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EDITORIAL
TLC Ad Portas
Alejandro Deustua
7 de febrero de 2005
La conclusión de las negociaciones del acuerdo de libre
comercio con Estados Unidos está a dos rondas de distancia
y a dos meses plazo. Para zanjar las últimas complicaciones
en materia agropecuaria y de propiedad intelectual el reporte oficioso
anuncia la extensión del proceso a dos “mini rondas”
ad hoc en lugar de considerar el tiempo que fuere necesario. Y el
ministro de Comercio Exterior, siguiendo la decisión presidencial
de suscribir “sí o sí” el TLC, acaba de
solicitar un pacto político anticipado para firmar ese documento
antes del 31 de julio. Si esa urgencia revela la importancia del
acuerdo, también demuestra que la dinámica del proceso
ha adquirido quizás más importancia que sus contenidos.
Ello no es necesariamente bueno teniendo en cuenta que dada la
calidad del interlocutor, el volumen del comercio compometido y
la compleja naturaleza del acuerdo, el Perú suscribirá
probablemente el tratado comercial más importante de su historia.
En efecto, si el acuerdo redefine el marco para 30% de nuestras
exportaciones actuales, confirma el universo de los productos con
acceso preferencial a Estados Unidos preestablecido por los programas
ATPA y su sucesor ATPDEA (y que hoy es infrautilizado en cerca del
60%), institucionaliza los fundamentos de seguridad de esos programas
(referidos a la lucha contra el narcotráfico) y nos vincula
estratégicamamente a la única superpotencia, hacia
mediados de año estaremos comprometiendo un vínculo
de probable mayor relavancia que el establecido por los originales
Acuerdo de Cartagena y ALALC (hoy CAN y ALADI) que han definido
regimentalmente nuestra inserción regional hasta la fecha.
En consecuencia deberíamos conocer con más precisión
qué estamos firmando y cuáles son los beneficios y
perjuicios que obtendremos. Sobre lo primero existe mayor información
que en cualquier proceso negociador anterior. Pero no hay claridad
pública suficiente sobre la magnitud relativa del compromiso.
Y sobre lo segundo no puede haber certeza suficiente si ésta
proviene apenas de unos pocos estudios académicos de no muy
amplia difusión.
Ciertamente el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos es
más que un acuerdo de libre comercio. La definición
de este tipo de acuerdos establecida en el GATT se refiere a la
liberación de “sustancialmente” todo el comercio
entre las partes. Por “sustancial” se ha entendido un
porcentaje significativo (70%, 80%) de los intercambios que no fue
precisado y el tipo de comercio referido fue el de bienes. La Ronda
Uruguay que creó la OMC no cambió la definición
esencialmente pero sí la inclusión de temas “vinculados
al comercio”. Al añadido incial de los servicios, siguió
el de la inversión, la propiedad intelectual, entre otros.
Los denominados “temas de Signapur” confirmaron aún
más la ampliación del rango a temas como el de normas
laborales y ambientales.
El proceso de ampliación de lo que se entiende como temas
vinculados al comercio, fundamentalmente estimulado por los países
desarollados, involucró también su normativa. La negociación
de mayor apertura de ese ámbito debía darse en el
ámbito multilateral correspondiente (la OMC). Pero al trabarse
la Ronda Doha (que debiera poder retomarse este año) la apertura
suplementaria del comercio global no se produjo. Como tampoco se
produjo en el ámbito hemisférico, comprometido incialmente
por la Inicativa de las América (1991) y luego por el Programa
de Acción de Miami (Cumbre Presidencial de 1994). Las dificultades
de este último proceso obligó a recortar el ámbito
en el que operaría una zona de libre comercio hemisférica
(el ALCA “light”). Los desacuerdos entre Estados Unidos
y Brasil empiezan a destrabarse de manera tardía.
Frente a este panorama, que complicó también la
convergencia entre la CAN y el MERCOSUR, los países andinos
que habían enrumbado su comercio con Estados Unidos a través
del ATPA/ATPDEA previeron el riesgo de la naturaleza concesional
de ese programa (que por serlo, podía ser cancelado de manera
unilateral) y de su plazo de vencimiento (el 2006).
Mucho antes, Estados Unidos, que desde el cambio del sistema internacional
a principios de los 90 había fortalecido su disposición
de abrir mercados para las exportaciones norteamericanas por cualquier
vía (la multilateral, la plurilateral, la bilateral y la
unilateral) ya había encontrado en los acuerdos bilaterales
una eficiente forma de lograrlo. Salvo por sus principales socios
comerciales nacionales (Canadá y México), Estados
Unidos ha suscrito varios acuerdos bilaterales de libre comercio
con países pequeños del Medio Oriente, Oceanía,
Norte y Centroamérica (el primero, con Israel data de 1985).
Individualmente –salvo por los países del NAFTA- esos
mercados no son grandemente significativos para las exportaciones
norteamericanas, pero en su conjunto conjunto dan cuenta de alrededor
de 32% de las mismas, según algunos estudios. A ese componente
es necesario añadir el de seguridad y el político
(una forma de estimular la economía de estados pequeños
y de vicularlos a la estabilidad –cosa distinta de la dependencia-que
brinda la relación con la primera potencia).
Por lo demás, estos acuerdos forman parte del número
creciente de acuerdos de libre comercio bilaterales suscritos desde
principios de los años 90. Su volumen está complicando
extraordinariamente el carácter excepcional de los mismos
y cuestionando, según muchos, los principios no discriminatorios
que deben regir el multilateralismo de la OMC.
En lo que concierne a los países andinos -a pesar de la
normatividad regional sobre protección de su propia legislación-
los últimos acuerdos bilaterales van más allá
de lo comprometido hasta ahora en la OMC, consolidan una relación
comercial que, por su volumen y valor de mercado, cuestionan la
base de la incipiente convergencia suramericana (mal denominada
Comunidad Suramericana de Naciones) y no responden al trato preferencial
pre OMC. Sobre este último debe recordarse que el GATT compometió
principios sustantivos de trato acorde con las posibilidades reales
intercambio de los países en desarrollo, mientras que la
OMC los ha redefinido –aunque no derogado-en facilidades procesales
(más plazos de desgravación para las importaciones,
menor plazo de acceso para las exportaciones incluyendo un mayor
número de productos de liberación inmediata). Los
acuerdos de libre comercio que negocian los andinos incorporan este
último tipo de ventajas procesales y no las sustantivas pre
OMC.
En consecuencia, a los problemas de una normatividad extensiva
de los temas vinculados al comercio (que involucran compromisos
de regulación –o desregulación- de mercados
que se incorporan a la legislación interna y que, por su
complejidad y nivel de aplicación, son muy difíciles
de modificar) se añade el tema irresuelto de las asimetrías
y de una “nivelación del terreno” que probablemente
empareja la superficie pero no su inclinación.
Bajo estas circunstancias la claridad sobre el costo-beneficio
del acuerdo es determinante para definir la calidad del mismo. El
inventario de potenciales ganancias comerciales, incremento de inversión
y generación de empleo debiera ser un instrumento conocido
para reducir la incertidumbre del resultado de la negociación.
Hasta ahora, sin embargo sólo se conocen versiones de dos
o tres estudios en la materia. Ello contrasta con la legitimación
del proceso negociador por la cantidad de sectores comprometidos
y participantes en el “cuarto de al lado” (y que ahora
ya incluye al estamento parlamentario).
De los tres estudios más conocidos sobre la materia dos
arrojan resultados positivos y uno ligeramente negativo para el
Perú mientras las ganancias para Estados Unidos no son significativas.
Según el estudio de Cuadra, Fairlie y Florián (1)
un TLC con Estados Unidos incrementaría las exportaciones
peruana entre 6.90% y 12%, las importaciones entre 7% y 10.63% y
el PBI entre 0.11% y 7.02%. En cambio según el estudio de
Bruno Seminario (2) las exportaciones crecerían 0.795%, las
importaciones 8.74% y el PBI caería 2.24%. La diferencia
entre uno y otro trabajo revela la incertidumbre de los benficios
reales de ese acuerdo
Esa brecha debiera cerrarse antes del término de las negociaciones
con estudios complementarios Pero además, debería
poder tenerse un grado de certeza sobre la magnitud de inversión
extranjera y nacional que producirá el TLC en un contexto
de reducción del flujo financiero hacia la subregión
andina (y hacia América Latina en general) en persistente
beneficio del Asia. Este punto debiera ser fuertemente enfatizado
por lo menos políticamente.
Lo mismo debiera ocurrir con la generación de empleo. En
este campo la opinión oscila entre una creación mínima
de empleo (18 mil puestos según La República citando
a Seminario) y 170 mil según versiones verbales de funcionarios
públicos. A ello debe agregarse ciertamente la conveniencia
de proteger el empleo que depende hoy de las exportaciones a Estados
Unidos (que es bastante más del que ser creará).
A la luz de los beneficios que con un alto margen de incertidumbre
se conseguirían y de la carencia de indicadores sobre los
costos, antes de proceder a la conclusión de las negociaciones
se requiere una estimación más clara del MINCETUR
y de los gremios –consolidando a ganadores y perdedores- al
respecto. Especialmente si el acuerdo tenederá a afectar
una economía que, como la peruana, crece más por exportaciones
que por inversión ahora en un contexto de desacelaración
global. Adicionalmente –y no con menor prioridad- es indispensable
explicar mejor los beneficios estratégicos, de status y de
seguridad que el acuerdo traería.
(1), (2) El TLC en Debate, Alan Fairlie Editor
Fundación Ebert, Red Latinoamericana de Política Comercial
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