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EDITORIAL
Para no repetir el ejemplo del Océano Índico
Un desastre natural, como es evidente, es un problema de seguridad.
Aun considerando que su desarrollo catastrófico es imprevisible,
la convivencia natural con su eventual ocurrencia a lo largo de
miles de años de historia haría suponer que nuestro
instinto de supervivencia habría contribuido a desarrollar
mejor nuestros mecanismos de defensa. En la costa del Océano
Indico, como lo ha puesto fatalmente en claro el maremoto navideño,
éstos han fallado.
En efecto, la ausencia de medidas de seguridad adecuadas en una
zona golpeada por otras calamidades ambientales muestra que el instinto
de supervivencia está fuertememente limitado por muy humanas
dosis de irracionalidad. Éstas se han reflejado en completa
imprevisión en Indonesia, Sri Lanka, India y Tailandia revelando
una inadecuada evaluación del riesgo de un área geológicamente
inestable (Sumatra es una isla de catastróficos antecentes)
.
De otra manera no se entiende que en una cuenca, como la del Océano
Índico, golpeada frecuentemente por desastres naturales no
posea mecanismos de alerta de anormalidades marítimas que
sí existen –aunque de manera limitada- en el Pacífico.
Y tampoco que, una vez detectado el peligro por las estaciones existentes
(incluyendo centros de monitoreo de pruebas nucleares) no se haya
comunciado apropiadamente la ocurrencia del terremoto generador.
Ni que los mecanismos de la denominada globalización (comunicaciones
instantáneas) no hayan funcionado conforme el desastre progresaba
de costa en costa sino una vez que el cataclismo quedó consumado.
Recién entonces centros de información y medios, estimulados
también por la afectación de nacionales de 12 países
desarrollados, soltaron la alarma.
Si los países afectados del Océano Índico
no pudieron comunicar el desastre en desarrollo y los que enviaron
a sus ciudadanos no contaban con información sobre el potencial
de daño que un terremoto en el lecho oceánico puede
producir, estamos en el lindero de un acto de imprudencia colectiva.
La imprevisibilidad de la catástrofe natural excusa la imprecisión
de medidas preventivas, no su completa ausencia o la inhibición
de su activación.
Es claro que un cataclismo acarrea siempre una letal carga de
sorpresa. Pero ésta puede ser disminuida si la tecnología
y las capacidades humanas existentes están responsablemente
alertas a los peligros que acarrea el desafío de la naturaleza.
Lamentablemente, la disposición de medios y predisposición
política requeridos para lograr adecuados niveles de seguridad
(incluyendo la ambiental) parecen estar hoy ausentes. En todo caso,
están bastante disminuidos, especialmente a la luz de la
concentración de los mismos en la lucha contra el terrorismo.
En efecto, estos niveles de alerta han descendido desde el fin de
la Guerra Fría. De un lado la apertura de mercados, al levantar
bruscamente las barreras a la circulación de bienes y servicios,
–entre ellos al turismo- no ha cuidado que los actores estén
adecuadamente preparados para atender los problemas de seguridad
consecuentes. De otro, la complejidad que hoy se atribuye al tema
de seguridad en un contexto de ausencia de prioridades bien identificadas
complica la adecuada distribución de recursos que deben ser
destinados al combate de amenazas específicas.
Por lo demás, la percepción del peligro que tales
amenazas presentan cuando éstas se manifiestan bajo condiciones
de desaprensión, suelen llevar a sobrereacciones como las
que hoy ocurren en Estados Unidos a propósito del control
del terrorismo, generando ineficiencias en la confrontación
de otros problemas e inhibiendo una adecuada cooperación
en esas áreas. Tal sobrereacción es alimentada, a
la vez, por la incapacidad de los gobiernos para ponerse de acuerdo
en qué y cómo actuar cuando el escenario no ha sido
todavía enrarecido por el impacto de la amenaza. Esperamos
que una eventual sobrereacción de los países desarrollados
más afectados por el desastre ocurrido –como podría
ser la exclusión de ciertos países en desarrollo como
destino turísitico- no suceda.
No pretendemos con estas reflexiones imputar responsabilidades
sin fundamento. Y tampoco plantear la posibilidad de que los individuos
y los Estados puedan vivir en ausencia de peligro y riesgo. No sólo
estos dos factores son estimulantes del comportamiento humano, sino
que pretender su supresión a favor de una utopía de
seguridad absoluta es irracional y peligroso porque es imposible
y porque ésta lleva implícita la inseguridad de los
demás. Lo que se propone es algo bastante más modesto
y practicable: la activación sensata de los mecanismos de
seguridad disponibles para la prevención de amenazas globales
(como son las catástrofes naturales, entre otras), la confrontación
oportuna del peligro, la reducción del riesgo y la efectiva
recuperación de lo afectado.
Para la catástrofe ocurrida en el Oceáno Índico
la cooperación de grandes potencias (Estados Unidos, Australia,
Japón e India), de organismos internacionales (la ONU, la
Cruz Roja y similares), de países directamente afectados
y de ONGs se ha activada postfacto. Los países suramericanos
del Pacífico podemos y debemos contribuir.
Pero más importante será que Perú, Chile,
Ecuador y Colombia, cuyos plataformas marinas tienen actividad sísmica
permanente, puedan organizarse para la prevención de desastres,
el establecimiento de mecanismos eficientes de alerta temprana y
de control eficaz del daño a la brevedad posible. El ejemplo
de lo que no se debe hacer acaba de ocurrir en India, Indonesia,
Tailandia y Sri Lanka. La cooperación que deba generarse
al respecto debe ser específicamente orientada a la naturaleza
del problema de manera que su eficacia no sea disminuida por las
ineficiencias de propuestas utópicas e insustentables (como
las de “seguridad integral” que nuestros gobiernos pretenden
establecer burocráticamente en la OEA).
Que el 2005 sea para los suramericanos del Pacífico un
año de disposición a actuar en materia de seguridad
-incluyendo especialmente el campo de los desastres naturales- y
de cooperación con los afectados. De desapensión ya
tenemos bastante.
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