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EDITORIAL
Guerra, democracia y elecciones
Si como lo quería Clausewitz, la guerra es una función
de la política, y si la política se expresa hoy en
el ejercicio democrático, entonces la democracia es una función
de la guerra. Si no fuera porque los neoconservadores norteamericanos
son en realidad liberales radicales del siglo XXI, aquella afirmación
“realista” del siglo XIX sería interesante para
evaluar los procesos electorales que se llevarán a cabo en
Estados Unidos e Irak y el ya celebrado en Afganistán. Es
más, se podría aducir al respecto que, aunque los
tiempos son distintos, la interacción de estos planteamientos
“realistas” y liberales adquieren algún fundamento
en el actual contexto bélico. Kant estaría de acuerdo
en tanto esa interacción se orienta eventualmente a la ampliación
de la comunidad democrática de naciones.
Ciertamente la democracia norteamericana es anterior a la guerra
(aunque se conquistó a través de ella). En consecuencia,
Clausewitz le puede ser ajeno. Pero en los escenarios iraquí
y afgano donde se llevan a cabo beligerantes procesos de reconstrucción
nacional, el mecanismo democrático (por definición
liberal) posibilitado por la guerra (“a la” Clausewitz)
es el instrumento con que se intenta organizar al actor estatal.
Retóricamente o no, a ello conduce hoy la lucha contra el
terrorismo, contra un poseedor de armas de destrucción masiva
que no las tenía y contra la inestabilidad en esa parte del
Asia. En esta perspectiva se puede afirmar que el proceso democrático
tiene la doble función de confirmar a una entidad democrática
sustantiva y, a la vez, de organizar a otra menores en un contexto
bélico que es fundamental al respecto.
Este es el marco que identifica y distingue a norteamericanos
de iraquíes y afganos en estos días electorales. Como
es evidente, para Estados Undidos, el encuadre bélico de
la democracia no es novedoso si a lo largo de la Guerra Fría
el concepto estratégico a defender fue el de la democracia
bajo amenaza. Por lo demás, descontando la primera Guerra
Mundial, la superpotencia ha llevado a cabo definitorios procesos
electorales en las inmediaciones de la guerra o durante su transcurso
(la Segunda Guerra mundial, Corea, Viet Nam). A pesar de la gravedad
de los acontecimientos bélicos, el liderazgo se puso en juego
en esas circunstancias sin que la superpotencia democrática
alterara nunca sus procesos ni cronograma constitucionales.
Sin embargo, en ningún caso, salvo durante la guerra de
Viet Nam, el liderazgo ha sido tan disputado y la ciudadanía
ha estado tan dividida como hoy. La confianza en la sobrevivencia
nacional a través de la consolidación del comando
y de la cohesión nacional –elementos fundamentales
de la razón de Estado y de la victoria- fue siempre consecuente
con la democracia en Estados Unidos. Cuando pareció no serlo,
como en Viet Nam, Estados Unidos no prevaleció.
De allí que los recientes debates electorales norteamericanos,
de índole clausewitziano por la prevalencia en ellos del
conflicto iraquí, nos hayan parecido, por divisivos, imprudentes.
Si el liderazgo es abiertamente disputado en medio de una guerra
cuya legitimidad es cuestionada por buena parte de la comunidad
internacional y genera fragmentación interna, el debate pugnaz
no hace sino debilitar más al Estado. Y si la razón
formalmente esgrimida para llevarlo a cabo –la posesión
de armas de destrucción masiva por el adversario se ha probado
errada y maleable- es parte central del debate sin que los adversarios
logren fijar el casus beli, la cohesión nacional requerida
para tener éxito al menor costo posible se ha deteriorado
aún más. Este autodebilitamiento políticamente
inadmisible en sistemas no democráticos está siendo
democráticamente sufragado por los norteamericanos.
No obstante ello, estos costos han sido reducidos por los candidatos
por la sencilla razón de que ninguno de los dos ha propuesto
la retirada de escenario bélico sin haber logrado los objetivos
nacionales. Y si se trata de tomar partido por el candidato a la
reelección más ceñido al “unilateralismo”,
debe destacarse que el presidente Bush ha hecho enfático
recuento de su recurso a la ONU, a las alianzas ad hoc e institucionales
y a la diplomacia aunque no haya puesto en ello el empeño
requerido. Y, si de otro lado, se prefiere al opositor “multilateralista”,
debe recordarse que el señor Kerry dejó en claro que
si bien reclamaría más insistentemente el concurso
de las alianzas tradicionales y de la ONU, de ninguna manera sometería
una decisón bélica a un eventual veto (del Consejo
de Seguridad se entiende) ni renunciaría al ataque preventivo.
La relativa similitud de aproximaciones al interés nacional
implícito en la guerra reduce el costo de su contencioso
debate público.
La diferencia en este punto es entonces de estilos, de empleo
del instrumental disponible y, en la percepción colectiva,
de credibilidad personal. Desde la perspectiva interna norteamericana,
este último es una factor divisivo insalvable dada la fragmentación
existente en el electorado norteamericano. En consecuencia, aunque
la calidad moral del liderazgo esté en ejuego, lo importante
será la eficacia de su ejercicio en un contexto interno fragmentado.
Y si en el ámbito externo, el factor credibilidad quiere
ser resuelto por las encuestas señalando una preferencia
por el señor Kerry, debe recordarse éstas no han tenido
en cuenta que esa preferencia no es una alternativa por el pacifismo
ni mucho menos contempla la violación de la obligación
de la comunidad internacional de prestar la asistencia requerida
para lograr la seguridad y estabilidad en el escenario bélico
(Resolución 1546 en el caso iraquí) en la que algunos
están incurriendo.
En consecuencia, si el factor credibilidad depende hoy menos de
lo que se cree de la persona a cargo del liderazgo, lo que interesa
en este punto es la recuperación de la credibilidad del Estado
norteamericano en tanto líder de la seguridad colectiva a
la luz del fracaso de su sistema de inteligencia en el suministro
de información vital antes que la posición de cada
candidato sobre la racionalidad de la guerra (que ambos compartieron,
incluso en el error). En tanto la elección norteamericana
servirá acá para relegitimar ese liderazgo y ofrecer
una oportunidad para “refrescarlo”, el ejercicio democrático
servirá más para fortalecer al Estado y, en consecuencia,
conducir mejor la guerra y ganar la paz, no para perderla.
En Afganistán, de otro lado, el proceso electoral recién
realizado no se ha llevado a cabo para atribuir plena calidad democrática
a un actor precario en el marco de una guerra sino para lograr cohesión
nacional y estabilidad en una unidad política que lucha por
su reemergencia. Lo valorable es el proceso electoral, no una democracia,
que contribuye a la reconstrucción de un Estado hasta ahora
inviable sin apoyo externo. Es más, lo extraordinario de
ese proceso no ha sido su transparencia o su fiablidad sino que
éste haya sido considerado por la comunidad internacional
(la OSCE, la ONU) como legítimo por la dimensión de
su concurrencia. A pesar de la evidencia de irregularidades (participantes
con documentos fraguados, padrones electorales inventados, votos
comprometidos por señores de la guerra), casi nadie ha calificado
el proceso como fraudulento y casi todos como útil.
El empleo de los mecanismos democráticos para lograr la
cohesión de un escenario fragmentado (el presidente afgano
y las fuerzas norteamericanas y de la OTAN controlan apenas Kabul
y una periferia restringida; la economía está dominada
por el narcotráfico; y los señores de la guerra, entre
ellos algunos talibanes, controlan aún partes sustantiva
del territorio) tendrá esa utilidad con una calidad adicional:
marcará el tipo de Estado que emergerá luego como
diferente del totalitario pre-existente. Por ello el proceso electoral
ha marcado un punto de inflexión reforzado por haber sido
el primero en la historia de ese país y por el esfuerzo de
la ciudadanía que ha decido acudir masivamente desafiando
riesgos y tradiciones. En tanto una nueva entidad democrática
está naciendo en el Asia –y su existencia no está,
en lo sustancial, asegurada-, las democracias occidentales que avalaron
la intervención en Afganistán, no podrán abandonarlo
sin traicionarse a sí mismas (que es lo que algunos gobiernos
occidentales, inadevetidamente o no, pretenden hacer).
Si, en tiempos de guerra, una elección consolida al Estado
democrático como actor bélico o contribuye a la organización
de Estados sin previa experiencia democrática, ciertamente
la democracia adquiere un carácter instrumental que es necesario
valorar por sus propios méritos antes que en función
de un modelo ideal seriamente complicado por las circunstancias.
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