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EDITORIAL
El Perú y el Consejo de Seguridad de la ONU
Luego de que el Perú fuera electo por primera vez como miembro
no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU hace casi 50 años
(1955) y 20 años después de que lo fuera por última
vez (1985), es posible que vuelva a serlo para el período
2006-2007.
En efecto, la candidatura de nuestro país a uno de los
10 sitios disponibles entre los 15 que conforman esa alta instancia
mundial (5 son permanentes) ya ha sido oficialmente propuesta. Los
países andinos han avalado esa candidatura. A ese respaldo
se han sumado ya los miembros del CARICOM (los países del
Caribe), una mayoría de centroamericanos, Sudáfrica
y Rusia, entre otros. Salvo por algún grave imponderable
(quizás interno), es muy probable que el Perú vuelva
a ocupar uno de los dos sitios que normalmente corresponden a América
Latina en el Consejo.
Aunque la membresía no permanente a este foro está
ligada a factores de poder, lo está también a criterios
de representatividad y de rotación. En lo que toca a América
Latina, han formado parte del Consejo desde Brasil y México
(los primeros latinoamericanos en 1946) hasta Bolivia y Honduras
pasando por Argentina, Chile, Colombia, Venezuela y Ecuador.
De allí que el cargo implique tanto la responsabilidad
de tomar decisiones que influyen de manera vinculante en la paz
y seguridad internacionales como la representación de una
región a la que sus países acuden para canalizar intereses
y opiniones. Tamaño encargo requiere, en consecuencia, solvencia
política y moral reconocidas especialmente durante el tiempo
de su ejercicio. En tanto es ésta una responsabilidad de
Estado, corresponde a todos los peruanos lograr para esa fecha cotas
razonables de cohesión interna y de inserción externa
que hoy nos son esquivas.
Especialmente si hacia el 2006 la ONU probablemente estará
inmersa un proceso de reforma política e institucional y
el escenario internacional se habrá complicado bastante.
Si hoy ya el mundo superó la etapa de las expectativas más
optimistas de la post-Guerra Fría dentro de dos años
quizás se encuentre en una fase de transición aún
más compleja que la presente.
Aunque el proceso de reforma institucional de la ONU está
planteado desde hace más de una década, la ampliación
del Consejo de Seguridad hacia el 2006 podría ingresar a
una etapa operativa para la que, hasta hoy, carece de criterios
universalmente aceptados. Es más, si el Consejo de Seguridad
no es una entidad democrática ni uniforme –el estamento
que conforman los cinco miembros permanentes con derecho a veto
describe más bien una organización oligárquica
que sigue reconociendo a los vencedores de la Segunda Guerra mundial-
la incorporación de otros miembros permanentes con el propósito
de volverlo más representativo no los hará menos jerárquico.
A la luz de la magnitud de poder que ostentan los nuevos candidatos,
la jerarquía quizás estará mejor distribuida
pero a costa de sofisticar la dimensión estamental del Consejo.
Y lo será porque el Consejo pretende para sus miembros permanentes
un status correspondiente a las potencias que pertenecen la estructura
del sistema internacional (a diferencia de las que se ubican en
su periferia). En efecto, nadie puede dudar de las calidades de
gran potencia que ostentan Japón y Alemania aunque no lo
sean en el ámbito militar (Japón, sin embargo, es
el Estado que más gasta en seguridad después de Estados
Unidos). Y aunque tampoco puede dudarse de la calidad de medianas
potencias, potencias regionales o potencias emergentes con que se
reconoce a la India y el Brasil en los ámbitos territorial,
demográfico, tecnológico, económico y militar.
Ese status quiere ser explícitamente reconocido.
Precisamente por ello, existe oposición a que estos candidatos
sean los únicos. Pakistán no desea perder paridad
frente a la India, ni Argentina o México frente al Brasil.
Y por alguna razón, la candidatura alemana no tiene el pleno
respaldo de todos sus pares europeos ni la japonesa de todos los
asiáticos. Aunque nos encontremos en un sistema unipolar,
la competencia por el reconocimiento del status de miembro permanente
del Consejo de Seguridad implica una lucha por la redistribución
del poder mundial. El Perú no podrá acceder a ese
status, pero hacia el 2006 quizás le toque decidir sobre
cómo proceden los demás para lograrlo.
Por lo demás, quizás hacia esa fecha los presagios
multipolares de algunos adquieran alguna realidad tanto por el incremento
del poder de ciertas potencias como por la erosión del actual
sistema. Algunos indicadores, como la decisión de Rusia de
fortalecerse y recuperar autoridad central, las reclamación
de compensaciones polacas por los daños sufridos durante
la Segunda Guerra Mundial, las dificultades alemanas para consolidar
su unificación, la redefinición de los términos
de la seguridad japonesa frente al incremento de la capacidad china,
entre otras preocupaciones, ya indican ese huella. El Perú
tendrá que contribuir con su voto cuando el reordenamiento
del poder lo reclame.
Los mismo ocurrirá en el ámbito de la solución
de conflictos cuya dimensión intraestatal quizás tenderá
a incrementarse especialmente cuando la economía mundial,
hacia el 2006, probablemente ingrese a un ciclo de bajo crecimiento.
Y en ese contexto, quizás, también tendrá que
decidir sobre los requerimientos de Estados y sociedades que la
denominada “globalización” excluye profundizando
el subdesarrollo y la pobreza aunque estos temas correspondan al
ámbito de la Asamblea General.
Antes que festejar por adelantado, de aquí al 2006 la diplomacia
peruana deberá fortalecerse para hacer frente a tamañas
responsabilidades.
El Editor (ADC) |