| DESINTELIGENCIA SISTÉMICA
Las decisiones en el ámbito de la seguridad, como en el
de la economía, se adoptan en función de la mejor
información disponible, el diagnósticos riguroso y
un código de señales que otorgue a los participantes
en el sistema referencias ciertas de acción. En un mundo
tan intensamente interdependiente y asimétrico como el actual,
el buen funcionamiento de esos códigos es fundamental para
que la racionalidad de las decisiones de los miembros públicos
y privados del sistema contribuya al adecuado sostenimiento del
mismo. En el ámbito de la seguridad global ese código
se ha roto.
En efecto, tanto el Comité de Inteligencia del Senado norteamericano,
que ha investigado durante un año los fundamento que motivaron
la decisión norteamericana de ir a la guerra en Irak, como
el Informe Butler en el Reino Unido, que ha indagado lo mismo sobre
la inteligencia británica, han concluido que la decisión
de ambas potencias se sustentó en información equivocada
o insuficiente, procesos cuestionables y fuentes de dudosa calidad.
Ninguno de los dos informes reporta mal uso político de la
información por los respectivos gobiernos, pero los responsables
norteamericanos del informe han asegurado que de haber contado con
la información con hoy cuentan, el Congreso de ese país
no hubiera autorizado el compromiso de la fuerza.
Si esta falla estructural en el sistema de decisiones de la única
superpotencia enuncia una fuerte erosión de su capacidad
hegemónica y del orden que ésta quisiera organizar,
es claro que las condiciones de seguridad de la “comunidad
internacional” (las que lidian con asuntos de guerra o paz)
también se han debilitado. Especialmente si la superpotencia
mantiene una doctrina estratégica que privilegia el ataque
preventivo (de “preemptive”) en un escenario en el que
el que una amenaza de difícil identificación, como
el terrorismo, encabeza la agenda.
Por ello no basta que la superpotencia anuncie medidas correctivas
internas. Ahora le resta una compleja labor de reconstrucción
de confianza entre sus socios que, por lo demás, deberán
seguir actuando en ese escenario neblinoso constituido por las “nuevas
amenazas” que requieren de mejor inteligencia que las “convencionales”
si no desean empeorar las cosas.
Pero no es sólo la “comunidad internacional”
la afectada por la irracionalidad actual del poder norteamericano.
El sistema internacional, aquél representado en el Consejo
de Seguridad de la ONU, también se ha debilitado por haber
mantenido durante 11 años la hipótesis de la existencia
de armas de destrucción masiva en Irak bajo la admonición
del Capítulo VII (aquel que permite el uso eventual de la
fuerza) sin haber logrado que el beligerante Hussein cumpliera con
aclarar si las tenía o no y sin haber tomado, al respecto,
las medidas coercitivas autorizadas por la Carta. En efecto, desde
la Resolución 687, en 1991 hasta la Resolución 1441
del 2002, el Consejo asumió que Hussein tenía esas
armas, sus inspectores configuraron un extensa lista de su posible
existencia y le exigió infructuosamente al tirano que las
declarara o probara su inexistencia bajo la advertencia de sufriría
las “más graves consecuencias” (como ocurrió
sin consenso) si incumplía.
Peor aún, ninguno de los miembros permanentes que se opusieron
al uso de la fuerza corrigió la “hipótesis”
del Consejo. Los servicios de inteligencia de China, Rusia y Francia
no desmintieron a través de sus representantes la información
norteamericana y británica ni cuando el núcleo de
seguridad del gobierno norteamericano se hizo presente en la ONU
para exponer el caso y demandar acción. Que se sepa la presentación
casuísitica del presidente estadounidense y del Secretario
de Estado en ese foro no fue desmentida ni cuando los jefes de la
CIA, del Consejo Nacional de Seguridad y hasta del Secretario de
Defensa estuvieron presentes para absolver cualquier aclaración
o imputación. Si los representantes de alguna de las potencias
opositoras al uso de la fuerza hubiera desmentido la información
en lugar de concentrarse en el proceso del uso de la misma, hubieran
corregido a tiempo la falla sistémica y corroborado el argumento
de que el Ejecutivo norteamericano no estaba realmente convencido
de lo que hacía (o que procedía más por voluntad
que por razón).
Si el proceso de toma de decisiones del principal sistema de seguridad
colectiva internacional presenta fallas de inteligencia básica,
ciertamente el sistema internacional está menos seguro de
lo que se suponía. En consecuencia el Consejo de Seguridad
y la Secretaría General de la ONU deben proceder a su corrección
inmediata. Por lo demás, si el mundo está más
seguro sin el tirano que se permitió desafían amenazantemente
a la ONU durante 12 años, no lo está tanto si las
más poderosas fuerzas de acción discrecional (que
no son sólo las norteamericanas) carecen de adecuada información
y se vuelcan hacia adentro sin dar explicaciones a sus socios ni
adoptar acciones de restauración internacional de la confianza
perdida.
El Editor (ADC) |