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EDITORIAL
Latinoamérica y las elecciones norteamericanas
Si, como se dice, América Latina no tiene mayor importancia
para los Estados Unidos, ¿por qué los latinoamericanos
deberíamos preocuparnos por la elecciones norteamericanas
cuando, salvo por el tema migratorio, la región ha sido excluida
de los debates entre los señores Bush y Kerry?
La respuesta indiferente puede tener sólo razón
protocolar. Pero ninguna si la seguridad ha monopolizado el debate
y la posición de la superpotencia sobre el tema no cambiará
sustancialmente independientemente de quién gane. En estas
circunstancias el interés nacional obliga a los latinoamericanos
a optar entre una mayor cooperación con los Estados Unidos
y asegurarnos un rol influyente en un campo en el que sí
podemos hacer una diferencia –la lucha contra el “terrorismo
global”-, afirmar a la tendencia a la neutralidad regional
(de la que escapan Brasil, México y Colombia) en conflictos
definitorios del destino mundial o atrincherarnos en un antinorteamericanismo
“a la” cubana.
La opción es especialmente urgente para los países
andinos que son amenazados por el terrorismo y el narcotráfico.
Pero también lo es para Brasil y Chile que han sido designados
por el señor Kerry como interlocutores privilegiados en la
región y que ya lo son, junto con Colombia, en los hechos,
para el señor Bush. O para México donde la frontera
del río Grande ha adquirido un status estratégico
superior al definido por sus migrantes. O para Haití, como
Estado inviable. O para Cuba, cuyo cambio de régimen se aproxima.
O para Venezuela, cuyo presidente ha teñido de castrismo
antiyanqui su revolución bolivariana. O para el sistema interamericano,
cuyo régimen de seguridad colectiva no acaba de definirse.
La mayoría optará por la cooperación y los
menos por el antinorteamericanismo estéril pero ninguno por
la indiferencia.
Si, de otro lado, lo que interesa es la relación económica
con Estados Unidos, la preocupación por el resultado electoral
–no la indiferencia- variará en la región dependiendo
de cuánto dependa las economías nacionales de ese
mercado. Ciertamente mexicanos y centroamericanos estarán
tremendamente preocupados porque entre el 80 y 85% de sus exportaciones
(México) dependen del mercado norteamericano y de tratados
de libre comercio que el señor Bush desea mantener y el señor
Kerry revisar especialmente en el campo de los estándares
laborales. Los andinos no estarán menos preocupados dado
que el TLC se ha planteando como la alternativa a al ATPDEA. Y en
el MERCOSUR, los brasileños –codirectores del proceso
ALCA y adalides del antiproteccionismo- no podrán ser neutrales
frente a las posiciones más o menos liberales de los señores
Kerry y Bush aunque la región no haya sido mencionada en
la campaña. Por lo demás, Estados Unidos no está
en posición de ignorar una región a la que exporta
US$ 142 mil millones (2003) y en la que es inversionista principal
(aunque con una preocupante tendencia a la baja).
Finalmente, en lugar de replantear la queja sobre la indiferencia
norteamericana, los latinoamericanos deberíamos definir una
visión del rol norteamericano en la región. Entonces
quizás podríamos proponerla para los debates electorales
del 2008.
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