|
EDITORIAL
La Crisis Colombo-Venezolana
Alejandro Deustua
24 de enero de 2005
El secuestro del terrorista de las FARC Rodrigo Granda en Venezuela
sufragado por Colombia ha llevado a nivel crítico lo que
ya era una complicada relación de seguridad entre esos países.
Las posibilidades de que ésta empeore, especialmente de manera
encubierta, no son pocas en tanto el trato diplomático formal
sólo cubre uno de los aspectos de la solución.
En efecto, si éste tiene como objetivo el retorno a la
situación “ex -ante”, el potencial de que surja
una crisis aún mayor en el futuro se incrementará
si las partes sólo deciden regresar a la posición
preexistente. Ese peligro no será minimizado mientras el
presidente Chávez no aclare la relación de su gobierno
con el terrorismo colombiano o éste no sea derrotado. Como
es obvio, lo primero es más fácil que lo segundo y
lo primero es improbable.
El primer hecho que esta crisis evidencia es la presencia activa,
militante y tolerada de las FARC en Venezuela. Hasta donde se sabe,
el terrorista Rodrigo Granda no sólo tuvo libre movimiento,
de comunicaciones y de acción política (participó
en reuniones promovidas por el oficialismo venezolano como el Segundo
Congreso Bolivariano), sino que le fue facilitada la nacionalidad
venezolana. Con anterioridad Venezuela dio refugio a un aeropirata
del ELN y la bancada chavista promovió la intervención
de un miembro de las FARC ante la Asamblea Nacional (Oppenheimer).
Por lo demás, el presidente Chávez no ha desmentido
plenamente anteriores contactos con la subversión (de los
que hoy dice estar distante). Y tampoco ha recusado las pruebas
de las actividades de las FARC en Venezuela que el gobierno de Colombia
le ha remitido oficialmente. Aunque la remisión ha sido adecuadamente
registrada, el Presidente sóla ha expresado su disposición
a capturar a cualquier agente clandestino que emplee su territorio.
La pregunta al respecto es por qué no lo ha hecho antes y
si esa inacción es sólo explicable por la anuencia
de una presencia ahora incuestionable.
La crisis también reporta otra preocupación: la
de los medios empleados por Colombia para confrontar a sus enemigos
fuera del país. El ministro de Defensa ha admitido haber
pagado por la captura de Granda y en este contexto, el Vicepresidente
Santos ha ratificado la legitimidad de recurrir a “cazarecompensas”
en el combate del terrorismo sin precisar si se refiere sólo
al ámbito interno. En una región cuyos Estados hacen
gala de apego al derecho internacional en su proyección externa,
la conducta colombiana constituye una manifiesta violación
de esa tradición. Si el recurso al secuestro bélico
es una metodología común en el Medio Oriente, en nuestro
Hemisferio no lo es. Y cuando éste se ha empleado excepcionalmente,
siempre fue recusado (así ocurrió con la Operación
Cóndor con posterioridad a la guerra sucia de los 70 y con
las operaciones encubiertas norteamericanas en México en
la era Reagan).
Colombia ha justificado el hecho recurriendo a la cobertura de
resoluciones del Consejo de Seguridad que prohíben a los
Estados miembros de la ONU cobijar a terroristas y a la renuencia
venezolana a tomar acción a pesar de que oportunamente puso
a sus autoridades en conocimiento de las actividades de las FARC.
Pero el gobierno de Chávez dice, sin negar el hecho, que
no le fue solicitada formalmente la extradición.
Si pudiéramos marginar la dimensión jurídica
del problema, el hecho concreto es que estamos frente al ejercicio
regional de una variable del ataque preventivo, a la aplicación
local del concepto de la guerra global contra el terrorismo y, también,
frente a la aplicación del acápite antiterrorista
del Plan Colombia fuera de Colombia. Una innovación estratégica
de la lucha contra el terrorismo está ocurriendo en la región.
La solicitud colombiana de ayuda a Venezuela y sus vecinos forma
parte también de ella.
En este conflicto el rol limitado que, por el momento, Estados
Unidos ha adoptado en la crisis no escapa a la atención.
Aunque Venezuela imputa a la primera potencia la estimulación
de la confrontación, hasta donde se sabe aquélla sólo
ha apoyado incondicionalmente al gobierno de Colombia en el caso
específico confirmando el rol de aliado de ese país.
Al hacerlo inmatizadamente, sin embargo, Estados Unidos ha escalado
el antagonismo frente al gobierno de Chávez dejando en claro
que tanto en la guerra contra el terrorismo como bajo sus nuevas
prioridades (la promoción global de la libertad) Venezuela
es vista como un obstáculo que pretenderá superar
(la señora Rice ya ha calificado al gobierno de Chávez
como un “factor negativo” en la región). De allí
que el presidente venezolano mantenga un tono moderado en el trato
de la crisis con Colombia y una intensa beligerancia en la confrontación
con la primera potencia.
Por lo demás, a esta crisis no es ajena la influencia cubana
y la interacción que ésta pueda tener directamente
con las FARC. En efecto, la relación de Castro con el presidente
Chávez ha pasado de la cooperación específica
petróleo por asistencia (la de miles de médicos y
profesores cubanos en Venezuela) a una cuestionable política
que define la valencia estratégica de una alianza. En efecto,
a cambio de la protección ideológica que Chávez
recoge de Castro y del tercio del petróleo que se consume
en la isla (transferido a precio preferencial) ambos gobiernos,
según la prensa norteamericana, han suscrito un acuerdo sobre
asistencia jurídica en materia penal mediante el cual representantes
judiciales y policiales cubanos podrán investigar actividades
anticubanas en Venezuela. Teniendo en cuenta el carácter
represivo del acuerdo y la vinculación política que
la subversión colombiana mantiene con Cuba, eventualmente
una acción contra terroristas colombianos en Venezuela podría
ser influenciada negativamente por Cuba. Esta vinculación
no sólo incrementa el nivel de conflicto con Estados Unidos
sino que contraviene los compromisos democráticos de la Comunidad
Andina.
De otro lado, la CAN es afectada directamente por el conflicto
en dos extremos. Primero, el principal núcleo comercial andino
–el colombo/venezolano- ha sido puesto en riesgo. Aunque un
comercio anual de US$ 2300 millones (2004) no ha sido tocado directamente
por las medidas de represalia del gobierno del presidente Chávez,
podrían serlo dada la premura venezolana por afectar la relación
económica, la ambigüedad inicial sobre el ámbito
de su respuesta y el congelamiento efectivo de proyectos de integración
bilateral (especialmente en el sector energético). De ser
afectada la normatividad andina, la mermada capacidad negociadora
de la CAN se vería seriamente disminuida (p.e. en el proceso
de evaluación conjunta que se realiza con la Unión
Europea para lograr un acuerdo de asociación).
Un segundo efecto, podría reflejarse en la disposición
negociadora de Estados Unidos con los tres interlocutores andinos.
Perú y Ecuador eventualmente tendrán que efectuar
algún deslinde dado que Colombia está involucrada
en la negociación –que tiene un componente de seguridad-
con la primera potencia. Por lo demás, si la fragmentación
colombo-venezolana afectará de todas maneras la credibilidad
generadora de la Comunidad Suramericana de Naciones, una mayor fragmentación
andina reducirá el potencial de ese proyecto a su mínima
expresión.
De allí que la presentación de buenos oficios por
la presidencia del Consejo Andino de Relaciones Exteriores que hoy
corresponde al Perú sea vital para la CAN. Ésta, sin
embargo, si no es disputada, no está siendo públicamente
coordinada con el otro facilitador de una solución: el Brasil
cuya dimensión regional se dejará sentir en el manejo
de la crisis (y ahora, Chile también desea intervenir).
Si, dada la cantidad de actores comprometidos, la complejidad
de la crisis es mayor de lo que el discurso oficial traduce ésta
se intensifica cuando se aborda su naturaleza. Ésta es una
que deriva de la evolución de un conflicto tradicional (la
disputa por límites y recursos en el Golfo de Venezuela que
tuvo una evolución militar en 1987) a uno no tradicional
(el generado por el terrorismo y también por el narcotráfico)
con la capacidad de producir la interacción de ambos extremos.
Si la extensa frontera de alrededor de 2000 kms. es porosa frente
a la agresividad del narcotráfico (que ha convertido a Venezuela
en importante país puente en el comercio de la droga) y del
terrorismo (que ya ha producido fricciones entre las fuerzas del
orden de los dos países), la interacción de los conflictos
sólo puede magnificar su verdadera escala. De allí
que la compra de armas por Venezuela (que incluye Migs rusos en
cantidades considerables) y por Colombia (para el ejército
de tierra) adquiera nueva condición estratégica. La
tendencia a la fragmentación subregional que ello produce
se incrementa con el potencial uso de la oferta y demanda del petróleo
venezolano como parte del conflicto y sus ramificaciones.
Para minimizarlo Venezuela debe establecer cuál es su relación
con la subversión colombiana (y la que pudiera haber con
otros liderazgos antistémicos en la subregión andina,
como el que pudiera tener con el MAS boliviano de Evo Morales).
Si no tiene vinculación con el terrorismo colombiano, debe
contribuir a derrotarlo. Como es obvio que ello no ocurrirá
sin asistencia externa, la Comunidad Andina no puede seguir simulando
que integra una zona de paz. Sus miembros deben ofrecer su concurso
a Colombia para acabar con esa amenaza global. Y si no hay progreso,
el mecanismo interamericano de seguridad colectiva debe poder activarse
para confrontarla. En el proceso el gobierno del presidente Chávez
debe decidir si desea mantener la relación democrática
dentro de la CAN. Lo que no puede ocurrir es que la solución
diplomática implique la convivencia con un conflicto que
tiene el potencial de proliferar en la subregión.
DERECHOS RESERVADOS
El Editor (ADC) |