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EDITORIAL
Integración regional, no burbuja suramericana
Las “burbujas” políticas, como las económicas,
son fenómenos transitorios que distorsionan el valor de un
activo, generan altos beneficios para los que la estimulan -mientras
dura- y producen una contracción general de expectativas
cuando revienta. La sobrexplotación mediática y política
de la denominada Comunidad Suramericana de Naciones ha querido generar
una “burbuja” de esta naturaleza en la región.
A pesar de los esfuerzos de muchos, los especuladores políticos
persisten en sacar partido de ella sin reparar en las consecuencias.
Contra las normas de la prudencia que deben regir un necesario,
pero aún débil , proceso de integración suramericano,
la “burbuja” ha consistido en la promoción espectacular
de una entidad política y económica regional que debió
haber adquirido partida de nacimiento en la reciente cumbre presidencial
de Cuzco. La noticia de la inminente nueva entidad regional ha dado
vuelta al mundo a bordo de medios periodísticos de la mayor
importancia y propulsada por discursos “visionarios”,
oficiales y oficiosos, sobre la “patria grande”, un
súbito mercado común o una apurada unión monetaria.
La sobrestimación marquetera al respecto es tal que ni siquiera
la insípida Declaración del Cuzco –que no asume
un solo compromiso suramericano que fundamente la nueva entidad-
ha sido suficiente para desinflar completamente la “burbuja”.
Peor aún, algunos medios y actores institucionales insisten
en mantenerla viva y sacarle provecho hasta que se logre inducirle
algún contenido.
Si es verdad que la organización de la región requiere
de una idea fuerza, no es este irresponsable estilo publicitario
la mejor forma de promoverla. Para ello debió bastar el compromiso
presidencial con la implementación y financiamiento de los
proyectos suramericanos de infraestructura física -IIRSA-
y con la profundización de la convergencia suramericana cuya
protocolización se ha alcanzado recién en octubre
pasado. Por alguna razón –que no descarta la improvisación
o la falta de consenso- la reunión cuzqueña de mandatarios
regionales –varios de los cuales no asistieron por razones
de salud- no adoptó estos compromisos. Con ello la “cumbre”
generó aún más expectativas en torno a sus
siguientes evoluciones mientras el despropósito diplomático
quedó a la vista no obstante que, en la única seña
de realismo, la Declaración de Cuzco señala que la
comunidad regional será construida gradualmente.
A la falta de rigor diplomático en el trato del tema se
ha sumado la inconsistencia política. En efecto, es alarmante
que no pocos Jefes de Estado y algunos promotores andinos y mercosureños,
hayan elegido lanzar la idea de una unión económica
y política regional obviando los requerimientos procesales
de la integración. El tránsito progresivo de una zona
de libre comercio, a una unión aduanera, a un mercado común,
a la coordinación de políticas y, finalmente, a la
unión económica y política ha sido menospreciado.
En lugar de ello, algunos han optado por una supuesta aproximación
“integral” al proceso de integración en una clamorosa
demostración de irresponsabilidad.
En efecto, si bien la gradualidad de un proceso de esta naturaleza
no siempre es precisa en el sentido de que las diferentes instancias
muchas veces se yuxtaponen, el hecho es que esos pasos constituyen
el rasero universalmente aceptado para la ordenada construcción
del mismo y de la entidad resultante. El costo de no seguir esta
referencia es el fracaso de la experiencia eventualmente abrumada
por compromisos incumplibles. La avidez burocrática de los
especuladores de la “burbuja” suramericana ha expuesto
la indispensable integración regional a este innecesario
peligro.
Es más, lo ha hecho sin tener en cuenta la tradición
de incumplimientos y de continuo replanteamiento estratégico
de las instituciones derivadas del Acuerdo de Cartagena y las frustraciones
que ya padece el MERCSOUR al respecto. Y, a mayor abundamiento,
estos especuladores han preferido plantear el escenario de la integración
regional como una experiencia fundacional desprovista de antecedentes
de cuyos fracasos o disfunciones debieron haber extarido algunas
lecciones. Para estos presurosos personajes, no sólo no existe
el compromiso suramericano con la convergencia regional contraido
en 1994 en el marco de las cumbres hemisféricas, sino que
tampoco reconocen las morosas experiencias de la ALALC y de la ALADI.
Prebisch los habría reprobado académica y políticamente.
Más aún cuando estos especuladores no sólo
no han tenido en cuenta que la utilidad del mercado de escala no
se mide sólo por su extensión si no por la efectiva
generación de valor y por la capacidad de generar nuevo comercio.
En lugar de sustentar esta multiplicación de los intercambios
en el ámbito de los no tradicionales y de los servicios,
los promotores andinos han preferido en cuantificar el potencial
en términos de la cantidad de productos primarios que exportan.
Y como si ello no fuera suficientemente grave, no se han percatado
que uno de los requerimientos fundamentales para crear desarrollo
–la viabilidad de los Estados que componen el espacio integrado-,
está en cuestión en la región en no pocos casos.
Es más, como si ello no fuera bastante, los especuladores
de la integración intentan apresurar un proceso de unión
sin considerar la gran heterogeneidad macreoeconómica intraregional
–países con críticos niveles de deuda externa,
alta inflación y moneda dolarizada que conviven con otros
más estables y equilibrados- y sin tener en cuenta la insuficiente
complementariedad de intereses entre muchos de los miembros -que
en algunos casos llega a la inexistencia de relaciones diplomáticas-
ni considerar suficientemente la dispersión de las condiciones
de inserción extraregional existentes.
En relación a este punto, no parece haberse evaluado bien
la dimensión extraregional de los intereses brasileños
que no generan consenso regional (p.e., su candidatura a un sitio
permanente en el Consejo de Seguridad), la articulación chilena
con Estados Unidos, la Unión Europea y el Asia (que favorecerá
la competecia de bienes de esos países en el mercado regional)
o las inconsistentes prioridades peruanas (afiliación y desafiliación
del Grupo de los 21 en las NCM de Doha, negociación prioritaria
del TLC con Estados Unidos y posterior propuesta de lograr la integración
regional empezando por la unión monetaria), entre otras.
Si la integración suramericana es un instrumento vital
para generar progreso nacional, el proceso para lograrla debe ser
consistente y disciplinado. Si las opciones para mejorar la calidad
del mercado, la competitividad de su agentes y las posibilidades
de desarrollo pasan por la mejora sustantiva de la infraestructura
regional (IIRSA) y el perfeccionamiento de la convergencia regional,
éstas deben ser priorizadas. Luego se dará el siguiente
paso. Los especuladores que desean acelerar el proceso generando
un “burbuja” política regional sin tener piso
para ello, deben quedar al margen.
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