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EDITORIAL
Una oportunidad más para el Medio Oriente
Si, para bien o para mal, Arafat fue el principal representante
de la causa palestina, la dimensión global que se asigna
a su fallecimiento es directamente proporcional a la importancia
del conflicto palestino-israelí. La dimensión del
líder y la magnitud de la guerra están, por tanto,
íntimamente vinculados.
Como se sabe, el palestino-israelí fue casi siempre, desde
1948, el principal conflicto regional contemporáneo. Su dimensión
escapó al ámbito local durante la Guerra Fría
–cuando fue crudamente manipulado- y lo trasciende hoy en
tanto ha contribuido desde esa época a generar amenazas globales.
Las dos más violentas son el terrorismo, hoy calificado por
el fundamentalismo islámico, y la involucración bélica
de terceros (como lo evidencia, hoy, la primera potencia en Irak).
Aunque ambos fenómenos tienen especificidad propia, el
hecho es que éstos son influidos determinantemente por el
conflicto que constituye históricamente la gran fractura
del Medio Oriente. Y ésta está marcada desde sus orígenes
por el ejercicio del terror y la desestabilización regional
como medios para dilucidar una confrontación entre un Estado
y un movimiento. A diferencia del Estado israelí, que tiene
su propio panteón de líderes-héroes, el movimiento
palestino ha sido monopolizado por el liderazgo de Arafat.
En efecto, en ausencia de Estado al que aspiraba Arafat, éste
“encarnó” la organización palestina desde
el principio (Al Fatah en 1958, OLP en 1964, la Autoridad Palestina
en 1994). La ausencia de institucionalidad y la abundancia de conflicto
contribuyó a forjar simultáneamente el reconocimiento
del líder y el arraigo de la nación palestina. Su
versión contemporánea se fortaleció sobre la
base de la población progresivamente afectada por las guerras
árabe-israelíes de 1948, 1967 y 1973, las varias intermedias
así como por la confrontación violenta permanente
que no califica como guerra.
Ahora que existe un gobierno palestino –pero no un Estado-
la tendencia a retribuir al líder con el reconocimiento de
ese logro genera la tendencia a olvidar los métodos que éste
empleó para alcanzar sus fines. Las miles de bajas y los
esfuerzos diplomáticos y bélicos de otras personalidades
y Estados se postergan a la hora del fallecimiento de quien, “de
la nada”, llegó a establecer la Autoridad Palestina
en Gaza. Más aún, en un escenario donde las políticas
de poder se aplican como en ninguna parte del mundo y, por tanto,
el recurso simultáneo al terror, la guerra, la diplomacia,
la negociación, el engaño, el chantaje. la corrupción
y la manipulación de la esperanza colectiva es la ley de
la vida como lo señalan sólo algunos pocos medios.
Y Arafat empleó personalmente todos y cada uno de esos métodos
arriesgando, es cierto, su propia existencia. Logrado parcialmente
su objetivo –no el Estado palestino, pero sí el legítimo
reconocimiento de su pueblo- la épica heroica se exalta a
costa del registro de las malas artes legitimando. La consecuencia
es la tendencia a legitimar los medios si el objetivo se cumple
allí donde no rige el Estado de Derecho.
De esa exaltación participan no sólo los palestinos
sino la inmensa mayoría de los gobernantes occidentales que
celebran a Arafat como el “padre de la nación palestina”,
el “símbolo de la aspiración nacional”
de su pueblo o una de “las figuras más relevantes del
mundo árabe”. Como todo en el Medio Oriente, ello es
sólo parcial y sangrientamente cierto. Ese elogio colectivo,
que corresponde a la diplomacia mortuoria, apunta a un solo objetivo:
tratar de consolidar la oportunidad negociadora que pueden ofrecer
los herederos de Arafat ahora que Arafat ha muerto.
Tal es la situación en el Medio Oriente: a falta de democracia,
salvo en Israel, se requiere la desaparición física
del líder para que aparezca una oportunidad de cambio. Así
como entre la calidad de liderazgo y la guerra hay una relación
directa, en esa parte del mundo también la hay entre el cambio
y la muerte. Si no recordemos a los que intentaron la paz en vida
y fueron asesinados como respuesta. Anwar-el-Sadat, el egipcio que
luego de hacer la guerra se atrevió a restablecer relaciones
con Israel fue víctima de un grupo de fundamentalistas cuando
celebraba el día nacional de Egipto. E Isaac Rabin, que luego
de combatir a árabes y palestinos estrechó la mano
de Arafat sólo para ser asesinado por una fundamentalista
judío cuando celebraba las posibilidades de paz en los albores
de una jornada electoral.
En ese contexto quizás la principal virtud de Arafat es
haber sobrevivido luego de iniciar negociaciones con Israel (los
acuerdos de Oslo y los de Camp David ) lo que le permitió
constituir luego la Autoridad Palestina. Quizás pudo negociar
porque podía deshacer lo avanzado luego –y salvar la
vida en el proceso- cuando se negó en el 2000 a cerrar el
pacto con Barack. Si bien éste acarreaba sacrificios (limitación
del territorio consolidable y del retorno de los palestinos a sus
sitios originales), posibilitaba la constitución de un Estado
palestino con capital en Jerusalén. Arafat no encontró
soporte para ello ni en una congregación palestina ya fuertemente
tensionada ni en países árabes inestables.
Si ahora se abre una posibilidad de negociaciones de paz por la
desaparición del líder palestino, ésta merece
también el indispensable cambio de un hostil líder
israelí –el señor Sharon- que encuentra, además,
en la derecha religiosa una fuente de intransigencia extraordinariamente
irracional. Pero aún ello no garantiza que una nueva iniciativa
norteamericana o del cuarteto que organizó el frustrado “mapa
de ruta” (Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y
la ONU) tenga éxito.
Como el mundo no puede tolerar ad infinitum la amenaza que le
impone el conflicto palestino-israelí, quizás ese
esfuerzo deba ser acompañado por la coacción de una
fuerza superior, como ya hemos sugerido antes. Y para ello se requiere
que Estados Unidos y sus aliados culminen su tarea en Irak y que
mantengan su presencia irradiadora en la zona. Arafat, que empleó
todo los métodos para consolidar la nación palestina,
podría no condenar esta alternativa si de ella surge un Estado
palestino con capital en Jerusalén conviviendo pacíficamente
con Israel.
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