| PROGRESO EN IRAK
Aun en el ámbito del disenso sobre las motivaciones, la
legalidad y la eficacia con que se ha conducido la guerra en Irak,
el reciente traspaso del poder a una autoridad local aprobada por
la ONU debe contribuir a la estabilización del área
y a afirmar la convergencia en la solución de este conflicto.
La condición para que ello ocurra es la rápida evolución
de la ficción jurídica de la devolución de
la soberanía hacia su ejercicio efectivo por la autoridad
iraquí, aunque fuera de manera parcial, y la presencia eficaz
de la fuerza multinacional.
Entre los países árabes, la reacción no ha
sido unánimemente aprobatoria, pero el inicio del cumplimiento
de la Resolución 1546 del Consejo de Seguridad de la ONU,
ha estimulado en algunos de ellos una disposición a la cooperación
militar (Jordania), o política (Egipto, Kuwait) que atenuará
las diferencias con países como Siria.Y, en tanto, la Resolución
de la ONU llama explícitamente a las organizaciones regionales
a cooperar con la nueva autoridad iraquí y a luchar contra
las fuerzas terroristas que llegan Irak, la Liga Árabe no
podrá regatear por mucho tiempo su apoyo formal. Mientras
tanto, gobiernos como el de Arabia Saudita tendrán un estímulo
adicional para luchar contra Al Qaeda a la que han financiado. Y,
dentro de Irak, los beligerantes que no provienen de organizaciones
terroristas o del crimen organizado, como las fuerzas remanentes
del régimen de Hussein o de las facciones que desean compartir
el poder, tendrán un incentivo para facilitar el proceso
de transición que conduzca a la la elección de un
gobierno soberano a fines del 2005 aun en el marco de la violencia.
A este efecto estabilizador se añade el incremento de la
participación de las organizaciones de seguridad colectiva.
Entre ellas destaca el propio Consejo de Seguridad de la ONU cuya
vocación consensual se ha expresado por unanimidad en la
Resolucíon 1546 que aprueba al gobierno iraquí, establece
los términos de la transición democrática,
devuelve los recursos naturales y financieros –bajo supervisión-
y procura la reconstitución de las fuerzas de seguridad iraquíes.
Ello incluye la aprobación del rol de la fuerza multinacional
predominantemente norteamearicana presente, esta vez, “a solicitud”
del gobierno local.
Los mecanismos regionales de seguridad colectiva han encontrado,
a su vez, un rol adicional dependiendo de su capacidad. La expresa
solicitud de cooperación a estos organismos otorga una nueva
responsabilidad a la OTAN. Ésta ha tenido que deponer sus
divisiones para comprometerse con el entrenamiento de la fuerza
iraquí (lo que ocurrirá,eventualmente, en el terreno).
Los efectos indirectos de ese llamado se sentirá en otros
organismos regionales –como el interamericano- estimulando
la participación en operaciones de mantenimiento de la paz
(como en el caso de Haití, donde participarán fuerzas
peruanas entre otras latinoamericanas bajo liderazgo brasileño).
El traspaso de poder en Irak ha inducido también la reducción
de los precios del petróleo. Aunque éstos no regresen
a la banda US$24-US$28 establecida por la OPEP, la seguridad de
la mayor oferta iraquí si se protegen las líneas de
suministro, reducirá la presión inflacionaria y amortiguará
el proceso de incremento de las tasas de interés en que se
ha embarcado el FED. Ello sin contar aún las posibilidades
que se abren en el Medio Oriente si fluye la cooperación
económica prometida y si la reforma estimula el mercado regional.
En el largo plazo, las posibilidades de que la reforma política
se extienda en el Medio Oriente han renacido. Ello dependerá
de que el actual gobierno transitorio tenga éxito, que la
fuerza multinacional se mantenga en el sitio por el tiempo que sea
necesario y de que se reemprenda las negociaciones palestino-israelíes
sin cuya avance no se habrá logrado demasiado.
Sin embargo la variable principal seguirá siendo la presencia
norteamericana en la zona que, aunque no se retraerá, ingresará
a una fase complicada por las elecciones de fin de año y
por la necesidad de explicar las gruesas fallas de inteligencia
y estratégicas que llevaron a la decisión de desactivar
una amenaza que no correspondió finalmente a la presencia
de armas de destrucción masiva y que condujo a la sobrestimación
de la capacidad de la fuerza expedicionaria y la subestimación
de las complicaciones en el terreno. A explicar la primera falla
deben contribuir también la ONU y las grandes potencias cuyos
sistemas de inteligencia mantuvieron hasta el final (Resolución
1441) la hipótesis de la existencia de dichas armas. Ciertamente
el mundo está mejor con la deposición de un genocida
que ejerció sistemáticamente el terrorismo de Estado,
pero la implementación militar de la seguridad colectiva
no puede llevarse a cabo sobre premisas falsas sin pérdida
de legitimidad por el organismo que la ampara y la potencia que
lo lidera aunque ésta no tenga reemplazo.
El Editor (ADC) |