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EDITORIAL
La región no discute problemas de seguridad
Alejandro Deustua
25 de enero de 2005
A la sombra de la buena perfomance en el 2004 en Bolivia, Colombia
y Venezuela los tres países han incubado gravísimas
crisis internas e internacionales. Quizás porque el ciclo
económico parece divorciado del político, los gobernantes
de esos países han sobrestimado la gestión de aquéllas
a pesar de estar al tanto de su perniciosa naturaleza.
En efecto, Bolivia ha transitado desde el 2003 de una paralizante
crisis de gobernabilidad (que terminó con la renuncia de
Sánchez de Lozada), a una de inviabilidad (que el presidente
Mesa ha tratado de desescalar mediante un referendum sobre el gas,
la promesa de una Asamblea Constituyente y el uso cohesivo de la
política exterior) a una de fragmentación (que es
la que plantea la autonomía de facto de Santa Cruz y Tarija
si ésta se canaliza por el cabildo abierto convocada para
el viernes). Sin embargo algunos consideran que sólo estamos
frente a un proceso de “refundación nacional”
o simplemente ante la crisis como modus vivendi. En el primer caso,
el temor frente a la reacción externa indujo a la minimización
del fenómeno. En el segundo, los requerimientos de la no
intervención inhiben hasta ahora a los organismos regionales
de expresar su preocupación y, por tanto, su asistencia.
Y Bolivia la requiere con urgencia por lo menos como respaldo
internacional a la autoridad del presidente legítimo. Especialmente
cuando éste sólo logra apoyo interno a la luz de la
emergencia luego de debilitarse más con una amenaza de renuncia
y el descarte del uso legítimo de la fuerza mientras las
“fuerzas emergentes” tramaban la deposición de
la autoridad de un lado (las dirigencias de cocaleros e indigenistas)
y del otro la autonomía regional de los departamentos del
Oriente planteaban la disposición del territorio al margen
de una Asamblea Constituyente (es decir, de la ley).
Si los variados mecanismos de diálogo interno (la Iglesia,
el tardío del Congreso) van a tener éxito, las fuerzas
de la desintegración presentes en Bolivia deben estar al
tanto de que las organizaciones regionales a las que pertenece ese
país no están dispuestas a reconocerlas y menos a
que se proyecten sobre sus vecinos. Pero ni la CAN ni la OEA, tan
públicamente preocupadas por la democracia en otros casos,
han convocado reunión alguna al respecto. En lugar de ello
han preferido la diplomacia silenciosa en un escenario donde el
titular del silencio –el Estado- está en cuestión.
Y si el boliviano no parece ser un problema de seguridad para
estos organismos, el complejo conflicto colombo-venezolano, en el
que interaccionan fuerzas terroristas, influencia de terceros (Estados
Unidos y Cuba) y el posible encadenamiento entre un conflicto convencional
(el diferendo limítrofe en el Golfo de Venezuela) con uno
trasnacional (la lucha contra el terrorismo en el ámbito
global) tampoco parece serlo para el sistema interamericano. Éste,
tan expedito para apoyar el uso de la fuerza extregional en el caso
de Afganistán, parece pasmado en su propia jurisdicción.
La eficiencia de los buenos oficios andinos, se cruza acá
con los de otros países en el intento de calmar las aguas.
Aun si lo logran, ello no será suficiente si el objetivo
es retornar a la convivencia con el problema. Si lo que está
en juego es la lucha contra el terrorismo, un país andino
no puede dar cobijo a fuerzas terroristas sin la abierta oposición
de los demás y otro no puede apelar a medios vedados (el
secuestro) sin arriesgar un conflicto mayor. En cualquier caso,
la subregión andina no puede insistir en la ficción
de que integra una “zona de paz” cuando la confrontación
del terrorismo es un requerimiento colectivo vital. El ciclo económico
no va a ponerse a buen recaudo en la subregión pretendiendo
que el ciclo político esté regido en estos casos por
la política del avestruz.
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