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EDITORIAL
2005: en defensa del estado democrático
El 2005 empezó para los peruanos con una confrontación
entre miembros retirados y activos de las fuerzas orden. No se trató,
sin embargo, de una rebelión cualquiera gestada por un inocuo
Movimiento Nacionalista Peruano (los “etnocaceristas”)
ni de un golpe de Estado tradicional, sino del intento de inicio
de un “golpe de Estado de masas” que busca, a través
de la sustitución del Presidente por el Vicepresidente, el
paulatino desmoronamiento del sistema.
Este gravísimo atentado contra la seguridad nacional, la
democracia y el Estado de Derecho, fue mucho mayor de lo que la
confrontación de Andahuylas revela. En efecto, Antauro Humala,
siguiendo el designio de su padre, Isaac Humala y de su hermano
Ollanta (aunque éste pretendiera desligarse a útlima
hora) intentó iniciar la imposición en el Perú
de un Estado dictatorial, económicamente autáquico
y socialmente esclavizante hasta el punto en que el trabajador fuera
remunerado principalmente en especie y sus hijos (a partir del tercero)
considerados como “hijos de la Patria” (es decir, a
disposición del Estado).
Si, bajo un sistema de libertades, ningún malestar político
o económico justifica alguna variable del golpe de Estado
y mucho menos la expropiación de los diversos reclamos de
los inconformes (que en el Perú son mayoría), no puede
tolerarse que un grupo de aventureros pretenda imponer un Estado
fascista. Especialmente cuando el gobierno que eventualmente emergiría
bajo su bota, sería fundamentalmente militarista, propendería
a una confrontación bélica con los vecionos (especialmente
con Chile) y se esmeraría en apartarnos de Occidente con
ferocidad racista, locura tawantisuyana y proclividad coquera.
Si éstas son las motivaciones mediatas o de fondo de los
Humala, ciertamente las inmediatas pueden haber jugado un rol en
la aventura de Andahuyalas. La automarginación de Ollanta
Humala en el proceso de ascensos del Ejército, la pérdida
de protagonismo de Antauro Humala, el inicio de un año de
campaña electoral o la persistente desaprobación de
la gestión del Presidente Toledo (12% lo aprueba según
encuesta publicada en La República) son factores que coadyuvan
a la explicación.
Pero éstos no son definitivos en un contexto económico
de crecimiento, una reforma militar cuestionable pero que no refleja
extraordinarios niveles de confrontación y un movimiento
popular insuficiente (las protestas en Andahuaylas fueron inducidas,
y las de Arequipa, Ayacucho y algún otro departamento fueron
menores). Al respecto, más verosímiles parecen el
estímulo de los “paros” cocaleros (cuyas organizaciones
apoyan a los humalistas en tanto éstos promueven el libre
cultivo de la hoja), la organización progresiva del indigenismo
peruano, el vacío de poder dejado por los partidos políticos,
la explotación del malestar de los habitantes del Trapecio
Andino (la zona más pobre del Perú ya afectada por
el levantamiento indigenista de Puno) y la clara vinculación
con los golpistas bolivianos y sus “contactos” chavistas.
En relación a este último punto, el patrón
subversivo que condujo a la renuncia del Presidente Gonzalo Sánchez
de Lozada en Bolivia en octubre de 2003 quisiera ser calcado por
los Humala. Allá la movilización de cocaleros e indigenistas
dirigidos por Evo Morales y Felipe Quispe (considerados como “etnocaceristas
inerciales” por los subversivos peruanos) fue precedida por
una violenta confrontación en La Paz entre fuerzas del Ejército
y de la Policía que debilitó aún más
al gobierno y, en un contexto posterior de confrontaciones interpartidarias,
canceló sus posibilidades de lidiar con las protestas sociales.
Éstas enarbolaron la bandera nacionalista a propósito
del gas y del antagonismo con Chile. Y sus líderes fueron
apañados por el presidente venezolano, Hugo Chávez
cuyo cobijo los “etnocaceristas” convocan.. Quizás
los humalistas quieren lo mismo para el Perú.
Y precisamente porque lo quieren, es que los ciudadanos sensatos
deben cerrarles el paso. En tanto el sistema democrático
está en peligro es necesario brindar el apoyo necesario al
gobierno libremente elegido aunque discrepemos con él en
cuestiones sustantivas. Los partidos políticos no pueden
darse el lujo de aprovechar las circunstancias para sacar ventaja
del desorden (como ya lo hacen algunos líderes de izquierda
y de derecha en los medios) si no quieren incrementar la amenaza
a la seguridad nacional.
Pero para que el apoyo ocurra, el gobierno debe saber convocarlo.
Y no podrá hacerlo si muestra laxitud en el trato a los subversivos,
si es incapaz de corregir errores (la imprevisión en materia
de seguridad - manifiesta en el nombramiento como representante
militar en Francia de un líder “etnocacerista”-,
la incapacidad para resolver la inconsecuencia de políticas
que producen simultánemente crecimiento e insatisfacción
de necesidades básicas) y si no percibe adecuadamente la
magnitud de la amenaza al sistema como diferente de los problemas
de gobernabiliad. Continuar con más de lo mismo, como quieren
los agentes económicos sobrestimando el escaso daño
producido a la economía nacional, no ayudará.
Si el Perú es una país en desarrollo y su estirpe
es occidental –aunque no europea ni norteamericana-, ningún
fascista logrará que nos sigamos esforzando por progresar
y por consolidar nuestra inserción en el mundo. El 2005 nos
confirmará en esa tarea.
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