| PERÚ Y BOLIVIA: ACUERDOS DE VIABILIDAD
A la luz de los extraordinarios problemas que embargan a Bolivia
-y en menor medida a Perú-, éstos no son tiempos para
la “diplomacia de gran diseño” sino de solución
de problemas concretos que afectan los términos de sobrevivencia
de ambos Estados. Sin embargo, “gran diplomacia” es
lo que tendremos el 3 y 4 de agosto con la suscripción de
un acuerdo de integración profunda peruano- boliviano y de
una carta de intención para la exportación del gas
de ambos países por puertos peruanos.
En efecto, asumiendo en apariencia que el acuerdo de libre comercio
vigente entre ambas partes ha generado intensa interdependencia
(cuando el intercambio bilateral no llega al 5%) y que se han superado
instancias intermedias de integración (cuando las partes
no conforman una unión aduanera), Perú y Bolivia han
decidido organizar un mercado común (que, en teoría,
supone libre circulación de bienes, servicios, capitales
y personas).
Ciertamente hoy tenemos más comercio, pero más contrabando
(el que concierne a Iquique-Bolivia-Juliaca se estima en US$ 600
millones). Y también un flujo mayor de personas (50 mil peruanos
en El Alto), pero más migraciones indeseadas (núcleos
delincuenciales peruanos y brumosos cocaleros e indigenistas bolivianos).
Y en cuanto al flujo de capitales, la sana inversión peruana
en Bolivia encabezada por el sector bancario (que no tiene reciprocidad)
puede ser superada por el flujo de divisas provenientes del narcotráfico.
Que se sepa, esta creciente interdependencia negativa –que
genera vulnerabilidad y que requiere de acciones depuradoras específicas-
no es materia de estos acuerdos. Como tampoco lo son las correcciones
a las alarmantes señas de fragmentación que emite
nuestro vecino.
Parte del problema del predominio de la diplomacia de “gran
diseño” sobre la que soluciona problemas se debe a
que el sobredimensionamiento de la relación peruano-boliviano
no es circunstancial sino tendencial. Si miramos sólo el
pasado cercano, aquélla ha sido la constante de los últimos
30 años mientras los resultados concretos, la excepción
(como, p.e. la excelente Autoridad Autónoma que maneja la
cuenca del lago Titicaca). En efecto, si el Programa de Acción
de Puno fue el gran intento sistematizador de la relación
bilateral de la segunda mitad de lo 80, los acuerdos de Ilo lo fueron
en los 90. Pues bien, del primero queda un registro burocrático
cuya mejor expresión son excepcionales e ineficaces reuniones
entre los respectivos gabinetes. Y de los segundos, se ha heredado
una excelente carretera (Ilo-Desaguadero-La Paz que ha dinamizado
el comercio de Matarani) pero también la herrumbre de la
zona franca industrial y turística concedida a Bolivia hace
una docena de años.
Es que el muy largo plazo parece ser el término aceptado
por las partes para cumplir (e incumplir) compromisos vitales. En
materia de infraestructura, los acuerdos sobre interconexión
ferroviaria de los años 50 seguían discutiéndose
en los 80 (el Corredor de los Libertadores) sólo para ser
desechados posteriormente. Y de lo logrado, allí están
los centros de gestión aduanera conjunta que, luego de grandes
negociaciones sobre la construcción de un puente en medio
del Altiplano, siguen sin funcionar.
Por ello es que lo que se concrete este 4 de agosto en materia
de eficiente integración fronteriza y de integración
energética entre los dos países para asegurar el aprovisionamiento
del sur resulta más entusiasmante que el anunciado “Tratado
General”. Lo mismo ocurre con la organización del flujo
turístico entre dos países que comparten circuitos
complementarios pero cuyos operadores, como en el caso peruano-brasileño,
han insistido en vivir de espaldas.
Menos esperanzadora, sin embargo, resulta la carta de intención
para exportar gas boliviano por Ilo. La decisión está
tomada dice el vecino, pero el gas sigue siendo un instrumento de
negociación con Chile; su uso, pendiente de la aprobación
de una ley de hidrocarburos que las complejidades del Congreso boliviano
densificará; su implementación, un imponderable que
las empresas multinacionales no han resuelto; y su destino, un mercado
mexicano que no asegura contrato sino una licitación. En
este negocio, la lógica económica inmediata y la política
de largo plazo tiende a seguir favoreciendo a Chile (cuyo vicecanciller
se reúne el 2 con su par altiplánico) en tanto el
gobierno boliviano no termina de decir su última palabra.
El Perú debe suscribir con Bolivia todo acuerdo que ate
a ese vecino a la compartida realidad altiplánica y que compense
el creciente arraigo boliviano en el Cono Sur. Pero al mismo tiempo
debe comprometer con la contraparte medidas específicas para
estabilizar política y socialmente la zona alta boliviana
y cohesionar la zona baja favoreciendo al Perú (estimulando,
p. e., circuitos económicos entre el Perú y el autonomista
oriente boliviano ). Y si se quiere plantear de verdad un “gran
diseño”, el Perú debe convencer a Bolivia y
Chile de las bondades de un diálogo trilateral que promueva
la solución de sus respectivas problemáticas bilaterales
y promueva la viabilidad del más débil.
El Editor (ADC) |