|
EDITORIAL
Panamá: dinastías y partidos
El presidente Martín Torrijos, hijo del nacionalista general
Omar Torrijos, acaba de asumir el poder como convencido promotor
de la inversión privada, de la disciplina macroeconómica
y del crecimiento con equidad.
Si ello implica el quiebre de la tradición dinástica
en el partido de gobierno (el PRD), las formas democráticas
confirman esa desvinculación en tanto el señor Torrijos
ha recibido el poder de un miembro del Partido Arnulfista: la ex
presidente Mireya Moscoso, viuda del ex presidente Arnulfo Arias,
varias veces electo y otras tantas echado del poder por las Fuerzas
de Defensa (la última vez lo fue, en última instancia,
por el propio general Omar Torrijos). El significado es claro: aquella
entidad, como primer partido de oposición, continúa
subordinando la confrontación de personalidades a la vigencia
de los partidos como medio de gobierno en el país centroamericano
de mayor significación geopolítica para el Hemisferio.
Y está bien que así sea no sólo razones democráticas,
sino porque la administración de un Estado a cargo de la
vía acuática americana más importante para
el comercio mundial cuya seguridad requiere de compromiso externo,
no puede estar sujeto a confrontaciones de clanes familiares. Con
13,000 buques transitando por el Canal el año pasado, el
40% del comercio exterior andino dependiendo de ese paso y el 14%
del norteamericano, el Estado poseedor de la vía no puede
depender de la vigencia de confrontaciones de líderes carismáticos
aunque ésta representen dos puntos de vista socialmente arraigados.
Y menos cuando de uno de esos polos, del PRD, han emergido personajes
tan corruptos e inestables como el general Noriega quien, luego
de haber sido extraído ilegalmente del poder por la intervención
norteamericana de 1988, podría volver a Panamá el
2007.
Por lo demás, Panamá tiene otra dimensión
geopolítica que resguardar: ese país es el medio que
ha ligado históricamente a América Latina con Europa
y, por tanto, con Occidente. Así fue en la Conquista y en
la Colonia, y lo siguió siendo en la República. El
hecho de que el Istmo se ubique en la zona de influencia inmediata
de Estados Unidos y que la cuenca a la que pertenece el Caribe merezca
una principal atención de la primera potencia, no hace de
Panamá un dominio norteamericano ni un escenario de despreocupación
suramericana.
Así, mucho antes de que Víctor Raúl Haya
de la Torre planteara la cuestión panameña en el programa
máximo del APRA, es evidente que Panamá era de vital
importancia para Colombia de la que se desprendió en 1903
para proceder a la construcción del Canal, para Cuba cuyo
valor estratégico en el Caribe se incrementó con el
Canal o para el Perú que ya no tenía que depender
del sur del continente para su comercio exterior. Por ello hoy la
Comunidad Andina y Panamá expresan mutuo interés para
la afiliación del segundo cuando las condiciones de la integración
lo permitan. Mientras tanto, Panamá, según el plan
de política exterior del señor Torrijos, continúa
fortaleciendo el interés por la neutralidad como forma de
diluir la influencia norteamericana y de asegurar el servicio del
Canal al resto del mundo.
En realidad, esa condición neutral, que tan poco beneficio
y tanto costo ha traído a los suramericanos, proviene de
los tratados del Canal suscritos en 1977 por el general Torrijos
y el presidente Carter. La condición de apertura segura y
universal fue, además del traspaso de la administración
y la infraestructura a la soberanía panameña, uno
de los capítulos sustantivos de esos tratados cuya ejecución
final (la entrega del Canal a las autoridades panameñas)
fue, otra vez paradójicamente, realizada bajo el mandato
de la viuda del opositor del general Torrijos.
Desde entonces, el Canal ha sido administrado con eficiencia y
sin discriminaciones en otro signo de que a pesar de los nombres
involucrados, el poder dinástico se encuentra subordinado
a los partidos políticos en Panamá. Y así debe
continuar siendo porque la importancia del Canal, no obstante haber
perdido margen en términos militares (los portaviones no
pueden transitar por esa vía) y comerciales (cada vez se
transporte más carga marítima por barcos "post
PANAMAX" es decir, de tamaño superior a las dimensiones
que permite el Canal), sigue teniendo una importancia vital para
la interdependencia global y la seguridad hemisférica.
Lo primero, ha implicado un eventual compromiso panameño
con la ampliación de la vía con el propósito
de mejorar las condiciones de tránsito por la misma. Lo segundo
ha sido objeto de maniobras conjuntas interamericanas teniendo en
cuenta la vulnerabilidad del Canal al terrorismo.
Bajo el mandato del presidente Torrijos, los suramericanos esperamos
no sólo la consolidación de la democracia en ese Estado
vital, sino la limpieza del espacio panameño de la influencia
del narcotráfico y la continuidad de una administración
segura y confiable de una vía requerida por todos.
El Editor (ADC) |