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EDITORIAL
Estados Unidos: los riesgos de la inmutabilidad
Si la guerra ha sido el leit motiv de las elecciones norteamericanas
la perspectiva “clausewiztiziana” es una forma de aproximarse
a ese proceso. En efecto, quienes crean que la guerra es la continuación
de la política por otros medios tenderán a ver el
ejercicio del voto en Estados Unidos como una herramienta democráticamente
legitimadora del conflicto bélico. En un contexto de extrema
pugnacidad interna que no revela la equivalencia de objetivos de
los señores Bush y Kerry a este respecto, la metáfora
realista de Clausewitz será recurrida por gestores y analistas.
Al respecto se podría concluir que, de no mediar la fragmentación
local, el poder que proyecta el interés nacional norteamericano
se ha fortalecido en esta elección.
Sin embargo, si el elemento determinante de la contienda han sido
los valores –como sostienen muchos-, el idealismo del Jefe
de Estado que encontró en la religión uno de los fundamentos
del triunfo electoral sería el factor globalista que su versión
más moderada –la de un Kerry wilsoniano- no pudo derrotar.
Esta aproximación es más importante de lo que parece
si el resultado de la elección es el triunfo de largo plazo
de una nueva forma de conservadurismo estadounidense y su pretensión
de extenderse, en lo posible, universalmente.
Y si lo que cuenta es el origen y la composición del electorado,
la influencia determinante de los estados continentales norteamericanos
sobre los marítimos (los del Pacífico y del Atlántico
de Nueva Inglaterra) confirmaría en Estados Unidos la perspectiva
mackinderiana del valor del heartland como escenario de dominio
electoral. En una contienda signada por el conflicto regional externo,
ésta también es una forma de aproximarse al tema y
a la necesidad norteamericana de estabilizar geopolíticamente
Irak y Afganistán para influir en el resto del Medio Oriente.
Pero más allá del significado del conflicto de intereses
norteamericanos, de su dimensión moral y su proyección
territorial, el hecho es que el presidente Bush ha obtenido un triunfo
absoluto proveniente del voto popular y electoral (a diferencia
de las elecciones del 2000), de la ampliación del dominio
en la Cámara de Representantes y en el Senado, de la futura
renovación conservadora de la Corte Suprema y del avance
republicano entre las minorías (como la de los denominados
“hispanos”). De allí que el Secretario de Estado
Powell haya ratificado que el presidente Bush ha recibido un “mandato”
de política exterior que asegura continuidad y fortaleza
en los principios y los objetivos de la misma. Esa declaración
puede, pero no debe, interpretarse como un afirmación de
inmutabilidad.
No debe serlo porque la victoria ha sido estrecha en el voto popular
(51% vs 48%, magnitud que cae en el margen de error de las encuestas)
y en el voto “electoral” del peculiar sistema norteamericano
(286 vs 252 equivalente a un estado como Ohio y apenas algo más).
Menos aún cuando la división sobre el tema central
-la guerra (Irak y el terrorismo global) y la necesidad de ganarla-
ha reclamado los llamados a la unidad nacional realizados por ambos
contendores para compensar los peligros de una fuerte pérdida
de cohesión interna. A esa vulnerabilidad debe agregarse
los peligros que representan el déficit fiscal de US$ 400
mil millones y el comercial de US$ 600 mil millones que son financiados
con crédito externo y la percepción generalizada de
que las fuerzas armadas norteamericanas están sobrextendidas
(The Economist, entre otros). La afirmación de inmutabilidad
no disminuye estas vulnerabilidades internas.
Y tampoco las externas. Frente a la división de Occidente
producida por la guerra, la “comunidad internacional”
reclama hoy un liderazgo norteamericano que no fracture más
las alianzas tradicionales (la OTAN, por ejemplo) o el sistema mayor
de seguridad colectiva (la ONU) por favorecer necesarias alianzas
ad hoc y la libertad de acción de la superpotencia. El requerimiento
de rearticulación es mayor cuando en el ámbito regimental,
por ejemplo, la Organización Mundial de Comercio debe lograr
algún éxito religitimador en la actual ronda de negociaciones
comerciales; cuando los mercados no regulados, como el energético,
la especulación debe disminuir su capacidad de distorsión
de los precios en función de manifiestas brechas de inestabilidad;
y cuando en la estructura de poder global se avisoran alteraciones
no necesariamente fluidas con la incorporación a ella de
potencias emergentes como China, entre otros cambios fundamentales.
Frente a este escenario producir una agenda puntual de desafíos
y de objetivos a cumplir (como la que publica un ex asesor presidencial
de política exterior, el señor Haas, en The Economist)
no es suficiente para reducir la fragmentación occidental
en torno al liderazgo de seguridad norteamericano. Si los conflictos
regionales principales (Irak y el palestino-israelí en Medio
Oriente, Afganistán en el Asia) deben ser resueltos, si los
desafíos nucleares focalizados (Corea del Norte e Irán)
deben ser contenidos y revertidos, si las amenazas globales mayores
(el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción
masiva y las pandemias debe desactivarse) y el mayor empuje de potencias
emergentes debe ser adecuadamente canalizado, la participación
norteamericana en esos escenarios debe ser congregante para ser
exitosa. A ese objetivo debe concurrir las potencias medias occidentales
y prestar su respaldo, pero el liderazgo norteamericano debe saber
convocarlas.
Para ello los intereses nacionales de esos Estados deben ser tomados
en cuenta por la nueva administración si no se desea agudizar
el recelo remanente. Ello ocurrirá mejor si la política
exterior norteamericana acomoda los objetivos de los demás
en el proceso de realizar los propios. Y ello no se logrará
si la voluntad de reaproximación del señor Bush no
es respaldada por hechos. Estos pueden ser simbólicos (cambios
en el gabinete norteamericano como el del señor Ashcroft
), rectificatorios (recuperación de la credibilidad de los
servicios de inteligencia para lo que no bastará la aprobación
de una nueva ley), cooperativos ( énfasis en los mandatos
de la ONU, especialmente de la Resolución 1546 que llama
a la cooperación internacional en Irak), inclusivos (acciones
de cooperación norteamericana en la realización de
intereses ajenos). Estos hechos no se producirán si prevalecen
eventuales admoniciones sobre inflexibilidad política derivada
del nuevo mandato electoral.
En lo que se refiere al hemisferio americano, el recurso inicial
a la diplomacia tradicional puede ayudar a introducir algunos elementos
de cambio dentro de la continuidad (a pesar de ser aquél
sólo un indicador de prioridades intraregionales). En efecto,
el presidente Bush realizará sus primeras visitas oficiales
a Canadá y Chile (luego de la reunión de APEC este
mes) lo que contribuye a señalar inicialmente a sus interlocutores
hemisféricos principales. A ellos se suma México a
donde el Secretario de Estado Powell lleva en estos días
la disposición norteamericana de lograr un acuerdo migratorio
que, luego de haber fortalecido la frontera, permita la obtención
de un status legal temporal de los millones trabajadores que han
llegado a Estados Unidos clandestinamente (éste es un acuerdo
que el 11 de setiembre frustró).
Brasil, eventualmente, podría ser el siguiente en la lista
luego del rápido saludo que las autoridades de ese país
ofrecieron al triunfo republicano. La agenda comercial global (Doha),
hemisférica (ALCA) y algún eventual futuro acuerdo
con el MERCOSUR podría estar en cartera acompañados
por temas de seguridad que van desde el combate al narcotráfico,
el apoyo a Colombia, el resguardo de la cuenca amazónica
y la emergente capacidad nuclear brasileña.
A estas innovaciones diplomáticas podría sumarse
una innovación estratégica reflejada en la intensificación
de la presión sobre Cuba en previsión de que la edad
de Castro conduzca a un cambio de régimen. Aunque la importancia
geopolítica de la isla tiene una histórica jerarquía
en la política exterior norteamericana, la dimensión
ideológica de la presidencia del señor Bush tiende
a incrementarla . Ésta, sin embargo, podrá ser moderada
de acuerdo a las ya sobrexigidas posibilidades norteamericanas de
manejar crisis en otros contextos. De ocurrir lo contrario, la ausencia
de consenso latinoamericano sobre la legitimidad del gobierno del
dictador cubano afectaría fuertemente la relación
de la región con Estados Unidos poniendo en evidencia una
división regional que ya existe sobre la materia pero que
es necesario moderar.
Si estas acciones son marginalmente innovadoras, la continuidad
se reflejará en la priorizada relación con Colombia
–pieza clave en el combate del terrorismo global- especialmente
si el presidente Uribe es reelecto. Aquí es previsible un
incremento del número de asesores norteamericanos en el campo
(no el despliegue de tropas) y la sustentabilidad económica
del esfuerzo bélico colombiano en cantidades que hoy convierten
a ese país en uno de los principales receptores de cooperación
económica norteamericana. Alrededor de ese escenario, que
ratifica la dimensión de seguridad que Estados Unidos otorga
al TLC con el resto de países andinos, la fluidez de las
negociaciones correspondientes están garantizadas. Si éstas
tiene éxito, la relación de seguridad andina con Colombia
se incrementará en tanto no se considere a Venezuela.
Al respecto, es muy difícil prever un escenario donde alguno
de los involucrados decida no ratificar ese éxito. Quizás
el caso boliviano pudiera ser la excepción si las fuerzas
de fragmentación triunfan en ese vecino por la vía
legal (la Asamblea Constituyente, las elecciones presidenciales)
o la ilegal. Pero aún así, la aproximación
norteamericano- andina será producto de la estrecha periferia
que la delimita mientras los andinos no decidan ampliar su radio
de acción y los Estados Unidos no reclame su participación
extraregional innovando estratégicamente la relación.
En lo que hace a la tendencia electoral suramericana que es atraída
hoy por la izquierda responsable (Uruguay es el último ejemplo),
Estados Unidos no las verá con preocupación en tanto
ésta pueda mantener la estabilidad y el orden. Pero en tanto
la percepción de seguridad será aquí también
prevaleciente, la región necesitará de la primera
potencia algo más que la tolerancia benigna del primer gobierno
del señor Bush. Si éste desea incrementar la cooperación
en todos los campos, debe prepararse a codiseñar junto con
los latinoamericanos nuevos mecanismos de gobernabilidad democrática
que permitan aminorar la peligrosa brecha entre expectativas creadas
por el orden liberal contemporáneo y una estructura social
de mediados del siglo XX..
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