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SEGURIDAD
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El terrorismo atómico
En días pasados, el artífice de la bomba
atómica pakistaní declaró que había
pasado la información más sensible a Libia, Irán
y Corea del Norte. Este es el último de los elementos objetivos
que hacen que hoy nadie en los ámbitos científicos
o políticos asegure que no sucederá un acto terrorista
y, más bien, se debaten abiertamente modalidades y oportunidades.
Es imposible saber cuántos otros científicos
han hecho o hacen lo mismo.
Atrás quedaron décadas donde esa posibilidad
parecía confinada al cinema. James Bond y Goldfinger o un
oficial fascistoide en Dr. Strangelove.
Aunque es sumamente compleja, una bomba atómica puede ser
fabricada por estados con cierta capacidad tecnológica y
que hayan producido o adquirido el volumen necesario de material
fisionable, pero, en teoría, agentes subestatales podrían
también producir versiones rústicas.
Este material no se adquiere obviamente en el comercio, pero existen
millares de toneladas de uranio altamente enriquecido y plutonio
y es prácticamente imposible garantizar que sean inalcanzables
para quien tenga medios de presión económicos, políticos
o religiosos.
Existen también millares de armas nucleares en poder de
estados que atraviesan períodos críticos en los cuales,
más allá de la disposición a mantenerlas bajo
efectiva custodia, no es posible asegurar que ha sido así.
Hay científicos angustiados por las llamadas "loose
nukes" o armas nucleares sueltas o de situación incierta.
Igualmente podrían producirse "bombas sucias",
que diseminen material radioactivo mediante una explosión
convencional, pero el material usado para bombas atómicas
no tiene mucha radiactividad.
Por el contrario, los desechos son muy radiactivos y, precisamente
por ello, su manipulación es sumamente complicada y peligrosa,
pero podría no ser disuasivo suficiente para los terroristas.
Podrían recurrir también a otras fuentes radiactivas,
inclusive algunas que tienen fines industriales o medicinales. En
cualquiera de estos casos e independientemente del nivel de daño
físico, lograrán producir terror.
El 11 de setiembre del 2001 probó que aeronaves pueden servir
como bombas y se examina la posibilidad de que sean empleadas contra
instalaciones nucleares, aunque estas tienen formidables estructuras
de concreto.
Finalmente, quedan posibilidades de ataque contra medios marítimos
o terrestres que transporten desechos nucleares. También
se producirá terror.
Nadie guiado por mínimas consideraciones éticas podría
desear que algo de esto suceda.
Sin embargo, sería grave olvidar que los terroristas no
solamente escogen el lugar y la ocasión, sino también
los medios, sin otra limitación que su capacidad de obtenerlos.
Plantear esta posibilidad es indispensable para tratar que no suceda,
como lo es también recordar que no habría amenaza
de terrorismo nuclear, o sería mucho menor, si no se hubieran
fabricado alegremente decenas de millares de armas nucleares de
diversos tipos y tamaños, para lamentar después que
sistemas de control considerados invulnerables no lo fueran.
Como en el caso de la familia hundida por la tragedia del niño
jugando con el arma del padre, la historia muestra que cualquier
arma puede ser utilizada para fines diferentes del intentado.
Debemos recordar que el propósito primigenio del arma nuclear
fue precisamente crear terror. No se trata de equiparar a los creadores
de estas armas nucleares con quienes podrían pretender ahora
su "uso ilegítimo", pero tampoco olvidar que no
puede haberlo legítimo.
Hay que empeñarse en la lucha por el desarme nuclear. Sin
ello, nos limitaremos a verificar melancólicamente que la
tecnología en avance y la racionalidad en retroceso acarrean
cada vez mayor inseguridad para quienes tienen y no tienen armas
nucleares. Fuera de la pantalla, nadie ha visto nunca a James Bond.
Artículo del Embajador Hugo Palma, publicado en el diario
"El Comercio", en su edición del lunes 9 de febrero
de 2004.
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