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EDITORIAL
La Elección Norteamericana
El reciente proceso electoral norteamericano no es el primero
que se conduce en un contexto de guerra ni el único realizado
a propósito de un conflicto. De él sólo podía
esperarse polarización entre los contendores y la compleja
legitimación del liderazgo en ese ámbito. Esto es
precisamente lo que ha ocurrido con la ajustadísima victoria
del presidente Bush.
Si, a pesar de la trascendencia de los temas económicos
(el déficit, los impuestos, el crecimiento) y sociales (la
seguridad social, la educación, el rol de la religión),
el Jefe de Estado norteamericano puede interpretar el resultado
como un plebiscito sobre la justeza de la causa bélica norteamericana
y la aptitud de su conducción, el presidente Bush ciertamente
ha renovado su autoridad en la materia. Sin embargo, la estrechez
del resultado lo obliga a restaurar la mellada cohesión norteamericana
sin sacrificar, en el proceso el interés nacional.
El trabajo será arduo porque la victoria electoral no sólo
se ha obtenido por unos cuantos votos intensamente disputados en
estados medianos (como Ohio), sino porque la gran mayoría
de los que votaron por el señor Kerry lo hicieron en función
de su desacuerdo con la guerra (el 85% según CNN). Si es
verdad que esta vez, a la inversa de lo ocurrido en el 2000, el
señor Bush ha logrado también la mayoría electoral
popular (y no sólo la de los colegios electorales) el costo
de triunfo es la gran polarización del pueblo norteamericano
en la materia. Peor aún, al haberse personalizado la causa
del esfuerzo bélico, la división nacional al respecto
implica un fuerte cuestionamiento de las calidades singulares del
presidente.
Ciertamente el esfuerzo cohesionador no puede pasar por el debilitamiento
de la campaña militar o de sus objetivos. Pero sí
por la selección de un equipo menos cuestionado en la conducción
de la guerra, por la explicación congregante antes que desafiante
del interés nacional comprometido, por la revitalización
del esfuerzo diplomático (especialmente en el problema palestino-israelí)
y, fundamentalmente, por la recuperación de la credibilidad
cuestionada de los servicios de inteligencia.
Internamente ello implica la selección de un nuevo equipo
en el Departamento de Defensa, la renovación del Consejo
Nacional de Seguridad, el afianzamiento del rol del Departamento
de Estado y la reforma confiable de la CIA. Externamente la disposición
a trabajar con los aliados tradicionales debe ser replanteada sin
dejar de lado a los aliados ad hoc; una mejor articulación
con la ONU (para lo cual la aplicación de la Resolución
del Consejo de Seguridad 1546 puede ser el instrumento clave) es
indispensable; y la recuperación de la prioridad de los temas
del desarrollo (los objetivos del Milenio que el propio presidente
Bush ya ha recogido en sus discursos) resultan impostergables.
En lo que toca a la América Latina, el trato casuístico
debe ser reorganizado en un esquema general. Si bien la viabilidad
de los TLC parece ahora asegurada, la región debe tener en
la agenda norteamericana un marco de trato que el improbable ALCA
(que difícilmente podrá suscribirse hacia fines de
año aún en su versión “lght”) reduce
sólo a la dimensión comercial. El tema es aún
mas urgente cuando en las próximas semanas una comunidad
suramericana de naciones redefinirá el panorama hemisférico.
Ello pondrá en cuestión un acercamiento a la región
privilegiando a determinados interlocutores.
En el acápite económico, la percepción optimista
de la actual administración debe recordar mejor los hechos:
el complemento de un déficit fiscal de US$ 600 mil millones
y uno comercial de 450 mil millones no es sostenible. El desafío
de acortarlo sin producir recesión es inmenso. Especialmente
si el presidente Bush insiste en mantener beneficios tributarios
para quienes tienen capacidad de pago sobrante, si el gasto bélico
sigue siendo intenso y la seguridad social no puede ser sostenida
con un menor número de contribuyentes.
Finalmente, a la luz de la experiencia electoral del 2000 y el 2004,
los norteamericanos deben pensar seriamente en rediseñar
su sistema electoral. El desorden actual promovido por la ausencia
completa de estándares mínimos de observancia nacional
genera incertidumbre en propios y extraños. La primera potencia
democrática del mundo puede hacerlo mejor.
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