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EDITORIAL
Sudamérica
Suramérica es una región que ha padecido múltiples
-y frustrados- intentos organizativos. A diferencia del escenario
hemisférico que el sistema interamericano articuló
desde 1947-48 culminando un proceso complejo pero ininterrumpido
desde 1898 (la Unión Panamericana), Suramérica no
ha encontrado vertebración cierta desde los albores de la
República. Hoy, en el Cuzco, sus más altos representantes
desean darle forma institucional definitiva. En un contexto en el
que la creación de panregiones es uno de los condicionantes
del progreso de sus miembros, el nuevo intento debe tener éxito.
Para lograrlo, los Jefes de Estado, tan proclives a dejarse ganar
por la imaginación burocrática, partirán de
una base cierta (el proyecto infraestructural IIRSA y la convergencia
de la CAN y el MERCOSUR). Pero aún deben definir objetivos
claros (determinar prioridades, formas de inserción global
y disposición a competir iterregionalmente), procurar una
efectiva complementariedad de intereses (todavía bastante
dispersos) y realizar un diagnóstico responsable del escasamente
exitoso pasado institucional.
Empezando por lo último, deberán reconocer que desde
la realización del Congreso Anfictiónico de Panamá
(1826) hasta la protocolización del acuerdo de complementación
económica entre la CAN y el MERCOSUR en octubre pasado, la
región ha albergado experiencias organizacionales más
fallidas que exitosas. En efecto, en el siglo XIX, el Congreso boliviariano
no sólo no fue estrictamente suramericano sino que fracasó
como fracasó también la iniciativa de seguridad colectiva
regional propuesta por el Mariscal Castilla.
A mediados del siglo XX, la ineficacia de la ALALC (1960) generó
el desprendimiento del Acuerdo de Cartagena (1969) que aún
no culmina sus objetivos. Y la posterior articulación de
la ALADI (1980) en reemplazo de la ALALC no sólo amplió
extraregionalmente la membresía sino que devino más
en una notaría de acuerdos de complementación económica
que en un agente promotor de la integración. Y si el MERCOSUR
(1991) tan vital inicialmente hoy ha decaido con la crisis de algunos
sus miembros, el proceso ALCA (1994) que estimuló la convergencia
suramericana ha procedido a hacerlo con renuencia sin respetar sus
plazos y debilitando sus objetivos hemisféricos. Cualquiera
que sea la causa de tamaña morosidad (falta de voluntad,
incapacidad de cumplimiento o exceso de compromisos), la experiencia
fallida no puede seguir ocurriendo.
De otro lado, no obstante que Suramérica alberga Estados
y economías de diferentes grados de poder y desarrollo (tal
como ocurre en Europa o Asia), la complementariedad de intereses
sobre el espacio regional es también proporcional al grado
de cumplimiento o incumplimiento de acuerdos adoptados por sus miembros.
Si el incumplimiento prima –que es lo que ha venido ocurriendo-
es evidente que el interés colectivo por la región
es superado por otros intereses nacionales. Entre ellos hay una
amplia gama que van, p.e., desde el interés brasileño
(el más entusiasta “suramericano”como potencia
regional) hasta el boliviano (que aún mantiene reivindicaciones
territoriales como prioritarias). Al respecto, los representantes
nacionales están obligados no sólo a identificar los
intereses regionales básicos sino a otogarles la mayor jerarquía
y actuar en consecuencia.
Ello debe conducir a fortalecer la capacidad de negociación
suramerican. Ésta, sin embargo, es una tarea compleja por
los diferentes intereses que orientan la proyección externa
de nuestros países. Si, por ejemplo, no hay consenso para
la incorporación de un representante suramericano como miembro
del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, si el Perú abandona
el Grupo de los 21 en Doha para negociar el TLC con Estados Unidos
y si Chile persiste en priorizar los acuerdos bilaterales como forma
de inserción externa, el poder negociador suramericano será
exiguo.
Para evitar que ello ocurra los objetivos regionales deben clarificarse.
Suramérica, a pesar de la escenografía de la cumbre
del Cuzco, no retoma una aspiración meramente endógena.
Sin embargo, en el marco de su inserción hemisférica
(el TLC con Estados Unidos para algunos), interregional (las negociaciones
con la Unión Europea) y su predisposción multilateral
(quizás sobredimensionada en Doha), la región debe
concentrar más energía en su propio espacio. La generación
de mayor interdependencia para superar los exiguos niveles de intercambio
entre vecinos es indispensable. Con un nivel de intercambios comerciales
como el que existe entre Perú y Bolivia que responde apenas
por el 2% o 3% del comercio exterior peruano o con el aún
escasísimo comercio entre el MERCOSUR y la CAN (que, además,
se distingue por la exportación de manufacturas de un lado
y de materias primas del otro), la integración no será
enriquecedora.
Las referencias debieran ser aquí la vinculación
argentino-brasileña, la colombo-venezolana y la que deben
generar Perú y Chile teniendo en cuenta que el éxito
panregional depende de un muy alto nivel de intercambio intraregional.
Si el comercio interno europea bordea el 70% del total, si el asiático
es de alredor del 50% y si el norteamericano supera el 35% se puede
colegir que entre progreso y altos niveles de intercambio hay una
relación directa. La generación de estos niveles de
interdependencia debe ser una preocupación prioritaria e
inmediata de los suramericanos si la Comunidad aspira a un grado
de éxito.
Por lo demás, es necesario que nuestros estadistas comprendan
que la mejor inserción regional supone también competencia
interregional. Y que, aun el marco de la APEC, el Asia es un competidor
directo de Suramérica por mercados, tecnología y capital.
La competencia desleal de exportaciones chinas, la absorción
asiática de teconología occidental que no se dirige
a nuestra región como tampoco se dirigen los capitales, ha
adquirido carácter estructural desde hace años. Suramérica
debe preparase no sólo por achicar la brecha que nos separa
de las economías centrales sino para competir abiertamente
con Asia (especialmente con China) por recursos que hace apenas
cuatro décadas se orientaban naturalmentre hacia nuestros
países.
El sustento material de este esfuerzo es la generación
de un mercado y una eficiente comunidad política que lo resguarde.
A lo primero debe contribuir los proyectos de corredores viales,
energéticos y de comunicaciones identificados en el IIRSA
(para cuya implementación se requerirá un gran esfuerzo
de financiamiento) y la eficientre convergencia entre la CAN y el
MERCOSUR (que reclama esfuerzo promotor además de apertura
de mercados). Para lo segundo, los presidentes andinos deben disponer
de una dirección política que contribuya a la estabilidad
y la seguridad regionales cuyas premisas de gobernabilidad democrática
y de confrontación de amenazas globales (como el narcotráfico
y el terrorismo) está en cuestión en no pocos países.
El proyecto suramericano es bastante más complejo de lo
que la escenografía cuzqueña ha mostrado. A la luz
de la experiencia, nuestros gobiernos aún deben probar que
están a la altura del desafío.
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