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EDITORIAL
En vísperas de un centenario sensible
La interacción de políticas y actitudes fragmentadoras
quisiera llevar la relación peruano-boliviana- chilena a
una nueva cota de tensión en las inmediaciones de una fecha
sensible.
En efecto, la continua presión social sobre la política
exterior boliviana, la innecesaria inflexibilidad de la respuesta
chilena, la perentoriedad a la que ha recurrido nuestra cancillería
para la formalización de la controversia marítima
y el deterioro casuístico de la relación boliviano-chilena
(desde el retiro del Cónsul chileno en La Paz hasta la tensión
comercial por una eventual alza de tarifas portuarias en Arica),
enrarecen el clima en que se celebrará el centenario del
tratado chileno-boliviano de 1904.
Este acuerdo, que terminó jurídicamente con la Guerra
del Pacífico y fijó las fronteras entre esos dos países,
estimula en Bolivia una cuestionable proclividad revisionista ligada
a su justo reclamo mediterráneo. Si el contexto de tensión
permanece, el 20 de octubre próximo podría marcar
un crítico punto de inflexión en la relación
trilateral.
Bajo estas circunstancias el requerimiento de estabilidad entre
nuestros países se ha incrementado. Así, Perú
y Chile quisieran fortalecer los canales diplomáticos para
el trato de los temas sensibles y evolucionar hacia la negociación
de un TLC bilateral mientras el sector privado peruano incursiona
en Arica. Ello ocurre, sin embargo, en el contexto de reuniones
entre autoridades chilenas y bolivianas sobre las consecuencias
de la privatización en ese puerto y de una eventual consulta
peruano-boliviana para incrementar el comercio exterior boliviano
por Matarani e Ilo.
Es evidente que estas reacciones requieren de un marco sustentador
que no puede ser excluyentemente bilateral. Primero, Perú
y Chile deben apurar el tránsito más fluido de una
relación de competencia por el predominio en el Pacífico
sur suramericano hacia una de cooperación con equilibrio
militar y económico que constituya el eje de estabilidad
en la zona alrededor del cual el problema mediteráneo de
Bolivia encontrará mejor solución.
La historia de aproximación entre potencias que fueron rivales
históricos avala la propuesta. Si los términos de
la cooperación ruso-norteamericana pueden aparecer aquí
excesivo, allí está el ejemplo de Francia y Alemania
que, en 1963, suscribieron un acuerdo de cooperación política
definitorio del vínculo central en la Europa comunitaria.
Y el acuerdo brasileño-argentino de 1988 que revirtió
formalmente el antagonismo entre las partes y estableció
el vínculo indispensable para la organización del
MERCOSUR.
De otro lado, el gobierno boliviano boliviano debe bajar el tono
de su reclamo mediterráneo y el chileno predisponerse a retomar
el ofrecimiento de un diálogo sin condiciones como ocurrió
el 2000 en Algarbe. Por lo demás, la relación peruano-boliviana
debe concentrarse más en el cumplimiento de su propia agenda
enriquecida por acuerdos de integración física y energética
que involucren a la Primera Región chilena. La articulación
de una gran región fronteriza trilateral puede ser el eslabón
fundamental que contribuya a generar la interdependencia requerida
para solucionar problemas entre las partes. El centenario del tratado
de 1904 puede ser una buena ocasión para empezar.
El Editor (ADC) |