| LA RACIONALIDAD PERDIDA
Poniendo en cuestión los diagnósticos sobre el predominio
de las “nuevas amenazas” en épocas de pseudo-globalización
, la semana pasada ambientó, aunque sobre premisas equivocadas,
el retorno de la problemática convencional de seguridad en
el Pacífico sur suramericano.
En efecto, la insuficiente carta de intención para la exportación
del gas boliviano por territorio peruano y un precario acuerdo que
apunta a la creación de un mercado común entre las
partes suscritos en el marco de sendos reclamos marítimos,
parece haber sido leído por la autoridad chilena como una
reedición de alineamientos del siglo XIX. Ello ha motivado
una reacción en esos tres países –y en el Ecuador-
típica de los más primitivos escenarios del realismo
clásico y del ejercicio rudimentario del balance de poder.
La sobrereacción de las autoridades implicadas puede explicarse
por su pésima lectura del poder que éstas pueden desplegar
efectivamente en el terreno, las graves fallas de comunicación
entre la cancillerías, la fuerte distorsión del problema
diplomático por los medios de comunicación, la subestimación
de la sensibilidad del interés nacional vinculado al territorio
por la políticas exteriores vigentes, el uso de las mismas
para solucionar problemas internos y, especialmente, al predominio
de elementos emocionales en su conducción. En resumen, la
dimensión de irracionalidad con que se promueve el interés
nacional en los cuarto países involucrados se ha probado
en estos días alarmante.
El núcleo de este escenario lo conforma la reivindicación
marítima boliviana a partir de octubre del año pasado
cuando fuerzas antisistémicas de cocaleros e indigenistas
forzaron la renuncia del presidente Sánchez de Lozada. Si
la política explícita boliviana de promover la competencia
abierta peruano-chilena para la canalización de un recurso
estratégico como el gas era entonces peligrosa, ésta
se tornó abiertamente desestabilizadora cuando Bolivia perdió
toda capacidad de intermediación interna y el nuevo presidente
tuvo que seguir el curso hipernacionalista que imprimió la
situación de emergencia a su legítima reivindicación
marítima. Sin medir las consecuencias, Bolivia confrontó
beligerantemente a Chile aun cuando sus autoridades saben que deberán
entenderse con ese país.
En ese contexto disfuncional, nuestra Cancillería renovó
la solicitud de negociaciones de delimitación marítima
buscando un resultado perentorio al hacerlo de manera pública
y planteando un plazo de 60 días al efecto. Sin tomar en
cuenta el marco de largo plazo en que está planteada la controversia,
despreocupándose por la consolidación regimental de
nuestra posición (que reclama la adhesión a la Convención
del Mar) y obviando la reserva del procedimiento, el planteamiento
peruano pareció organizarse a la sombra del boliviano. De
allí que el “Tratado General” de integración
que se orienta hacia un mercado común y la carta de intención
para sacar el gas tarijeño por puertos peruanos –interés
peruano anterior a la presidencia del señor Mesa y distinto
del requerimiento de delimitación marítima- aparecieran
signados por esta situación.
De otro lado, la autoridad chilena –embarcada en su propia
problemática interna- no supo ni quiso leer esta circunstancia
y dio “fe” a una distorsión deliberada de un
diario boliviano que sostenía que el Perú estaba cuestionando
el principio básico de su política exterior -el fiel
cumplimiento de los tratados- sin tomar en cuenta que autoridades
bolivianas están interesadas en que ello ocurra para poder
cuestionar el tratado boliviano-chileno de 1904. Con ello los medios
chilenos autojustificaron la percepción de “aislamiento”
que Chile dice padecer a pesar de su predominio económico
y militar. Esta situación quiso dar un nuevo giro a la controversia
jurídica peruano-chilena a la que se sumó el canciller
ecuatoriano ejerciendo, según él, la “diplomacia
preventiva” cuando el Perú no ha planteado absolutamente
nada al Ecuador.
Como en el siglo XIX y mediados del XX la fantasía de los
“ejes” geopolíticos se reconfiguró en
la percepción de las cancillerías y de las fuerzas
armadas. Así, cuando la fuerzas chilenas cambiaron de objetivo
estratégico a unas maniobras que no fueron anunciadas como
debieron serlo y la fuerza aérea peruana respondió
como debía, el trabajo de generación de medidas de
confianza entre las partes de estos últimos años fue
gravemente afectado aun cuando las instituciones pertinentes en
la materia están activas.
A la luz de estos hechos, es necesario que el Perú recobre
la independencia de su política exterior vecinal, extienda
los vínculos de integración con Bolivia a Chile y
que nuestra fuerzas armadas restablezcan un equilibrio estratégico
razonable con nuestro vecino del sur para cooperar mejor. Bolivia
y Chile, por su lado, deben retomar la agenda de Algarve del 2000
comprometida por el presidente Lagos con el expresidente Banzer
– y que incluye al Perú-. Y Ecuador debe sumarse a
sus tres vecinos en un esfuerzo de recuperación conjunta
de la racionalidad perdida.
El Editor (ADC) |