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EDITORIAL
La devaluación del dólar y la deuda
A pesar de recompras y “reperfilamientos”, la deuda
externa pública peruana se ha incrementado en US$ 2000 millones
desde el 2001, según el vice-Ministro de Hacienda (el valor
antes conocido era de US$ 3000 mil millones). La dinámica
perversa de un refinanciamiento requerido para cumplir con los pagos
a costa de intereses cuyos saldos se capitalizan y los requerimientos
de un mayor gasto no serían el único motivo. Según
el vice-Ministro, una razón paradójica --la devaluación
del dólar frente al euro y el yen— consituiría
al respecto, un explicación fundamental.
En principio, la devaluación del dólar en una economía
involucrada en el “área de influencia” de esa
divisa, debería facilitar la adquisición de esa moneda
(la apreciación del sol, por el incremento de flujos derivados
de mayores exportaciones, lo facilita) implicando un menor requerimiento
de soles para pagar la deuda denominada en dólares. Sin embargo,
si lo primero resulta en ganancias netas para la economía
nacional, el segundo beneficio no se realiza necesariamente para
las acreencias en otras monedas. En efecto, si el dólar se
devalúa frente al euro, se requerirán más dólares
para pagar las obligaciones adquiridas en la moneda europea Y si
el efecto cuantitativo de esa relación es de la magnitud
indicada, entonces estamos frente a un progresivo shock externo
que tenderá a incrementarse, además, de acuerdo al
monto y velocidad con que se produzcan las futuras alzas de los
tipos de interés que realizará el FED.
Si las crisis monetarias de la segunda mita de los 90 han sido
superadas disminuyendo la volatilidad financiera, a la luz de esta
coyuntura bien podríamos estar asistiendo a la gestación
de otra modalidad de deterioro financiero derivado, esta vez, del
debilitamiento de la divisa dominante. Veamos.
Las autoridades monetarias peruanas explicaron el menor impacto
relativo de las crisis financieras de de los 90 (la crisis mexicana,
la asiática, la rusa y la brasileña) arguyendo la
escasa interdependencia con esos mercados. Ello amortiguó,
en su percepción, el impacto directo de la crisis en economías
pequeñas como la peruana aunque éstas sufrieran el
embate del deterioro del contexto económico atribuido precisamente
a esas crisis además del que produjo la recesión americana
de fines de la década y principios de este milenio. La CEPAL
denominó esa época como “la media década
perdida” (en realidad, un sexenio) en clara comparación
con la “década perdida” de los años 80
originada en la crisis de la deuda y el efecto inmediato de la reforma
liberal.
En esa coyuntura, los organismos financieros multilaterales (desde
el Banco Mundial hasta el BID) y los regionales (como el Grupo de
Río) anunciaron la aplicación inmediata de mecanismos
de prevención para atenuar el impacto de crisis futuras.
Su recurrencia cada vez más rápida en ciclos cada
vez más cortos agregaron drama a unas medidas que nunca se
adoptaron de manera muy visible porque quizás no estaban
destinadas a tener éxito en una mercado global volátilmente
desregulado y en el que los grandes fondos especuladores (los hedge
funds a los que la OPEP atribuye una responsabilidad de US$ 15 dólares
por barril en el reciente incremento del precio del petróleo
) actuaban con absoluta impavidez. La falta de voluntad del Grupo
de los 7 para incorporar instrumentos de estabilización,
como lo habían hecho en décadas pasadas, se dejó
sentir.
Las crisis financieras, felizmente, cesaron muy probablemente
debido a las expectativa decrecientes en la fragilidad de las economías
emergentes, al incremento de la disciplina de su manejo (la Argentina
y Venezuela son una excepción) y, especialmente, al contexto
optimista generado por el retorno del sólido crecimiento
a la economía norteamericana y mundial (asistido en menor
escala por la perfomance europea y japonesa).
Pero el crecimiento económico norteamericano se fundamentó,
entre otros factores, en un fuerte estímulo fiscal (inducido
por un sustancial recorte tributario), el crecimiento del consumo
y la fuerte expansión del mercado de capitales. La escala
del primero ha producido, sin embargo, un fuerte déficit
que compromete alrededor del 4% del PBI norteamericano y el segundo,
en una propensión a importar estimulante del déficit
de balanza corriente cuya dimensión comercial arroja un desbalance
histórico proyectado este año a US$ 600 mil millones
(The Economist). Ambos, en perspectiva, se consideran insustentables
e imposibles de financiar permanentemente con mayor deuda adquirida
en el mercado de capitales. Su corrección afectará
a los países en desarrollo.
Para comenzar, la disminución del ritmo de crecimiento
de la economía norteamericana (4.2%) tendrá un impacto
inhibidor del crecimiento latinoamericano mientras el incremento,
hasta hoy gradual, de las tasas de interés afectará,
como es evidente, el servicio de la deuda. Y la corrección
del déficit comercial (de ocurrir) contribuirá al
incremento del monto de nuestras obligaciones contraida en otras
divisas (el euro) si como sugiere The Economist, la depreciación
del dólar se incrementa en otro 20% para favorecer las exportaciones
norteamericanas, se estimulan las tendencia proteccionistas norteamericanas
(lo que va a contramano de la necesidad de un TLC indispensable
para la generación de divisas para el servicio) y se inhibe,
por tanto, la conversión de la deuda a la moneda más
barata, el dólar (porque incrementaría la exposición
a un fuerte aumento de los tipos norteamericanos).
Si es verdad que mientras la economía norteamericana siga
creciendo y el Perú maneje la suya disciplinadamente, tendremos
estabilidad –aunque no necesariamente progreso-, también
es cierto que los términos actuales de ese crecimiento implica
la perpetuación del empeño financiero de nuestros
países esta vez paradójicamente incrementado por el
aumento de la interdependencia comercial. Si la devaluación
del dólar favorecerá nuestras exportaciones (pero
más a las norteamericanas hacia nuestro país porque
el sol se aprecia relativamente), una mayor apreciación del
euro encarecerá más la deuda contraída en esa
moneda, hecho que las mayores exportaciones hacia la Unión
Europea no necesariamente podrían compensar. Dentro de un
contexto de interconectividad es necesario atajar esta nueva vulnerabilidad
que contribuye adicionalmente a gravar nuestro futuro financiero
inmediato y a complicar los términos de confrontación,
en el mediano plazo, de un eventual un próximo ciclo recesivo
de la economía mundial.
El Editor (ADC) |