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SEGURIDAD
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Campesinos, cocaleros y narcotráfico
Desde que el narcotráfico se arraigó
en Colombia, el cultivo de la coca dejó de ser una actividad
tradicional en los países andinos. La división entre
coca legal (cuantificada, en el Perú, en los alrededores
de las 10,000 hectáreas desde hace más de una década)
y coca ilegal reemplazó la anterior tipología. Más
aún, el problema devino en uno de seguridad por su vinculación
con la actividad subversiva (y luego terrorista) y por el enfoque
que adoptó, desde el inicio, Estados Unidos (la "guerra
contra las drogas"). Luego, la ONU produjo un conjunto de resoluciones
que colocó el problema en el ámbito multilateral.
El debate sobre el tema se centró en torno
a la interacción de las cuatro variables que integran la
política consecuente: la erradicación, la interdicción,
la sustitución de cultivos, la prevención. Este debate
fue antagonizado por ciertos activistas sociales y ONGs interesadas
en seguir enfocando el problema de la coca sólo como uno
"tradicional" que involucra los usos y costumbres de los
peruanos. En tanto que para ellos, la coca ilegal no existía,
la vinculación de esa actividad con el narcotráfico
tampoco. Así se confundió, con facilidad, al campesino
migrantes con el cocalero profesional.
Desde que se produjo el extraordinario incremento
de cocales en Colombia por el éxito de la erradicación
y sustitución de cultivos en Perú y Bolivia, el tema
en nuestro país perdió perfil político. Pero
éste se ha recuperado rápidamente desde que el poder
de los cocaleros en Bolivia, liderados por Evo Morales, contribuyó
a "forzar" la salida del presidente Sánchez de
Lozada. El carácter global del narcotráfico -o del
problema mundial de las drogas como se le denomina ahora-, su movilidad
y rápido arraigo, permitió asumir que el Perú
podría ser susceptible de albergar un movimiento de características
y consecuencias similares.
Dada la menor capacidad y organización de los
cocaleros peruanos muchos han considerado, sin embargo, que un escenario
como el boliviano no era uno que mereciera preocupación inmediata.
Las cosas han cambiado desde que las organizaciones cocaleras locales
han decidido organizar una serie de eventos "académicos"
y de otra naturaleza a mediados de febrero salpicados con la amenaza
de que, en el caso de que sus reclamos no sean satisfechos, promoverían
un paro nacional. Para ello tienen financiamiento, líderes,
un eventual "símbolo" al estilo Evo Morales (el
señor Palomino), agitadores, contactos gremiales internos
y externos.
Frente a este escenario el ministro del Interior,
el señor Rospigliosi, ha denunciado los factores potencialmente
ilegales y hasta violentistas del cónclave de febrero. Es
más, por primera vez, una personalidad del gobierno ha descrito
con claridad el problema: de cada 10 kilos de coca que se producen
en el Perú, nueve van al narcotráfico. Con ello el
ministro del Interior está diciendo que los cocaleros no
pueden ignorar esta situación y que es necesario erradicar
el 90% de la coca que se produce en el Perú. El asunto a
discutir es cómo hacerlo -mediante la erradicación
forzosa o voluntaria, la sustitución en base a qué
productos, etc.-, no si debemos hacerlo.
Los cocaleros -que no son todos campesinos- debieran
entenderlo, el Ministerio del Interior y DEVIDA esgrimir mejor sus
alternativas, las agencias extranjeras como USAID y Naciones Unidas
entre otras, mejorar sus proyectos y mostrar los resultados esperables
y los gobiernos cooperantes, asegurar el financiamiento para respaldar
programas y ayudar a que la extracción de dinero sucio del
mercado no cause los problemas monetarios que forman parte de la
crisis boliviana.
Éstas, y no las denominadas "alternativas
de lucha", debieran formar el núcleo de la agenda de
los cocaleros a mediados de febrero con la finalidad de extraer
al Perú de la cadena del narcotráfico. De ninguna
manera se puede permitir que, a partir de los reclamos de atención
que debe brindársele a las organizaciones campesinas vinculadas
a los cocaleros, éstos últimos promuevan movilizaciones
cuyo objetivo es ganar espacios que puedan dar pie, luego, a objetivos
que atentan contra la ley y el orden básicos del Estado.
(ADC)
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