| MÁS MANIFESTACIÓN QUE HUELGA
El paro nacional de este 14 de julio ha sido una manifestación
política antes que una huelga reivindicativa. Independientemente
de que haya sido pacífico y de acatamiento irregular, sus
objetivos han estado destinados a imponer una determinada conducción
gubernamental antes que a reinvindicar requerimientos gremiales
específicos. El mayor debilitamiento del gobierno sin la
existencia de alternativa sólida de gobernabilidad y la mayor
vulnerabilidad nacional en un contexto signado por fuerzas de fragmentación
pueden ser sus consecuencias. Por eso nos opusimos en junio y volvemos
a hacerlo hoy.
Ello no es óbice, sin embargo para desconocer las fuentes
motivadoras del paro: la inmensa insatisfacción socio-económica
de las mayorías y el cuestionamiento del comportamiento del
liderazgo político. Si cambiar el modelo económico
es una solicitud hoy impracticable, la exigencia de una mejor perfomance
en un contexto externo favorable con el propósito de que
la salud de la cuentas nacionales se refleje en el mejoramiento
del estándar de vida ciudadano, es absolutamente razonable.
Así como es también legítimo el reclamo colectivo
de que la atmósfera de corrupción que rodea al gobierno
sea esclarecida y que las promesas que se hicieron sean cumplidas.
En el primer caso, sin embargo son los partidos políticos
los que han ofrecido alguna alternativa, no los gremios. Si la campaña
electoral para las elecciones del 2006 había empezado ya
con el protagonismo creciente de ciertos líderes políticos,
ahora ésta parece canalizarse a través de la demostración
masiva y de la cohesión temporal de fuerzas contrapuestas
que han encontrado en el gobierno un contendor. Hasta donde llega
nuestro entendimiento, una campaña electoral implica competencia
interpartidaria y contienda pública entre diversos liderazgos
sustentada en agendas contrastantes. Pero lo que ocurre hoy es la
confrontación masiva con un gobierno débil cuya intensidad
no oculta la posibilidad de buscar la vacancia presidencial y el
adelanto de elecciones.
En este contexto, la adecuación del manejo económico
a través de la sensata interacción cívica resulta
impracticable. Y, por lo tanto, la búsqueda de fórmulas
para mejorar la articulación de los saldos positivos de la
economía (superávit comercial, superávit fiscal,
crecimiento sostenido pero insuficiente, mejora de los términos
del intercambio) con las necesidades de la población (mayor
inversión, mejoramiento del crédito, promoción
del empleo, mejor redistribución de la riqueza) respetando
los límites y condicionamientos que imponen la inserción
externa y los niveles de apertura, se enturbian o bloquean.
Y en el segundo caso, la organización masiva de la protesta
callejera ciertamente no ayuda al esclarecimiento, a través
de los canales regulares, del escenario de corrupción que
ha envuelto al gobierno. Si se apura la erosión del piso
gubernamental sin dar sustento suficiente a las investigaciones
que corresponden y se logra la vacancia presidencial, nos colocaríamos
en una situación de ingobernabilidad que sólo agravaría
la vulnerabilidad política del país y del sistema
democrático. Por ello es que la canalización de la
insatisfacción con el liderazgo disfrazando la campaña
electoral con el paro nacional nos parece peligrosa.
Más aún cuando se ha pretendido enmarcar el paro
en antecedentes que no le corresponden como son las protestas de
1919 (en las que se logró conquistas laborales preciadas
como la jornada de 8 horas) y el violento paro de 1977 (que se dirigió
contra un gobierno militar que debía orientarse a una salida
democrática). El paro de este 14 de julio no pretende ni
la conquista laboral de principios del siglo pasado ni tumbar una
dictadura hoy inexistente. Y tampoco tiene la connotación
histórica del aniversario que marca la toma de la Bastilla.
Su connotación política es menos gloriosa.
A lo largo de décadas pasadas los peruanos hemos pagado
caro el precio del desorden y la inestabilidad. Hoy tenemos la posibilidad
de producir cambios políticos y económicos que armonicen
la perfomance económica con la justicia y la equidad a través
de canales institucionales expresadas en justas electorales sanas.
No las hechemos a perder, como algunos de nuestros vecinos, confundiéndolas
con movilizaciones laborales que buscan resultados inmediatos y
anárquicos. Si los gobernantes tienen que escuchar al pueblo
y comportarse honestamente, el pueblo debe emplear mejor los canales
regulares disponibles para expresar sus reclamos si deseamos generar
progreso con cohesión nacional y no perder competitividad
externa.
El Editor (ADC) |