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EDITORIAL
Tendencias a la Ingobernabilidad en la ONU
La Asamblea General de la ONU ha inaugurado un nuevo período
de sesiones con diversos llamados de urgencia por los participantes
iniciales pero sin demasiado entendimiento entre ellos.
En efecto, mientras el Secretario General, Kofi Annan, ha concentrado
su atención en el requerimiento del respeto del derecho como
instancia fundamental del orden internacional e interno, el presidente
norteamericano ha urgido a reemprender esfuerzos en la lucha contra
el terrorismo y un grupo de países, a iniciativa brasileña,
han realizado un renovado llamado a la lucha contra el hambre y
al cumplimiento de los objetivos de la Cumbre del Milenio. La interrelación
entre estas prioridades, se dirá, radica en su complementariedad
implícita. Hubiera sido mejor, sin embargo, que ésta
fuera explícita para asegurarnos que el incremento de la
gobernabilidad global –o de su alternativa internacional-
es posible en las actuales circunstancias. Y ello no parece estar
ocurriendo.
No es razonable deducir al respecto irracionalidad o ignorancia
en los principales miembros del sistema internacional. Los requerimientos
de seguridad, legalidad y bienestar ciudadano son intereses colectivos
que no escapan a la atención de ningún gobernante
en tanto que de su satisfacción depende ya no el nuevo sentido
común universal de la post Guerra Fría sino los términos
de la propia supervivencia. Pero sí se puede colegir razonablemente
que la disparidad de prioridades propuestas en este foro es de una
naturaleza tal que muestra la vigencia de muy diferentes percepciones
sobre la urgencia de ciertos temas.
Esta conclusión no es una buena señal para los reclamos
de gobernabilidad global –o internacional-reclamada por casi
todos en tanto que el consenso básico que ésta requiere
no sólo no se hace ahora patente sino que la tendencia a
que cada representante estatal o institucional haga referencia preferencial
a su propia problemática parece haberse agudizado. En efecto,
los legítimos llamados norteamericanos contra el terrorismo,
los argentinos contra la inequidad (y la ineficiencia) financiera
del FMI, los bolivianos contra la injusticia de la persistencia
del problema de la mediterraneidad o los peruanos contra la impunidad
en el caso de la protección japonesa a Fujimori siguen revelando
una preocupación de los Estados por sus particulares puntos
de vista y problemas. ¿Es que no estamos en tiempos de globalización?
Pues no necesariamente como lo demuestra la tendencia que muestran
las listas de preferencias referidas. La interdependencia asimétrica,
que define mejor el ambiente internacional, sigue reportando la
primacía de los intereses nacionales e institucionales sobre
los globales. En la perspectiva norteamericana, por ejemplo, la
lucha contra el terrorismo sigue siendo propuesta como una iniciativa
de Estados Unidos antes que como una deber colectivo que deba cuajar
en amplia y efectiva convocatoria multilateral. Y en la del Secretario
General de la ONU, el llamado al estado de derecho no hace referencia
a la necesidad de legítima coacción internacional
que éste requiere –incluyendo el uso de la fuerza-,
ni al cumplimiento de las resoluciones del Consejo de Seguridad
cuya vulneración está en la base de varios conflictos,
ni a la legalidad actual de la acción de la coalición
en Irak otorgada por el propio Consejo de Seguridad. Los discursos
pronunciados al inicio de esta sesión de la Asamblea General
muestran que la preocupación global carece de consenso suficiente
y tiende a ser, para la mayoría, un elemento importante pero
referido de manera parcial y poco sofisticada.
Es más, cuando esa preocupación adquiere una cierta
masa crítica, ésta tiende a ser acompañada
de propuestas declarativas antes que de eficaces mecanismos implementadores.
Al respecto, la Declaración de Acciones contra el Hambre
adoptada en los prolegómenos de la Asamblea General es una
prueba manifiesta. Si bien esa Declaración revela una preocupación
real, se limita a reiterar los objetivos de anteriores conferencias
(en el caso de los Objetivos del Milenio, p.e., la reducción
al 50% de la pobreza y de la pobreza extrema para el 2015, de 2/3
partes de la mortalidad infantil y materna, la cobertura plena de
la educación primaria y la erradicación del hambre)
a través del comercio multilateral y equitativo y el incremento
de la asistencia al desarrollo (US$ 50 mil millones y el compromiso
de 0.1% del PBI de los países desarrollados). No hay al respecto,
sin embargo, ninguna iniciativa ejecutiva que no sea el replanteamiento
de “mecanismos financieros innovadores” (la reducción
del techo de la deuda para incrementar la inversión pública
y restringir la contabilidad del gasto) que, desde que fueron planteados
en el Grupo de Río, no encuentran aún engarce operativo
en las instituciones financiera multilaterales.
A falta de instituciones globales con poder organizador suficiente
en un contexto de erosión de la capacidad ordenadora de los
Estados menores y de la indisposición de los que ostentan
mayor poder, el orden internacional sigue dependiendo de un estamento
hegemónico flexible sin gran capacidad de gobernar el sistema.
De allí que lo que sostenga el orden sea, en muy buena cuenta,
la fortaleza de las interacciones entre los Estados y actores no
estatales y los principios con que éstas se rigen y menos
un superestructura internacional o el liderazgo de una potencia
hegemónica que, librando una guerra que sí tiene fundamento,
no encuentra el apoyo suficiente entre sus socios y ciudadanos.
De allí que el discurso del presidente Toledo, a pesar de
su falta de alcance operativo sea reconocible en tanto vincula los
problemas de inseguridad colectiva con sus fuentes económicas
(la pobreza de 2,800 millones de habitantes) y la insuficiente representatividad
de las instituciones multilaterales (el Consejo de Seguridad, por
ejemplo). Sin embargo, aun éste dejará de ser suficientemente
apreciado por la ausencia de mención a la amenaza global
del terrorismo, entre otros puntos.
Si bien la Asamblea General de la ONU es un foro de expresión
de las particulares preocupaciones de sus miembros, en el siglo
XXI debe empezar a ser una fuente de eficiente gobernabilidad internacional,
si no global. La ONU tiene aquí una tarea pendiente.
El Editor (ADC) |