| La política y el fútbol
Durante la reciente Eurocopa algunos diarios y revistas extranjeros
publicaron sesudos artículos sobre el fútbol como
fenómeno global (entrenadores alemanes en selecciones griegas,
jugadores brasileños ultraprofesionalizados en clubes españoles,
reglas claras y universales para todos, cobertura televisiva total)
o como bastión nacionalista (migrantes chimpuneros que regresan
para uniformarse patrióticamente, resurrección de
épicas helénicas, espectadores tribalmente disfrazados
de banderas, catarsis parroquianas exaltadas por la televisión).
Los ultraliberales e idealistas aplaudieron la primera fenomenología.
Los conservadores y nacionalistas, la segunda.
Si para la prensa europea y norteamericana la Eurocopa fue también
un espectáculo de ideas en contienda, la Copa América
no ha merecido hasta ahora trato tan prestigioso. Intentémoslo
modestamente acá a propósito de la coyuntura externa.
Para empezar deberá reconocerse que la sustitución
del campeonato suramericano por la Copa América equivale
al triunfo momentáneo del ámbito latinoamericano sobre
el suramericano como escenario de cohesión e identidad regionales.
Ahora compiten también Costa Rica y México intentando
demostrar que el escenario suramericano no puede ser excluyente.
Para México éste es un avance político en
tanto la opción latinoamericana vuelve a ser una necesidad
luego de más de una década de inserción norteamericana
(el NAFTA) y de fuerte incremento de la interacción con Estados
Unidos. No en vano además el presidente Fox concurre esta
semana a la Cumbre del MERCOSUR para dejar sentado el interés
de su país de integrarse a esa agrupación como miembro
asociado. Para enfatizar el punto, el Canciller Derbez ha planteado
a la Comunidad Andina el interés mexicano de obtener el status
de Observador en la CAN. Es posible que la Confederación
Brasileña de Fútbol esté encantada con la participación
mexicana en la Copa, pero la Cancillería de su país
debe estar midiendo el impacto de la eventual inserción mexicana
en el bloque suramericano que el Brasil considera como el escenario
externo de su identidad nacional. Las primeras reacciones ya son
decidoras: si México desea incorporarse al MERCOSUR, primero
debe negociar un acuerdo de libre comercio con el bloque en su conjunto.
Los acuerdos de complementación de la ALADI no bastan al
respecto.
De otro lado, si el fútbol es competencia en un marco integrador,
pues las recientes desavenencias entre Argentina y Brasil por la
imposición de salvaguardias por el primero a los importaciones
de electrodomésticos originados en el segundo, reiteran que
la realidad deportiva se aplica a la política. Si el buen
funcionamiento del eje brasileño-argentino es indispensable
para el adecuado desempeño del MERCOSUR, los desacuerdos
asentados en viejas rivalidades deberán ser resueltos si
el bloque no desea ingresar a una crisis parecida a la del 2002.
Brasil, que tiene un fuerte superávit en la relación
comercial con su vecino se ha considerado sorprendido mientras que
Argentina considera que está en pleno derecho de proteger
su industria nacional frente al incremento en poco tiempo de más
del 100% de las importaciones brasileñas en el sector. Como
es evidente, la integración no implica armonía. Así
lo volverá a demostrar, en el Perú, la vieja rivalidad
futbolera entre las dos mayores potencias suramericanas.
Y en términos de poder, el predominio futbolístico
de los países del Cono Sur sobre los andinos, que han ganado
excepcionalmente la competencia regional sólo para confirmar
la regla de la hegemonía uruguayo-argentino-brasileña,
sigue siendo la ley de la vida político-económica
en esta parte del mundo. En efecto, no sólo la estructura
de nuestro comercio es tipo Norte-Sur (los andinos exportamos materias
primas, los conosureños nos exportan bienes manufacturados)
sino que la capacidad de poder de Brasil y Argentina sigue siendo
reconocida como insuperable en nuestro ámbito. Por ejemplo,
mientras la dupla atlántica candidatea abiertamente para
obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU,
los andinos apenas nos atenemos hasta el momento- a apoyar tal o
cual candidatura.
Por lo demás, nadie podrá negar la función
de gran cohesionador nacional que desempeña el fútbol
en la política interna. Si los militares peruanos en el 70
y los argentinos en el 78 supieron aprovechar el éxito de
las respectivas selecciones para concentrar el fervor popular, hoy
en el Perú la CGTP desea aprovechar la Copa para conseguir
el máximo impacto de sus reclamos... pero liberando a los
ciudadanos del agobio de la protesta para que puedan concurrir a
los estadios. Si la pasión futbolera debe respetarse hasta
ese punto y el rol cohesivo del fútbol tiene una valía
superior para aquellos países que padecen el azote de las
fuerzas de fragmentación, ganar la Copa le sentaría
mejor que nadie a Bolivia para mitigar las múltiples confrontaciones
que están poniendo en cuestión la viabilidad del país
hermano.
Y si el fútbol influye en la política de esa manera,
no pocos gobernantes querrán sacar conclusiones del nuevo
ciclo ganador del sistema defensivo impuesto por Grecia en la Eurocopa.
Aunque las tendencias proteccionistas estén resurgiendo en
algunos países (por ejemplo, con el planteamiento de revisión
de los acuerdos de libre comercio sugerido por los candidatos demócrartas
norteamericanos) quizás no deba exagerarse al respecto teniendo
en cuenta que la Ronda Doha contemplará en alguna medida
la reducción de los subsidios a la agricultura. Al respecto
deberá tenerse en cuenta además que, a pesar de que
vivimos etapas de integración creciente que invita a generalizar
las reglas de juego, la especificidad está también
de regreso. Así lo demuestran las recomendaciones de la UNCTAD
y la CEPAL para aplicar políticas económicas más
acordes con las particularidades de los países en desarrollo
como respuesta a los modelos homogéneos de la década
de los 90. Ni los técnicos de fútbol deben seguir
el ejemplo de Grecia ni los políticos sacar conclusiones
apresuradas de los candidatos norteamericanos.
Finalmente, si los peruanos debemos sentirnos orgullosos por convocar
en tiempos difíciles a la mayoría de las selecciones
latinoamericanas, también deberíamos protestar políticamente
contra las federaciones que han decidido enviar a equipos repletos
de suplentes a la mayor justa continental. Felizmente, en este acápite
la diplomacia sí mantiene alguna distancia con la realidad
de la pelota.
El Editor (ADC) |