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EDITORIAL
Irak: el gran salto adelante
Alejandro Deustua
30 de enero de 2005
Pocas veces un proceso electoral ha tenido tanta dimensión
estratégica como el que ha concluido hoy en Irak para beneficio
de ese país, de su región y del mundo. El electorado
iraquí y quienes permitieron que este proceso se llevara
a cabo han ganado una gran victoria contra el terrorismo global,
ampliado la base de proyección democrática en el Medio
Oriente y, por ende, mejorado el clima de negociación del
conflicto principal de la zona: el palestino-israelí.
Este gran salto adelante en la estabilización del área
es, sin embargo, proporcional a las tareas de reforma pendientes.
Esto es, si la expectativa de consolidación institucional
iraquí (empezando por un gobierno no interino), de establecimiento
del marco jurídico que defina su soberanía (la Constitución)
y de organización de la fuerza nacional que pueda implementarla
ha aumentado sustantivamente, el realismo con que debe evaluarse
un escenario aún convulso debe matizar el entusiasmo con
la prudencia.
Y lamentablemente aquí el realismo debe entenderse no sólo
como el incremento de la posibilidad de ejercer soberanamente el
poder sino como la capacidad para superar el desafío que
el terrorismo seguirá planteando. Luego de la derrota sufrida
hoy, éste puede escalar su barbarie en el propio Irak, ampliarla
a los vecinos árabes tentados de producir también
reformas políticas y/o descarrilar el proceso de entendimiento
entre palestinos e israelíes que ya empieza a cuajar. En
consecuencia la capacidad política iraquí incrementada
hoy seguirá requiriendo de una imprescindible dimensión
militar. Y ésta exigirá la continuidad de la presencia
de las tropas de la Coalición (que seguirán desplegadas
no sólo por la razonable decisión de sus líderes
sino por mandato de la ONU y la voluntad iraquí).
A estos efectos –y los de asistir en la consolidación
de la reforma política y la reconstrucción económica-,
es esperable el incremento de la participación de la comunidad
internacional cuya renuencia ha crecido hasta ahora a pesar de que
el propio Consejo de Seguridad ha establecido la responsabilidad
comunitaria de participar. Ahora que lo iraquíes han votado,
los que retiraron tropas quizás deseen replantearse las formas
de ayuda, los que están ayudando fuera de Irak (con el entrenamiento
de policías, por ejemplo) quizás deseen hacerlo dentro
y los que no están cooperando, como los suramericanos, quizás
pudieran reconsiderar su distanciamiento atendiendo sus propios
requerimientos de influencia extraregional o siguiendo el ejemplo
de los centroamericanos .
Al respecto la falta de una pública explicación
norteamericana sobre la desinformación que condujo a la guerra
del 2003 seguirá siendo un obstáculo. Pero los resultados
que está produciendo el cambio de un régimen que fue
considerado universalmente como una amenaza internacional no pueden
ser arriesgados por la carencia de apoyo internacional. La perspectiva
de reforma y estabilidad en el Medio Oriente, el impacto positivo
que ésta tendrá en el trato del principal conflicto
de la zona –el palestino /israelí- y la cuota de seguridad
que su solución puede traer al mundo vale el esfuerzo.
Aunque la cooperación convivirá allí, como
en otras partes, con el balance de poder necesario, la cooperación
es imprescindible para que el balance genere, como debe, estabilidad
y equilibrio en la zona y promueva la unidad nacional de todos los
Estado que forman parte de ella. La cooperación externa será
también indispensable para que los nuevo términos
de interdependencia que surjan en el área generen beneficios
sin cambiar el mapa político del Medio Oriente, salvo por
el caso de la emergencia del Estado Palestino. Si la comunidad internacional,
especialmente la democrática, tiene un interés colectivo
en que ello ocurra, ese interés no puede quedar subordinado
a las perspectivas nacionales preexistentes a la emergencia de este
nuevo escenario.
Menos aún cuando el rango de aceptación de la elección
iraquí cubre un amplio espectro entre sus vecinos. En efecto,
regímenes rígidamente autoritarios como Siria, han
albergado la votación en su territorio de exiliados iraquíes
a pesar de ser considerado base de operaciones de los “combatientes
extranjeros”. Y la teocracia iraní la ha propiciado
a la luz de la influencia que puede ejercer sobre la mayoría
chiita en su vecino. Y la monarquía parlamentaria jordana
ya considera como un dato de la realidad el debate de la apertura
política en el Medio Oriente. Y el presidente de la Autoridad
Palestina considera que el proceso iraquí mejorará
el clima político de su gestión.
Aunque la suma de esas reacciones puedan no encontrar aún
en la Liga Árabe una abierta disposición a sumarse
al proceso democratizador, ciertamente va a modificar su conducta
en el área. La comunidad democrática internacional
debe asegurarse que lo haga sumándose efectivamente al proceso
de apertura.
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