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EDITORIAL
Macroregiones
El inicio del proceso de conformación de macroregiones
en el norte, centro y sur del país es un hecho de la mayor
trascendencia para la supervivencia y evolución del Estado.
La construcción gradual de espacios orgánicos basados
en complementariedades económicas, sociales e infraestructurales
antes que meramente administrativas no sólo cambiará
el mapa de Perú sino que mejorará los fundamentos
de su viabilidad, promoverá el desarrollo y potenciará
a la república si es que se logra atenuar las fuerzas de
fragmentación implícitas en esa dinámica reintegradora.
La realización de esas ventajas de redefinición
territorial contribuirán además a mitigar dos negativas
tendencias globales: el centralismo empobrecedor y la creciente
organización de megalópolis especialmente en los países
en desarrollo. La primera tendencia asume que existe un centralismo
sano en la medida que el Estado tenga los recursos suficientes para
suministrar los bienes públicos que la ciudadanía
demanda, pueda adoptar decisiones eficientes para todos, tenga la
capacidad para cumplir con sus funciones básicas (resguardo
territorial, ejercicio jurisdiccional, organización poblacional
y una adecuada inserción externa) y el mercado articule eficientemente
el territorio nacional.
Una vez comprobada la incapacidad institucional para satisfacer
esos requerimientos, la disfunción centralista erosiona progresivamente
al Estado como forma política de organización social.
De no proceder a una prudente traslación del poder a la periferia,
la toma de decisiones se atrofia, la administración de los
servicios públicos se erosiona, el territorio se abandona
y el mercado no adquiere la escala adecuada para operar sustentablemente.
La organización de los nuevos espacios socioeconómicos
y políticos que resulten del reconocimiento de ese fenómeno
no sólo beneficia a los ciudadanos que lo integran sino al
conjunto nacional que adquiere una nueva fundamentación.
De otro lado, los extraordinarios defectos de la tendencia global
a la conformación de megalópolis debe encontrar también
en la descentralización regional un contrapeso de eficiente
gestión pública, creación de riqueza y arraigo
poblacional. Para realizar esas ventajas es necesario constatar
el hecho de la evolución creciente de megalópolis
de más de 10 millones de habitantes en los países
en desarrollo. Si a mediados del siglo pasado este fenómeno
era prototípico de los países desarrollados, hoy se
identifica más con los Estados de menor capacidad, fuerte
crecimiento demográfico, explosiva migración del campo
a la ciudad y pauperización del empleo. Si las oportunidades
son mayores en esas ciudades, la pobreza, el subdesarrollo y la
violencia se multiplican también en ellas quizás con
mayor velocidad y perversidad que en el campo abandonado.
En la medida en que la organización de macroregiones contribuya
a arraigar al poblador en su lugar de origen, genere mercados y
espacios de orden y ofrezca mayores oportunidades que la exclusión
e informalidad propias de la gran ciudad, el Estado encontrará
alternativas a un desarrollo urbano hipertrofiado, anárquico
y desarticulador.
Sin embargo, el proceso de construcción de esa nueva configuración
espacial es tan importante como sus objetivos. En estados con fuerte
tradición centralista, el proceso debe ser más lento
que en aquellos donde esa tradición es menos intensa (como
el caso de los estados federales que, como en México, Argentina
o Brasil, no han logrado generación de desarrollo suficiente).
El proceso de traslación de poder administrativo y económico
debe realizarse de manera concordante con la capacidad de absorción
de los nuevos núcleos regionales y con la disposición
redistributiva del centro sin que éste sufra una merma tal
que arriesgue la estabilidad del conjunto nacional.
Por ello es necesario evitar los excesos de las fuerzas de fragmentación
que jalonan todo proceso de descentralización. Como en ciertos
vecinos (y también en Europa), éstas fuerzas se orientan
hacia la escisión o hacia el reclamo autonómico súbito
e inviable. Si esas fuerzas exceden la capacidad sustentatoria del
centro y la racionalidad del proceso redistributivo, el resultado
puede ser el conflicto regional.
Para moderar esas tendencias (y también para acomodar las
nuevas tendencias geopolíticas que surgirán con la
redistribución territorial) no basta que las nuevas regiones
se organicen de acuerdo a complementariedades efectivas y pautas
técnicas para legitimarse luego mediante la consulta popular.
También es imprescindible una muy fluida coordinación
con el centro si lo que se desea es alcanzar nuevos niveles de viabilidad,
oportunidades de desarrollo y el incremento real del potencial nacional.
El Editor (ADC) |