|
EDITORIAL
Crecimiento y vulnerabilidad económica globales
El precio del petróleo puede sobrepasar escandalosamente
los US$ 53, los temas de seguridad recuperar contenciosa prioridad
en las principales potencias y la mitad de la población mundial
sostenerse con US$ 2 diarios, pero el crecimiento global de este
año (5%) es considerado extraordinariamente sólido
por todos los organismos mulilaterales. Y aunque la tendencia a
la desceleración se inició en el segundo trimestre,
el crecimiento del 2005 aún se proyecta fuerte (4.3%, según
el FMI). Es claro que hay razón para el optimismo general,
pero una cauta visión macro y una predisposición correctiva
de los fuertes desequilibrios estructurales en la denominada economía
global sería más razonable.
Por lo demás, si América Latina se beneficia de esta
recuperación con una perfomance de 4.6% este año y
3.6% el próximo, el optimismo institucional parece fundado.
Especialmente si se reporta que la región participa no como
un mero receptor de bienestar sino como un dinámico acompañante
del crecimiento global que encuentra en Estados Unidos (3.6% este
año y 2.9% el próximo) al verdadero motor junto con
China (que crecerá 9% este año y 7.5% el 2005) y el
Japón (que con 4.4% este año ha dejado atrás
la deflación de una década). La Unión Europea,
con 2.6% y a pesar del volumen de su mercado, no participa en la
generación del efecto de arrastre (y, con 2.5%, tampoco lo
haría el próximo año ).
La perfomance exportadora regional constituye este año
la dinámica articuladora principal con la expansión
económica general. Efectivamente, con el comercio global
creciendo 8.8% el 2004 (y 7.2% el 2005) América Latina forma
parte de los países en desarrollo que contribuyen, con una
tasa de 12.8%, a ese fuerte dinamismo (FMI). Desde la perspectiva
regional (9% según CEPAL), el dinamismo comercial es impulsado
principalmente por las exportaciones a Estados Unidos y la China,
pero también por el comercio intraregional (16.2% este año).
Este incremento es apuntalado por el incremento del consumo (1.9%),
la inversión (1.3%) y la demanda (4.4%) regionales.
Pero así como el ámbito global no es uniforme, los
desequilibrios estructurales no se distribuyen sólo entre
países desarrollados y en desarrollo. En efecto, el ámbito
regional (o geográfico) es un factor estructural crecientemente
evaluado. Y en él, el Asia es un escenario determinante de
la perfomance global. Mientras la Unión Europea mantiene
un dinamismo casi inercial, el Asia del Sur y del Este viene creciendo
desde hace unas décadas a tasas que originalmente definían
el comportamiento de los NICs pero que hoy son determinadas por
potencias continentales emergentes como China (9% el 2004 y 7.5%
el 2005) e India (6.4% y 6.7%, respectivamente). A esas tasas, esas
economías nacionales superarán la dimensión
de los mercados alemán o francés en las próximas
tres o cuatro décadas (alterando la estructura de la economía
global) mientras que su dinámica actual concentra extraordinariamente
el crecimiento.
Ello se refleja en el comercio exterior (se trata de potencias
progresivamente superavitarias), en el mercado de capitales (la
China, como Japón, en tanto importante comprador de bonos
del Tesoro es uno de los financistas principales de la balanza de
pagos norteamericana) y en los flujos de inversión extranjera
(mientras que el FDI ha caído sostenidamente en América
Latina desde 1999 si se tiene en cuenta un ciclo corto, éste
se concentra crecientemente en el Asia junto con la inversión
bursátil en mercados emergentes ). He allí un adicional
desequilibrio geoeconómico del mercado global (que los economistas
preferirían atribuir sólo a diferencias de competitividad)
que se traduce en el deterioro constante del mercado latinoamericano
desde la década de los 70s. Y, teniendo en cuenta, el ritmo
de crecimiento chino y el peso de su economía, el desequilibrio
genera una vulnerabilidad latinoamericana cuya sensitividad se incrementarse
en la perspectiva de un eventual shock negativo si esa economía
asiática se desacelera fuertemente una vez que el ciclo expansivo
haya pasado.
En la perspectiva general de las vulnerabilidades, el crecimiento
global ha alterado la balanza de riesgos hacia el lado negativo
(FMI). Entre los factores más visibles se identifica el altísimo
precio del petróleo que casi ha duplicado la banda de US$
22-US$ 28 establecida por la OPEP a finales del año pasado
y cuyo impacto en el producto global compromete 0.6% de éste
por cada US$ 10 de incremento (The Economist). La desacelarción
del crecimiento global está claramente comprometida por este
“boom” de precios que sólo beneficia a productores
y exportadores, por lo demás, geográficamente concentrados.
Al respecto debe decirse, sin embargo, que los altos precios de
los “commodities”, de los que se benfician fuertemente
los demás exportadores de países en desarrollo, provienen,
aunque menos que el petróleo, de un incremento de la demanda
pero también de un volátil contenido especualdor.
No obstante estas vulnerabilidades, la principal es la que genera
la economía norteamericana como motor del crecimiento global.
En efecto, la dimensión deficitaria de la superpotencia es
insostenible tanto en su dimensión fiscal (alrededor de US$
de 420 mil millones que compromete 3.6% del PBI) como comercial
(ahora cercano a US$ 500 mil millones pero proyectable a US$ 600
mil millones, implicando más de 5% del PBI si no se hace
nada).
Más aún, la vulnerabilidad proviene también
de las necesarias políticas correctivas de esos desequilibrios.
La progresión del incremento de las tasas de interés
norteamericanas es una de ellas. Y ésta sólo ha empezado
si se considera que los candidatos a la presidencia de los Estados
Unidos se han comprometido a la reducción sustantiva del
déficit aplicando políticas fiscales y monetarias
(aunque sea improbable una reducción del 50% en 4 años
como alguno ha prometido). El impacto que ello tendrá en
la restricción de la demanda norteamericana multiplicará
el servicio de la deuda de los países en desarrollo (encareciéndola
en el pago e incrementando su peso en el PBI) y restingirá
el consumo en los Estados Unidos. Esto último tenderá
a reducir su propensión a importar. Si el motor del crecimiento
latinoamericano son las exportaciones, éstas podrán
verse afectadas por una disminución de la demanda norteamericana.
En el ámbito regional, debe considerarse además
el impacto que la desaceleración tendrá en el financiamiento
externo en términos de acceso al crédito y a la inversión
extranjera (una interrrogante a este respecto, como en el comercial,
consiste en evaluar la capacidad del TLC para atenuar ese efecto).
Ello podría reflejarse también en una disminución
de las remesas hacia nuestros países que, siendo superiores
hoy a la inversión extranjera, compromete alrededor del 2%
del PBI regional (CEPAL).
Estas vulnerabilidades deben ser evaluadas también por
su impacto en el empleo teniendo en cuenta que el alto crecimiento
regional del 2004 no ha disminuido sustantivamente los altos índices
de desocupación en el año (de 10.5% en el 2003, éste
sólo ha descendido ahora a 10.3%, según la CEPAL).
Si bien el optimismo que suscita un crecimiento aún vigoroso
el próximo año es sensato, los países latinoamericanos
deben evaluar bien las políticas que tendrán que adoptar
para atenuar los efectos de la desaceleración. Es más,
mientras que ello ocurre no podrá dejarse de considerar las
medidas requeridas para confrontar los desequilibrios estructurales
de la denominada economía global. A estos efectos, la UNCTAD
sugiere la “coherencia” sistémica (la articulación
de los diversosos regímenes que conforman el sistema económico
internacional). Pero ésta es sólo una alternativa
quizás insuficente para promover la rearticulación
de los factores hoy desvinculados por los efectos “desconstructivos”
de la denominada globalización.
El Editor (ADC) |