| Irak: Proceso de reconstrucción
Aunque el proceso de recuperación soberana será
extenso y complejo, el gobierno provisional iraquí aprobado
y reconocido por la ONU ha asumido funciones con el apoyo unánime
de los miembros del Consejo de Seguridad dando término formal
al período de ocupación. Por razones de seguridad
y de afirmación de autoridad ello ha ocurrido, a solicitud
del gobierno emergente, dos días antes de la fecha señalada
por la Resolución 1546. En medio del conflicto, las perspectivas
de un estado democrático que contribuya a brindar estabilidad
al área y proyectar una disposición reformista en
el Medio Oriente se inauguran apenas pasado un año desde
que una tiranía desafiante fuera derrotada mediante el uso
de la fuerza implícitamente aludida en la Resolución
1441.
El hecho de que las armas a que hace referencia esa Resolución
no hayan sido encontradas aún y de que no se haya establecido
un vínculo institucional entre el gobierno de Hussein y Al
Qaeda ciertamente ha oscurecido el casus belli. La consecuencia
de ello ha sido la conclusión de que Irak no representaba
una amenaza real como se arguyó, la fuerte pérdida
de credibilidad de las más altas autoridades de Estados Unidos
y el rechazo al unilateralismo con que se procedió en tanto
éste fue entendido más como caprichoso que como necesario.
Ciertamente hay sustento en estas afirmaciones. Pero si los cargos
fueran fundados, estaríamos en la presencia de un complot
universal en el que han participado, bajo consigna norteamericana,
16 de los 26 países de la OTAN además de potencias
asiáticas como Japón y Corea del Sur, entre otras.
Además de lo improbable de la hipótesis al respecto
debe recordarse que, aunque Estados Unidos sea la única superpotencia,
su capacidad de ejercer decisivamente el uso de la fuerza se ha
probado fuertemente limitado en el escenario de la guerra asimétrica
en el caso iraquí. Bajo la incertidumbre del triunfo, difícilmente
se puede decir entonces que ese conjunto de potencias hayan aceptado
el liderazgo norteamericano por temor antes que para satisfacer
intereses nacionales y compromisos estratégicos en momentos
críticos. Por lo demás, si no se ha probado una vinculación
directa entre el régimen de Hussein y Al Qaeda, ello no quiere
decir que ese régimen no estuviera comprometido con la práctica
terrorista en el centro geográfico del terrorismo global.
Y si no fuera así, lo menos que puede decirse es que el Irak
de Hussein practicó el peor terrorismo posible: el terrorismo
de Estado contra su propia población.
Y en cuanto a la inexistencia de las armas de destrucción
masiva, debe recordarse que la carga de la prueba recaía
en Hussein y éste no sólo expulsó a los inspectores
de la ONU que debían ayudar a esclarecer el hecho, sino que
el tirano se esmeró en chantajear a la comunidad internacional
dando a entender, con el silencio, que sí las poseía.
La información de la ONU asumió que las armas existían
(los inspectores nunca fueron plenamente explícitos en sentido
contrario) y los servicios de inteligencia de los miembros permanentes
del Consejo de Seguridad tampoco dieron señas de su inexistencia.
Por lo demás, los jefes de gobierno y cancilleres de los
países miembros del Consejo de Seguridad discutieron pública
y oficialmente no si Irak disponía de armas de destrucción
masiva, sino sobre el proceso para dar cuenta de ellas y sobre si
la resolución 1441 era suficiente para emplear el uso de
la fuerza en el ámbito de la seguridad colectiva. Cuando
Estados Unidos y sus aliados actuaron, el tema dejó de ser
meramente diplomático para incorporarse al ámbito
de la guerra.
Los alineamientos generados por ese hecho ingresaron entonces en
un campo en el que la estrategia que siguió a la toma de
Bagdad encontró serios obstáculos. De ella se puede
decir, en términos generales, que sobredimensionó
la capacidad de la fuerza comprometida (140 mil hombres) y subestimó
la resistencia de los remanentes de la fuerza de Hussein, de las
facciones religiosas, de la abundancia de armas ligeras en manos
de la población y de las fuerzas terroristas locales y transnacionales.
Las consecuencias políticas de esa situación las está
pagando la administración Bush.
Mientras tanto, la necesidad de la participación de la
ONU se hizo evidente para todos. Y ésta ha respondido. El
Secretario General envió a un representante personal que
coadyuvó a la selección de los actuales gobernantes
provisionales. Mientras tanto el Consejo de Seguridad aseguró
su compromiso con el proceso de reconstrucción política
de Irak (que, luego de elegir a una asamblea nacional de transición
y redactar un Constitución, deberá elegir a un gobierno
plenamente soberano a finales del 2005), devolvió a Irak
el manejo de sus recursos financieros y naturales (actividad que
será supervigilada) y aceptó que el gobierno iraquí
solicitara a la fuerza multinacional la continuación de sus
funciones para establecer la seguridad del país, proceso
que el gobierno deberá coordinar activamente. Algunas de
estas facultades son ahora más nominales que reales pero
se concretarán progresivamente mientras que la comprometida
inversión en la reconstrucción económica deberá
ser atendida conforme se establezca el marco de seguridad.
Aunque el esfuerzo pendiente es inmenso y los desafíos seguirán
siendo sangrientos, el traspaso del poder a un gobierno iraquí
tiene gran dimensión estabilizadora. Esa medida específica
y el auspicio reformista en el área debe ser apoyada por
la comunidad internacional. Y en el centro de esas iniciativas debe
estar el reinicio de la negociación palestino-israelí.
De no ser así, el Medio Oriente seguirá siendo un
centro de desestabilización global que no puede seguir siendo
tolerado.
El Editor (ADC) |