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EDITORIAL
USA: mucho debate, poca diferencia
A pesar de la bruma estratégica que envolvió el debate
electoral norteamericano se puede concluir que la disposición
de los candidatos a lograr el objetivo bélico en Irak y a
proseguir la lucha antiterrorista no está en cuestión.
Independientemente de quién gane la elección Estados
Unidos no se retirará de Irak sin lograr una verosímil
reinstitucionalización democrática hacia fines del
2005 ni dejará de perseguir al radicalismo islámico.
Pero también queda claro que la eficacia de ese logro dependerá
ya no de cuánta cohesión nacional se disponga (la
opinión pública está gravemente fracturada)
sino de cuán manejable sea la división interna y cuánta
convocatoria externa pueda lograr el próximo presidente a
partir de fines de enero del próximo año.
Sin embargo, si es cierto que la esencia de la democracia –la
contienda electoral entre propuestas o intereses divergentes- se
ha mostrado en Estados Unidos en todo su mediático esplendor,
la exacerbación de la falta de consenso doméstico
estimulado por la polémica sólo puede despertar intranquilidad
externa. En efecto, los aliados o antagonistas de la primer potencia
pueden estar de acuerdo o no sobre la racionalidad de la acción
bélica en Irak, pero para ambos grupos la incertidumbre que
despierta el disenso interno despierta dudas sobre la orientación
del liderazgo y la asignación de los recursos norteamericanos
(¿menos o más recursos para la guerra?; ¿ mayor
o menor diposición para restablecer el equilibrio económico
norteamericano?; ¿mayor o menor compromiso con el desarrollo
en los países menores?) y dudas sistémicas (¿la
superpotencia unipolar tiene la capcidad hegemónica para
establecer un orden básico en un escenario regional?) Más
allá de la respuesta, la duda despertará nuevas tendencias
centrífugas concentradas en la percepción de que el
tránsito hacia un nuevo orden antes que la consolidación
del existente, está apurando el ritmo. En este caso, el viejo
debate sobre la eficacia del poder militar norteamericano como diferente
de su potencial se pondrá, como en Viet Nam, nuevamente sobre
el escenario.
Por ello es que las divagaciones sobre si el señor Bush
enfatiza la exhibición de convicciones y principios, mientras
que señor Kerry resultados y procesos (The Economist, The
New York Times) como condiciones del liderazgo norteamericano puede
parecer marginal. Más aún cuando ninguno de los candidatos
ha puesto en debate la fuente de tanto desentendimiento sobre la
guerra: la calidad de la inteligencia de que ambos dispusieron y
por qué aquélla erró tanto sobre la posesión
de armas de destrucción masiva por el régimen de Hussein
(el fudamento del casus beli). Ninguno de los candidatos prefirió
pronunciarse sobr esta falla estructural del sistema de seguridad
colectiva global (la ONU, sus resoluciones y las hipótesis
de sus miembros basadas en el supuesto generalizado de la existencia
d esas armas) y el de la única superpotencia (cuyos responsables
han renunciado bañados en agua de malvas).
Sobre el punto, la aproximación más cercana a este
problema crucial fue la aseveración del señor Bush
de que tanto él como su contrincante dispusieron de la “misma
inteligencia” (y en base a ello el señor Kerry votó
a favor del uso de la fuerza) y la afirmación del señor
Kerry de que tal decisión debía medirse por el rasero
de quién se equivocó menos (el que acompañó
con el voto al Presidente o el Presidente que tomó la decisión
final de ir a la guerra). De allí que los reclamos que muchos
hemos realizado sobre la necesidad norteamericana de recuperar con
urgencia la credibilidad y legitimidad de su acción política
no se satisfagan sólo atendiendo a las virtudes del “mejor
candidato” (cuestión siempre subjetiva), sino corrigiendo
el sistema de inteligencia global (en la ONU) y nacional (en Estados
Unidos) y fortaleciendo verosímilmente las instituciones
que la producen con el aval de los Jefes de Estado. Y sobre este
asunto, que concierne a todos, los candidatos no han dicho nada.
Al no hacerlo, el problema de seguridad que ellos han preferido
enfatizar sólo se reduce a quién puede usar mejor
el poder cuando la eficacia de una de sus expresiones, la fuerza,
está en duda.
Sobre este tema, sin embargo, el debate ha sido esclarecedor.
Para ambos candidatos, en mayor o menor grado, el sistema multilateral
sigue siendo importante (aunque para el señor Bush la ONU
no cumple con sus propias Resoluciones), la guerra es un instrumento
de última instancia (orden, que según el señor
Kerry ha sido invertido), la guerra preventiva es una práctica
y un derecho (ambos coinciden en esto), la necesidad de aliados
es fundamental (para el señor Kerry ello implica una efectiva
distribución de costos, para el señor Bush una honrosa
demostración de apoyo), la diplomacia sigue siendo un instrumento
fundamental de política seguridad (para el señor Bush
fracasó en Irak, pero no en Corea del Norte; para el señor
Kerry se equivocó en ambos escenarios) y la discusión
sobre el uso de la fuerza depende de las necesidades y circunstancias
(el señor Bush prefirió una fuerza suficiente en lugar
de una fuerza abrumadora mientras el señor Kerry prefiere
un adecuado planeamiento que el señor Bush afirma que sí
existió).
En este ámbito, ninguno de los dos candidatos enfatizó
otro punto central: si la discusión sobre la legalidad del
uso de la fuerza para iniciar la guerra en Irak puede estar en cuestión
(asunto debatible), la legalidad de la situación presente
es irrebatible en tanto está regida por Resolución
1546 del Consejo de Seguridad que establece un cronograma para la
reinstitucionalización de ese país, llama a los Estados
miembros a cooperar en el empeño, encarga a las fuerzas interventoras
–a través de la solicitud del gobierno iraquí-
la adopción de todas las medidas necesarias para establecer
el orden y la seguridad en el área y promueve un rol fundamental
par la ONU en el proceso.
Por lo demás, es muy significativo que el debate sobre
política exterior se limitara al tema de seguridad y más
específicamente al caso Irak, del terrorismo y la no proliferación.
Aunque a la luz de las circunstancias ésto es explicable,
establece claramente cuáles serán las prioridades
de la próxima administración. La guerra contra las
organizaciones terroristas de alcance global continuará,
como debe ser. Para ello efectivamente se requerirá de la
cooperación de todos los Estados, especialmente de los más
afectados (como el Perú, que debe concurrir más activa
y visiblemente). Pero la postergación de los problemas de
desarrollo, que retroalimentan los problemas de seguridad, sería
un error mayúsculo de la primera potencia. El presidente
del Banco Mundial, el señor Wolfenson, acaba de hacerlo saber.
Pero los candidatos parecen entender que este tema no acarrea votos.
Al sugerirlo se están olvidando peligrosamente del resto
del mundo.
El Editor (ADC) |