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EDITORIAL
2004: Otra etapa de inserción externa
Salvo por etapas de abierto conflicto (Ecuador) o fricción
(OEA), nuestra política exterior de los últimos quince
años ha sido ganada por la dinámica de la “inserción”.
En efecto, si en términos generales, en los 90 se privilegió
la denominada “reinserción” económico-financiera
(el trato con los organismos económicos multilaterales y
la reforma liberal) como fundamento del gobierno fujimorista, y
el régimen de transición del Dr. Paniagua basó
su proyección externa en la “reinserción”
política (el retorno al régimen democrático
y humanitrario del ámbito hemisférico), durante el
2004 se ha privilegiado la reinserción “estratégica”
con interlocutores específicos. A diferencia de aquellas
etapas, ésta no ha culminado su ciclo y tampoco ha sido el
quid pro quo del gobierno del presidente Toledo.
En efecto, durante el 2004, siguiendo las pautas del 2003, el
Perú se ha involucrado en una variedad de acuerdos bilaterales,
regionales y extraregionales que dicen mucho del pasado que se trata
de superar y del futuro al que se desea acudir. El pasado superable
es el del cambio del sistema internacional que aún no acaba
de producir un orden estable y adecuadamente regimentado. Y el futuro
al que se aspira parece más dinamizado por la explosión
de singulares acuerdos comerciales -y , en alguna medida, de seguridad-
detonada en los 90, que por objetivos ciertos e intereses adecuadamente
definidos.
A esta ruidosa dinámica de negociaciones bilaterales y
plurilaterales ha contribuido la inconsistencia de los foros globales
(p.e. el de la Asamblea General de la ONU que ha perdido importancia
multilateral o la Ronda Doha de negociaciones comerciales que ha
perdido intensidad), la auto-marginación en otros (p.e. el
grupo de los 21 que ha sido percibida por el gobierno como un grupo
ad hoc y circunstancial antes que como una entidad germinal en las
NCM) y el estímulo bilateralmente negociador de los vecinos
(especialmente, el chileno) . Como resultado, un Estado como el
peruano que se precia de privilegiar la política multilateral
se ha involucrado hoy en una intensísima dinámica
de negociaciones con actores singulares o grupales antes que globales.
Dada la importancia regimental atribuida a cada acuerdo, a la
reaparición del “gran diseño” en el ámbito
regional y la proliferación de negociaciones establecidas
o por establecerse esta etapa, intuida como fundacional, también
puede calificarse como de “reinserción” aunque
no tenga la dimensión política de las precedentes.
Así, en el ámbito hemisférico la negociación
del TLC con Estados Unidos es el epítome de esta aproximación.
En tanto el Perú nunca negoció acuerdo de libre comercio
alguno con una superpotencia, ciertamente éste define una
nueva forma de relación del Estado con sus interlocutores.
Lo que está claro al respecto es que el vínculo comercial
resultante tendrá un impacto revolucionario en la economía
nacional, en el patrón de negociaciones económicas
futuras y en los términos de seguridad que aparejan el acuerdo.
Lo que no está tan claro es el impacto del acuerdo en los
términos estructurales de nuestra inserción económica
externa. Al respecto no se han hecho públicos analisis suficientes,
si existen, de la relación costo-beneficio de esa vinculación.
Esa principalísima negociación bilateral –que
apenas suma el concurso de dos de los cuatro miembros adicionales
de la Comundidad Andina- desea ser compensada regionalmente por
el privilegio bilateral de la interlocución con Brasil. Ésta
ha estado en la base de la aproximación al MERCOSUR y, luego,
en la convergencia de la CAN con esa entidad (tal convergencia,
por lo demás, se ha realizado mediante acuerdos de asociación
de cada miembro andino con la entidad conosureña sin la reciprocidad
deseable). Tan importante como el acuerdo comercial suscrito con
Brasil ha sido el acuerdo de seguridad (el SIVAM-SIPAM, entre otros)
y el de integración física (especialmente la carretera
que vincula el Acre con Madre Dios y Moquegua en la perspectiva
bioceánica).
De otro lado, aunque se desee otorgar a la vinculación
del Perú con la Comunidad Suramericana de Naciones una dimensión
exclusivamente regional, la relación bilateral con el Brasil
ha sido en realidad la base de la misma. Pero en tanto la Comunidad
Suramericana de Naciones es una derivación de anteriores
procesos latinoamericanos de integración, del compromiso
hemisférico de 1994 de articular los acuerdos subregionales
como forma de organizar el ALCA y de las reuniones de presidentes
suramericanos ianuguradas en el 2000, su apresurada constitución
este 2004 destaca también la dimensión plurilateral
de esta tercera etapa de “inserción” de la política
exterior peruana. Para fundamentarla mejor en el ámbito regional,
el programa ifraestructural IIRSA y la profundización de
la convergencia andino-MERCOSUR todavía deben desarrollarse.
Mientras tanto, la relación con Chile ha tenido también
este año una especial prioridad bilateral. Si la primera
acción externa del presidente Toledo fue recibir, en visita
oficial, al presidente Lagos, los términos generales de la
relación no han sido, sin embargo, estables. En el 2004,
el gran perfil con que se planteó la controversia sobre la
delimitación marítima contrasta con la el tono exuberantemente
diplomático con que concluye el año. Al margen de
las complicadas derivaciones de la problemática boliviana,
los pilares bilaterales que articulan esta importante relación
diplomática han sido la consistencia bilateral de los vínculos
de fomento de medidas de confianza en el ámbito de la seguridad
y la continua expansión de la relación económica
que, asimétrica en lo financiero y más equilibrada
en lo comercial, evoluciona hacia la negociación de un acuerdo
de libre comercio y a la generación consecuente de mayor
interdependencia.
Por lo demás, también bilaterales, antes que comunitarios,
han sido los progresos logrados con Ecuador y Colombia en aplicación
de los acuerdo de 1998 en el primer caso y de activación
de una vinculación anteriormente descuidada en el segundo.
En el ámbito extraregional, es significativo que ni la
Unión Europea ni la Apec (a pesar de la reciente Cumbre de
Santiago) fueran comunitarios ejes articuladores de nuestra política
exterior en el 2004. Ello a pesar de que la aproximación
con la UE para negociar bilateralmente un acuerdo de libre comercio
se diluyera en el final asentimiento europeo de negociar un TLC
con los miembros de la CAN en el futuro cercano luego de que deponer
sus objeciones a la ausencia de una unión aduanera en la
entidad andina.
Y en la proyección transpacífica el bilateralismo
volvió a imponerse en el trato con Tailandia, Singapur y,
especialmente con China. Si con los dos primeros el marco es la
negociación de sendos acuerdos de libre comercio, con la
potencia asiática se intercambiaron reconocimientos de status.
A la China se le reconoció la condición de economía
de mercado –jerarquía que esa potencia requiere para
su mejor adhesión a la OMC- a cambio de que la nomenclatura
de ese Estado totalitario otorgue al Perú el “status”
de destino turístico. Adicionalmente se convino la negociación
de un acuerdo de preferencias comerciales complementado por otro
de cooperación integral de contenidos grandielocuentes y
brumosa dimensión estratégica (y que no incluyó
nada concreto sobre competencia desleal especialmente en materia
textil)
Además del chino, una nuevo arsenal de acuerdos ha reinventado
la gradación tratadista de Torre Tagle. Así hemos
incorporado, sin demasiada consistencia, acuerdos de asociación
estratégica, de integración profunda, de asociación
especial, además de los tradicionales de complementación
económica y de libre comercio. Quizás la poca experiencia
en la gestión de una diplomacia predominantemente bilateral
indujo poca disciplina en la proliferación de acuerdos económicos
cuya jerarquía y definición falta aclarar.
En el lado de los acuerdos de seguridad, de otro lado, convergieron
aquellos de esforzado cumplimiento (los institucionales sobre medidas
de confianza con los países vecinos) con los no consolidados
(el acuerdo SIVAM-SIPAM con Brasil, la metodología para el
cálculo del gasto militar con Chile y Ecuador, los acuerdos
de repotenciación con Rusia y el entorpecido proceso de redefinición
del sistema de seguridad colectiva interamericano) y también
con los acuerdos sobredimensionados (declaraciones de zona de paz
en la región que no incluyen, en el caso andino, la amenaza
del terrorismo que tiene centro en Colombia).
Si el Perú va a concluir exitosa y eficazmente esta tercera
etapa de “inserción” externa es necesario establecer
mejor las prioridades de interacción, dar contenido cierto
y disciplinado manejo a los acuerdos que se suscriben y privilegiar
la consolidación de los mismos sobre su proliferación.
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