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EDITORIAL
Hoja de ruta para el desarrollo
Alejandro Deustua
26 de enero de 2005
Desde la gestión interna de los gobiernos nacionales hasta
la de las potencias que negocian soluciones a conflictos internacionales
recurren crecientemente a concertar parámetros para alcanzar
los objetivos deseados. Las denominadas “hojas de ruta”
proliferan en un rango que cubre desde gobiernos como el peruano
–que además ha suscrito un Acuerdo Nacional de largo
plazo, nada menos- hasta potencias y asociaciones como el Cuarteto
(Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, la ONU) en relación
al conflicto palestino-israelí. El grado de cumplimiento
de estos compromisos es, sin embargo, tan insatisfactorio como complejos
son los escenarios que esas “hojas de ruta” deben ayudar
a transitar.
Tal es el caso de los “Objetivos del Milenio” adoptados
el 2000 por los miembros de las Naciones Unidas para combatir la
pobreza y promover el desarrollo. Para corregir ese problema, la
ONU –a través de un grupo dirigido por el economista
Jeffrey Sachs- acaba de procurarse un recetario de políticas
(1) que, de no ser por la especificidad de cada realidad nacional,
debiera contribuir a absolver las dudas de gobernantes actuales
y futuros en la materia.
El documento en cuestión recuerda primero los objetivos
asumidos por la comunidad internacional a la vuelta del siglo. En
efecto, para combatir la pobreza los países miembros de la
ONU comprometieron para el 2015 la reducción de 50% de la
pobreza extrema y del hambre en el mundo, el acceso a la educación
primaria de todos los habitantes de la Tierra y la eliminación
de la discriminación de género en el proceso. En materia
de salud el compromiso global para el 2015 implica la reducción
de 2/3 de la mortalidad infantil (menores de 5 años), de
¾ de la materna, de 50% de la malaria y otras pandemias y
la reversión de la plaga del SIDA. Y para promover el desarrollo,
se convino la incorporación de los principios del desarrollo
ambiental en las políticas nacionales, incrementar en 50%
el acceso al agua potable y a servicios básicos de sanidad
y el establecimiento de una asociación global para el desarrollo.
Esta asociación, a su vez, debería incrementar la
apertura adecuadamente normada del comercio y del financiamiento
internacionales, una aproximación comprehensiva al problema
de la deuda externa, satisfacer los requerimientos de inserción
de los países menos desarrollados (acceso preferencial a
mercados, cancelación para éstos de la deuda oficial
bilateral, atención especial a los países mediterráneos
y a las pequeñas islas) y mejorar el acceso a las nuevas
tecnologías y de los jóvenes al empleo. Siendo estos
compromisos el mínimo común denominador, todos los
miembros de la comunidad internacional debían poder incorporarlos
a sus prioridades de gestión pública.
A la luz de las limitaciones disciplinarias de las respectivas
políticas económicas quizás algunos países
adoptaron los compromisos descritos por motivos onomáticos.
Y quizás otros lo hicieron con seriedad pero conociendo las
dificultades de su cumplimiento mientras unos cuantos está
cumpliendo parcialmente. Para facilitar la tarea de los que no quieren
o no pueden cumplir con lo pactado internacionalmente, el grupo
de trabajo de la ONU ha propuesto un conjunto de recomendaciones.
Éstas se pueden clasificar entre las que son ejecutables
nacionalmente y las que sólo pueden serlo internacionalmente.
Entre las primeras se sugiere que todos los objetivos del milenio
estén incorporados en las políticas locales hacia
el 2006; el incremento sustancial de la inversión pública
y el desarrollo de las capacidades nacionales; y la adopción
concertada de estrategias efectivas de reducción de la pobreza.
Entre las internacionales destacan la cooperación entre países
desarrollados y en desarrollo para estimular el crecimiento de las
economías; el incremento de la cooperación de los
países desarrollados de 0.25% a 0.54% del PBI hacia el 2015
y la focalización de la misma donde halla más posibilidades
de éxito; la culminación de la Ronda Doha hacia el
2006 para favorecer especialmente el comercio de los países
en desarrollo y la inversión consecuente; y la intensificación
de la coordinación por la Secretaría General de la
ONU de los esfuerzos de cumplimiento.
A modo de complemento, el Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo acaba de criticar seriamente el insuficiente rol del
FMI y del Banco Mundial en este empeño sugiriendo mayor representación
y participación de los países en desarrollo en el
proceso de toma de decisiones de esos organismos cuando se examine
la reforma de la ONU a partir de setiembre próximo. Y para
que no queden dudas sobre estas buenas intenciones, la Secretaría
General de la ONU asegura que este año la prioridad de la
seguridad en la agenda internacional deberá ser complementada
por la del desarrollo.
A la luz de la experiencia en estos grandes diseños multilaterales,
el escepticismo en el cumplimiento de estos objetivos y recomendaciones
tiende a ser la norma antes que la excepción. Las dificultades
son al respecto de carácter político y normativo.
Las primeras giran en torno a las inflexibilidades de las políticas
económicas contratadas con los organismos multilaterales
y a la tradicional “falta de voluntad política”.
Las segundas emergen de una evaluación distinta, pero esencialmente
correcta, de los problemas de la pobreza y del desarrollo ligada
a las deficiencias estructurales de la economía mundial y
de los modos de inserción a la misma. La discusión
sin embargo no debiera impedir tomar acción elemental para
solventar los problemas inmediatos.
Para proceder en esa dirección, los organismos regionales
de los países en desarrollo deben tomar la iniciativa implementando
las políticas propuestas en la medida de sus posibilidades.
Para comenzar la Comunidad Andina y el MERCOSUR podrían establecer
unas metas concretas al respecto que haga más verosímil
la dimensión social de sus propias instancias (y de otras
de integración incipiente como la Comunidad Suramericana
de Naciones). Y de paso podrían hacer saber a los organismos
financieros multilaterales que están procediendo en ese sentido
dentro de márgenes aceptables de disciplina fiscal. La generalidad
de las propuestas debiera poder facilitar la tarea enfatizando algunos
acápites, minimizando otros y descartando los que sean ostensiblemente
utópicas.
Nuestros países, tan elocuentemente adeptos al multilateralismo
retórico, tiene acá una oportunidad de probar esa
militancia en beneficio propio. Por lo demás, las recomendaciones
de acción generadas por el grupo de trabajo de la ONU no
constituyen obstáculo alguno para que los diagnósticos
sobre las causas estructurales del subdesarrollo puedan ser atacadas
cuando aquellos puedan ser traducidos en políticas efectivas.
Mientras tanto, los problemas concretos de la exclusión económica
y social deben ser confrontados con la mayor eficiencia posible.
Ahora la ONU está añadiendo a las políticas
de lo posible, políticas de lo realizable. La propuesta debe
ser asumida.
(1) Investing in Developmnet: A Practical Plan to Achieve the Millenium
Development Goals
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