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EDITORIAL
La OEA en campaña electoral
Alejandro Deustua
2 de febrero de 2005
Aunque las decisiones de la OEA han sido periódicamente
críticas para el hemisferio americano, la elección
de su Secretario General ha sido generalmente indiferente para nuestra
ciudadanía. En efecto, decisiones como las que comprometieron
el alineamiento anticomunista, la separación de Cuba, la
posición común en la crisis de los mísiles,
la crisis del TIAR, la suscripción de la Carta Democrática
y su aplicación, la activación de la Corte y la Comisión
de Derechos Humanos, la participación en el ALCA o el posterior
apoyo al uso de la fuerza extraregional por Estados Unidos (Afganistán)
han comprometido el destino regional aunque no el interés
constante de la población. Hoy, a la luz de la importancia
creciente que ha adquirido el sistema interamericano ya no sólo
para nuestra inserción externa sino para el establecimiento
del orden interno (la Res.1080 aplicada al Perú) y la ampliación
del mercado nacional (las exportaciones del Perú a América
representan 51% del total), esa elección tiene una dimensión
pública mayor. Más aún cuando ésta ha
sido condimentada por la renuncia del último Secretario General
acusado, en su país, de corrupción.
A ello contribuye fuertemente el cambio de usos y costumbres en
la elección de este alto funcionario. En efecto, desde hace
tres semanas los candidatos al cargo han desfilado ante el Consejo
Permanente en Washington para presentar sus propuestas. Que se recuerde,
nunca antes los aspirantes habían confrontado abiertamente
sus prioridades políticas y de gestión. Aunque, felizmente,
aún no se ha llegado al debate frontal (las presentaciones
se han hecho en días diferentes) como lo quería algún
país del Cono Sur, he aquí que el Canciller de México,
Luis Ernesto Derbez, el Ministro del Interior de Chile, José
Miguel Insulza, y el ex -Presidente de El Salvador, Francisco Flores,
hacen campaña y lobby como cualquier candidato local, pronuncian
discursos que se distribuyen luego como propaganda y se hacen acompañar
por políticos de gran peso para mostrar la representación
nacional de sus candidaturas.
El proceso es espectacular si se lo contrasta con la sobriedad
de los usos prevalecientes en la materia hasta hace poco. Bajo las
pautas convencionales los Estados, antes que los candidatos, bucaban
de manera más o menos reservada el respaldo de otros Estados
y luego procuraban el consenso sin arriesgar la contienda abierta
teniendo en cuenta que no pocas de sus decisiones futuras dependerían
de la aquiesencia de los demás. El trabajo sigiloso de las
cancillerías aseguraba la discreción necesaria para
minimizar las posibilidades de fricción en la configuración
de alianzas y alineamientos y para ampliar el margen de maniobra
en el proceso electoral.
Aunque no hemos arribado aún a la etapa de las pancartas
y los debates televisivos (aunque las presentaciones electorales
ya pueden verse en directo por internet), hoy las adhesiones son
abiertas y los rechazos se pronuncian con mayor o menos agresividad
(el caso entre Bolivia y Chile). Ello no es necesariamente malo
para la diplomacia entre los países miembros pero ciertamente
no es bueno para la política exterior en tanto crea rigideces,
fija posiciones donde no es necesario e inhibe la posibilidad de
generar consenso (que es el resultado del compromiso reservado y
de la no oposición a alguien antes que el voto por alguien).
Quizás este última virtud esté siendo sacrificada
hoy en el altar de la publicidad y de una malamente entendida transparencia
en la OEA derivada tanto del incremento de la diplomacia abierta
como de la necesidad de fortalecer la credibilidad de una insitución
erosionada por el escándalo en torno del anterior Secretario
General, el expresidente de Costa Rica Miguel Ángel Rodríguez
(y que ciertamente no es el primero si se recuerda la gestión
del señor Orfila) . En efecto, aunque el Secretario General
es electo mediante votación singular por las Asamblea General
(en principio, por mayoría absoluta entre los 34 miembros
del sistema), el consenso suele ser un instrumento recurrido para
evitar impasses en el caso de que no se consiga la mayoría
(esta es la opción peruana a pesar de que intentó,
frustradamente, la presentación de una candidatura formal).
Con la extraordinaria dimensión pública del procedimiento
actual este beneficio se pierde y es poco lo que se gana.
En efecto, si contar con una mayoría abierta y conocida
es conveniente para dirigir un organismo multilateral el beneficio
es menor de lo que aparenta en tanto esa mayoría cambiará
de acuerdo al interés nacional que se juegue en cada votación
(aunque de limitada siempre por alineamientos flexibles). Por lo
demás el Secretario General que resultara triunfante bajo
el actual procedimiento probablemente verá recortado su margen
de maniobra en tanto se sentirá más obligado con quienes
hicieron abierta campaña y votaron por él que con
quienes votaron en contra. No sería extraño, además,
que emergieran al respecto complicaciones intraregionales en tanto
los candidatos en pugna tienden a representar subregiones (el salvadoreño
desea representar a Centroamérica, el chileno a Suramérica
y el mexicano a Latinoamérica) al tiempo que obvian la norma
no escrita sobre turnos regionales en la conducción del organismo
(las centroamericanos consideran que estas vez corresponde a un
centroamericano la conducción de la OEA)
A mayor abundamiento, los credibilidad de una contienda de esta
naturaleza no se incrementa necesariamente en tanto las “plataformas
electorales” específicas no son todo lo compromisorias
que parecen. En efecto, cualquiera que salga electo deberá
satisfacer el conjunto de los requerimientos de la OEA que son más
o menos conocidos por todos. Ciertamente es interesante que el señor
Insulza otorgue más prioridad nominal a la solución
de las graves complicaciones de la democracia, la gobernabilidad
y los derechos fundamentales o que el señor Derbez enfatice
la disminución de la pobreza, del desempleo y la atención
a los países pequeños o que el señor Flores
llame la atención sobre las necesidades de crecimiento, de
infraestructura y de atención a desastres naturales en la
región. Pero si su exposición nos ofrece un punto
de vista, la gestión en el cargo no podrá concentrarse
sólo en estas prioridades sino en la agenda completa requerida
por el conjunto de los Estados miembros. Las iniciativas que pueda
adoptar el Secretario General ciertamente mejorarán la calidad
de su gestión pero la política multilateral no queda
comprometida por el proceso electoral.
De otro lado, teniendo en cuenta la similar importancia jerárquica
de los candidatos, lo que importa es su capacidad de concertación,
el grado de respaldo multiregional (y norteamericano) que dispongan
y, al fin de cuentas, su carácter. Quizás de estos
factores, antes que de los programas electorales, dependa la recuperación
del prestigio ético de la OEA y la satisfacción de
los requerimientos regionales evidentes: la decisión sobre
el ALCA y su vinculación con el desarrollo, la redefinición
del sistema de seguridad colectiva, la aplicación de la Carta
Democrática en un contexto de debilitamiento institucional
y el incremento de la identidad e influencia hemisférica
a la luz de la creciente competencia de otras regiones, entre otras
prioridades.
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