
y reglamentó rígidamente la inversión extranjera.
Pero propició las exportaciones y los vínculos políticos
con Suramérica, el Tercer Mundo y el mundo desarrollado,
estableció un real trato diferenciado entre sus miembros
de acuerdo a sus diferentes niveles de desarrollo y promovió
la integración física. La identidad andina se estimuló
como más intensidad que la latinoamericana La ineficiencia,
la falta de resultados y especialmente la crisis económica
y la reforma liberal hechó por la borda esa experiencia de
integración subregional.
El desconcierto que produjo el empuje de la apertura de mercados
y el liberalismo en la región fueron complementados por el
expreso rechazo de gobernantes y dirigentes andinos de los fundamentos
del modelo de integración desarrollista. Una suscesión
de redefiniciones estratégicas se sucedieron en consecuencia,
empezando por la absurda propuesta de “integración
hacia fuera” en manifiesto desconocimiento de las nociones
básicas de la integración: un espacio de trato preferencial
en relación a terceros creador de comercio, bienestar y progreso.
El rechazo al planteamiento original fue confirmado ya no por
el retiro de Chile en 1976 sino por las divagaciones globalizadoras
del fujimorismo (el Perú suspendió su participación
en el proceso en los 90) y la posterior adhesión de Bolivia
al MERCSOUR. La feble cohesión del Grupo se deterioró
extraordinariamente. La zona de libre comercio demoró su
plazos y la unión aduanera nuca se constituyó para
el conjunto. Las políticas económicas de los países
miembros y los ministerios de economía redefinieron la identidad
subregional a niveles de subsistencia burocrática y la integración
se limitó, en el mejor de los casos, a su contenciosa dimensión
comercial.
Cuando se constituyó el MERCOSUR en 1991, Uruguay y Paraguay
se sumaron a una inciativa también comercial argentino-brasileña
consolidada en un acuerdo de complementación económica
en 1990. Previamente, hacia 1988, estos países habían
redefinido los términos históricos de su conflictiva
relación bilateral. El MERCOSUR nació como el propósito
de crear una zona de libre comercio (que ha generado una fuerte
interdependencia) y una unión aduanera (hoy bastante imperfecta)
en el marco del proceso de reforma liberal que intensificaron Cardoso
y Menem. Pero no la establecieron para crear desarrollo independiente,
ni para compensar el subdesarrollo de Uruguay y Paraguay, ni para
organizar la “Patria Grande” suramericana. El esquema
adquirió rápida importancia por su tamaño y
la membresía de las dos grandes potencias suramericanas antes
que por su buen funcionamiento, pero no por su vocación desarrollista.
Chile, Bolivia, Perú y Venezuela se adhirieron pero no son
aún miembros plenos y la complementación con la CAN
se produjo a través de acceso singulares de sus miembros
resultantes en un acuerdo de complementación que el Perú
desea renegociar hoy.
El modelo de integración regional articulador de un mercado
para generar desarrollo, reducir la dependencia e incrementar el
bienestar y el empleo a través de la industrialización
no es hoy el modelo de integración ni de la CAN ni del MERCOSUR.
Sus miembros, por lo demás, tienen visiones bastante hetrodoxas
de política exterior. Entonces no es bueno pretender que
la Comunidad Suramericana de Naciones ostenta una calidad que sus
miembros no tienen y hoy no desean. Y tampoco es sensato usarla
para compensar el efecto político de la suscripción
del TLC con Estados Unidos o para curar culpas por el desarrollismo
abandonado.
La integración regional de hoy día es de ámbitro
hemsiférico con clara ambición occidental. El rol
suramericano se verá adecuadamente reforzado si implementa
consistemente el proyecto de infraestructura IIRSA, perfecciona
su endeble convergencia, crea una masa crítica de intereses
comunes hoy algo dispersos e incorpora el factor norteamericano
que, aunque debe aún ponderarse, es tan evidente como su
asimetría.
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