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EDITORIAL
Inserción y competencia
La reiteración de viejos temas en las agendas colectivas
puede obedecer a tendencias inerciales o a su recurrente importancia.
Esperamos que la preocupación empresarial por la inserción
y la competencia que convoca al CADE este año obedezca a
este último factor y que, en consecuencia, aquellos temas
sean enfocados en su dimensión histórica, su carácter
multidimensional y su proyección perfectible.
Al respecto se debe recordar que la preocupación por la
inserción internacional del Perú fue secuestrada por
el fujimorismo y propuesta tras el señuelo de una innovación
que debía ser contrastada con la decadencia del gobierno
aprista y la perversidad del modelo de sustitución de importaciones.
Enmarcada en ese leit motiv, la apertura económica y la denominada
revolución neoliberal fueron planteadas como un nuevo catecismo
antes que como un requerimiento de la evolución del sistema
internacional. La exigencia ideológica de este planteamiento
ocupó la atención gubernamental y empresarial al punto
que, en el marco de la lucha antiterrorista, reclamó un golpe
de Estado y la instalación de un gobierno autoritario para
imponerlo.
En ese ambiente la “reinserción” externa se
interpretó sólo en su radical dimensión comercial
y financiera al tiempo que se la implementaba unilateralmente. Con
absoluta imprudencia, los peruanos fuimos expuestos al skock que
Fujimori había prometido evitar incrementando fuertemente
el costo de adecuación de los agentes económicos,
descapitalizando al Estado y exacerbando las condiciones excluyentes
del “modelo”.
La “inserción” comercial (la apertura no negociada
en la OMC) y financiera (el acceso al crédito a cambio de
la reanundación del adecuado serviciode la deuda) se produjo,
pero a costa de la merma del sector industrial y del gran empresariado
nacional, del descontrol del proceso privatizador cuyos ingresos
permitieron crecimiento sin adecuados fundamentos de ahorro, inversión
y empleo y de incremento del sector informal cuyos agentes encontraron
cada vez más barreras de entrada al mercado cuando debió
suceder lo contrario.
Si el resultado fue una precaria adecuación al nuevo escenario
económico, el costo que pagó la ciudadanía
por unas políticas y gestión publica cuestionables
fue desmesurado en tanto creó un clima apropiado para algunos
pero desfavorable para las mayorías. Éste se reflejó
en la pérdida de valores cohesionadores básicos –como
la noción del bien común- y hasta de los fundamentos
del mercado –la adecuada relación entre capital y trabajo-.
Sin embargo, los agentes económicos y ciudadanos no han cejado
en su esfuerzo de adaptación a las nuevas circunastancias
de la mal denominada “globalización”.
El proceso de “reinserción” y sus fundamentalistas
ejecutores tuvo además costos intangibles adicionales como
el “blanqueo” del pasado que, como saben los contadores,
se registra en el pasivo. En efecto, se desconoció que el
Perú inició, con la Conquista, su inserción
al “mundo” desde los albores del mercado capitalista.
Occidente es nuestro ámbito desde el siglo XVI organizado
política y militarmente por el imperio español, culturalmente
por el catolicismo y económicamente por la especialización
en la producción de materias primas. Estas formas de relación
con el “mundo” cambiaron de forma a lo largo de cinco
siglos pero los lazos sustantivos de interdependencia se mantuvieron.
Es más, en el proceso evolutivo de la inserción
occidental, la interdependencia se organizó en diferentes
“modelos”, uno de los cuales fue, en el siglo XX, el
de sustitución de importaciones. La ideología neoliberal
lo atribuye, con perversidad, a América Latina olvidándose
que el proceso de reconstrucción de la postgerra empleó
ese modelo en Europa, Japón, los países nórdicos
y el sudeste asiático, todos ellos considerados como legítimas
referencias contemporáneas. El problema con nuestra región
es que el “modelo” se ideologizó a través
de la teoría de la dependencia en un contexto de fuerte descontento
popular. En consecuencia, y al margen de sus razones, se ilegitimó
y fue ilegitimado.
En ese proceso, el hecho relevante es que la región creció
en la década de los 50 y 60 más que en las décadas
siguientes. Aunque fue víctima de sus propias fuerzas centrípetas,
los gobiernos “razonables” de la época no fueron
ayudados desde el exterior en la medida en que lo fueron asiáticos
y europeos.
En consecuencia, la reforma neoliberal –y la “reinserción”-
se impuso coercitivamente en Chile con Pinochet o en México
a propósito de la crisis de la deuda, para señalar
sólo a dos de los países cuyos jefes de Estados nos
visitan. Colombia en cambio transitó con relativa estabilidad
por una economía gradualista que, sin embargo, pagó
el precio de dejar crecer la subvsersión y el narcotráfico.
Hoy, en la fase post neoliberal, nuestros problemas de competencia
son menos producto de nuestra inserción occidental que de
los términos de la misma. Seguimos exportando predominantemente
materias primas y a pesar del proceso integrador, no hemos generado
aún condiciones internas de competitividad y productividad
suficientes. Ello nos sigue planteando el viejo desafío del
desarrollo (hoy escabullido por el combate de la pobreza) en términos
de acumulación de capital, adecuación tecnológica
y diversificación de exportaciones.
A ello se agrega el requerimiento de una inserción compleja
que debe definirse en términos de seguridad (mayor participación
en los esquemas de seguridad colectiva), políticos (consolidación
de la democracia), sociales (mejor distribución de la riqueza
y racionalización de los flujos migratorios) y económicos
(crecimiento sostenido con equidad, acumulación, innovación
tecnológica y mejor interdependencia) y de un viejo reto:
la competencia con el Asia que, por más de una generación,
sigue concentrando el crecimiento, la inversión, el comercio
y la atención estratégica en el mundo en desarrollo.
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