| LA FRAGENTACIÓN DEL SUR
Ad portas de un aniversario más de la suscripción
de la Carta de San Francisco, la UNCTAD, la institución de
la ONU que procura articular el comercio y el desarrollo, está
patrocinando el incremento de los intercambios entre los países
del “sur” dentro del Sistema Global de Preferencias
Comerciales (GSTP). El esfuerzo tiene sentido si se considera que
el comercio entre países en desarrollo implica al 40% de
los intercambios de estas economías cuando en los años
60 el nivel era de 24%.
Pero más allá de la ampliación de los beneficios
de este sistema (que agrupa apenas a 43 miembros incluyendo a todos
los suramericanos, salvo a Paraguay y Uruguay), el Consenso y el
Espíritu de Sao Paulo con que ha culminado la UNCTAD XI,
no ha propuesto nada más concreto que una infinita vocación
normativa para la compleja problemática de los países
en desarrollo.
El problema es más grave en el caso de la UNCTAD, no sólo
porque el grupo de los 77 que la creó no representa ya al
“Tercer Mundo” (éste ya no existe), sino porque
los países en desarrollo están hoy fragmentados en
una serie de categorías que tienden a concentrar la atención
en los menos favorecidos. Así, los “países menos
desarrollados” (alrededor de 50 que dependen de no más
de tres commodities signadas por intensa y progresiva erosión
de los términos del intercambio) forman un grupo de especial
atención al que se suman los aún menos favorecidos,
los altamente endeudados, los mediterráneos y regiones específicas
como el África. Estos subgrupos disponen de programas especiales
(como en el de reducción de deuda) con una concentración
en los problemas de pobreza (su participación en el producto
global es de 0.6%).
Los países medianos (entre los que se encuentra el Perú)
y los de economías emergentes forman un grupo aparte en los
que la capacidad del comercio como estimuladora del desarrollo es
más factible (al tiempo que son menos proclives a recibir
facilidades, por ejemplo, en el trato de la deuda o de la cooperación
internacional, cuyas metas de 0.7% del PBI de los países
desarrollados hoy difieren del compromiso real de 0.2%). A ellos
parece destinada la nueva preocupación de la UNCTAD XI: la
reactivación de la ronda Doha en la medida que ésta
incorpora el tema del desarrollo por primera vez de manera preferente
según dicho organismo. En un signo distintivo de los tiempos,
al respecto la UNCTAD ya no defiende como en el pasado, mecanismos
estabilizadores de precios, por ejemplo, sino libre comercio donde
el trato diferencial parece más procesal (facilidades de
adaptación) que cercano a los principios comprometidos en
la Parte IV del GATT.
Si esto es así, se comprende que estas negociaciones comerciales
multilaterales concentren en el sector agrícola el esfuerzo
diplomático más visible. Pero sólo porque en
los países desarrollados el tema es el de los multibillonarios
subsidios, mientras en los países en desarrollo el tema es
la cantidad de gente arraigada en el área (60.6% de la PEA
de estos países vs. 16.1% en la industria y 23.3% en los
servicios –UNCTAD: “2004: Desarrollo y Globalización”-).
A pesar de esa alta proporción demográfica, el valor
generado por el sector es fuertemente declinante (y, en América
Latina, la población dedicada sólo alcanzaría
el 25%). Esta diferencia sectorial con Africa y Asia no sólo
debiera reclamar de la UNCTAD una atención diferenciada por
regiones (otro contraste con los años 60) sino por sectores
intensivos en capital y trabajo (como es el caso de las manufacturas
que en América Latina creció al 58% de las exportaciones
totales en el 2001).
Lo mismo ocurre con la inversión. Si del saldo de los flujos
hacia los países desarrollados (29 %) América Latina
sólo capta 8.6% mientras el Asia concentra 14.6%, la aproximación
de la UNCTAD al área no puede ser indiferenciada. La brecha
creciente que en esta materia se genera entre Asia y América
Latina no corresponde al grado de apertura de nuestras economías
que, a un alto costo social, es superior a la asiática. Éste
es un problema quizás mayor al problema identificado por
la UNCTAD: la volatilidad de los flujos y la correspondiente vulnerabilidad
de la región.
De otro lado, si los países en desarrollo representan un
tercio del valor total del comercio global (creciendo de 25% en
los años 60), América Latina ha decrecido de 7.5%
en los 60 (sin reformas) a 5.4% en el 2002 (con reformas). La UNCTAD
no dice mucho al respecto y menos del contraste con el Asia cuyo
peso comercial pasó de11.4% en los 60 a 24.3% hoy. En un
sistema que estimula la competencia, he allí uno importante
en el que la cooperación sólo a través del
GSTP no ayudará a solventar.
Y mucho menos si mantenemos nuestros mínimos índice
de interdependencia intraregional. Mientras la Unión Europea
intercambia hacia adentro 61% de su comercio, el NAFTA 56%, la ASEAN
22.8%, el MERCOSUR apenas llega a 17.7% y la CAN a 10.5%. La UNCTAD
hace bien en estimular la interdependencia del “sur”
pero debe aproximarse a ella también a través de un
enfoque diferencial que incorpore los problemas de la competencia
interregional.
El Editor (ADC) |