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EDITORIAL
Terrorismo geopolítico
En la frontera de las inestables repúblicas de Georgia y
Azerbaiján, a un paso de la república rusa de Chechenya,
entre los mares Caspio y Negro y dentro de la periferia inmediata
de Eurasia se ha producido la peor agresión terrorista desde
que el radicalismo islámico golpeó Nueva York el 11
de setiembre del 2001.
Dos escenarios geopolíticamente alejados entre sí
han sido atacados con métodos distintos por fuerzas similares
con resultados catastróficos y ánimo desdestabilizador.
Si ese año la opinión pública mundial se solidarizó
con Estados Unidos y condenó al agresor, hoy debe ocurrir
lo mismo con Rusia que no sólo sufre un drama similar sino
que confronta a un enemigo que pretende estimular la desarticulación
de esa potencia. También en este nivel sistémico debe
evaluarse el desastre.
Aunque hasta hoy es imprecisable la dimensión de la participación
del fundamentalismo islámico como diferente de la del nacionalismo
checheno, la hipótesis de la vinculación de ambas
fuerzas no sólo es verosímil sino que la similitud
puede ser relativamente intrascendente frente a su efecto potencial:
el control criminal del Cáucaso como punto de influencia
sobre Eurasia.
Si la desestructuración de la Unión Soviética
produjo el cambio del sistema bipolar y la desintegración
de Yugoslavia abrió un frente de extraordinaria inestabilidad
en el sur de Europa, la progresiva desagregación de Rusia
en una zona de fuerte influencia sobre el heartland eurasiático
es una preocupación global. La amenaza del vacío de
poder en esa área generada por la interacción de conflictos
étnicos, religiosos, de soberanías yuxtapuestas y
de recursos, tiene un agente trasnacional que escala la amenaza:
el radicalismo islámico.
La emergencia de ese desafío es ciertamente anterior al
segundo conflicto de Irak aunque se pretenda atribuir su vigencia
al escandaloso proceso de identificación de la causa que
llevó a la guerra contra esa potencia árabe. La consecuente
pérdida de credibilidad de las agencias y gobiernos encargados
principales de la lucha contra el terrorismo global ha sufrido un
impacto debilitante en su eficiencia y en el nivel de cohesión
público requerido para confrontar la amenaza fundamentalista.
En ese contexto de incertidumbre, esas agrupaciones terroristas
han evolucionado en la práctica de métodos aberrantes
y selección de blancos espantosos. En efecto, en tiempos
recientes hemos presenciado la evolución del terrorismo hacia
el terrorismo suicida, al posterior empleo de mujeres suicidas y
luego al ataque de grupos suicidas. El efecto de pavor buscado por
este cambio de agentes se ha buscado también en la selección
de blancos: del ataque simultáneo a los símbolos del
poder (Estados Unidos) ha seguido el ataque simultáneo contra
los símbolos más desarmados de la vida (desde hospitales
hasta colegios repletos de niños y mujeres en Rusia).
Si la racionalidad terrorista es descodificable, sus objetivos
también lo son. Organizados por gentes instruidas, saben
cómo elegir el escenario. Una vez estabilizada Europa Central
por potencias occidentalizadas y endurecido el Medio Oriente frente
a su acción cotidiana, estas organizaciones han encontrado
una nueva base de proyección de inestabilidad en el Cáucaso.
Con ello procuran, además, alterar el flujo de petróleo
entre el Mar Caspio y el Mar Negro, multiplicar el efecto de los
desequilibrios que produce todavía la guerra de Irak y fomentar
el acoso de Rusia desde su periferia musulmana aprovechando los
enclaves secesionistas dentro de esa potencia. Si Estados Unidos
ya fue atacado y Europa amedrentada, ahora les parece necesario
consolidar su posición incrementando el desbalance ruso y
ampliar, en consecuencia, su influencia global.
A estos efectos intentarán dominar criminalmente espacios
como el checheno metamorfoseando una causa nacionalista, cuyos agentes
pueden negociar con Rusia, en centros de erosión de la cohesión
nacional de ese Estado. Si es verdad que el imperio ruso impuso
la presencia del Estado en Chehchenia con una fuerza brutal y la
URSS radicalizó esas medidas estimulando el sangriento irredentismo
checheno, el terrorismo islámico se ha impuesto a su vez
sobre esa resistencia con los fines explicados.
Por eso debe ser derrotado. El Estado ruso tiene al respecto la
responsabilidad de hacerlo mediante el uso de la fuerza, el respeto
de las leyes humanitarias y el recurso, si es necesario, a la asistencia
occidental para negociar con los sectores moderados. Lo que no puede
pedírsele a Rusia es que deje de actuar, que se fraccione
y que permita que una fuerza criminal cuestione su debilitada soberanía.
Más allá de los efectos perversos de la guerra de
Irak, la lucha contra el terrorismo es una realidad que debemos
afrontar activamente donde nos toque. Si sus causas son múltiples
debemos intentar sanearlas. Pero no a costa de la subodinación
a esa amenaza efectivamente trasnacional.
El Editor (ADC) |