| México y Bolivia en el Perú
Los cancilleres de México y Bolivia han traído al
Perú en estos días bastante más que sus respectivas
agendas de trabajo.
Aunque en el caso mexicano, el interés específico
de la visita radica en la negociación futura de un acuerdo
de promoción y protección de inversiones (el stock
de la inversión mexicana en el Perú se estima en US$
2000 millones) y el perfeccionamiento del acuerdo de complementación
económica existente, es evidente que el interés general
se orienta a mejorar la relación de México con nuestra
región y redefinir, a través de ella, patrones de
identidad, inserción y de cierto balance de la predominante
vinculación que mantiene ese país con los Estados
Unidos.
En el caso boliviano, el interés concreto de la visita
ministerial radica en avanzar el acuerdo de integración profunda
que Perú y Bolivia esperan culminar en agosto próximo
y en esclarecer las posibilidades de exportar el gas del oriente
boliviano por el sur del Perú (tema estrechamente ligado
al problema de la mediterraneidad). Pero quizás el canciller
de Bolivia desee, además, asegurar el concurso de un interlocutor
que contribuya a solucionar los serios problemas de cohesión
interna que afligen a nuestro vecino.
Desde que la crisis de pagos mexicana desató la crisis
de la deuda latinoamericana en 1982, la fortaleza del Estado corporativo
que el PRI impuso a México durante 70 años perdió
consistencia haciendo sitio a la reforma liberal de la época.
Junto con ella, la relación económicamente cercana
que México mantuvo con Estados Unidos se intensificó
mientras que se acortó la distancia de la relación
política. El punto culminante de ese proceso fue la suscripción
del NAFTA en 1993. La aspiración mexicana de progreso basada
en ese tratado se reflejó en su pomposa incorporación
al gremio de los países desarrollados (la OCDE) sólo
para ser contestada por el estallido de la rebelión de Chiapas.
Aunque el comercio exterior de México ya era fuertemente
dependiente del mercado norteamericano, con el NAFTA el 85% de las
exportaciones mexicanas encontró en Estados Unidos un gran
mercado de escala que hoy traduce un superávit de más
de US$ 40 mil millones. Y aunque la inversión extranjera
se multiplicó diversificándose, el escaso saldo comercial
requería de contrapesos relativos que encontró en
un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea y una serie
de acuerdos de complementación económica con otros
países de la región. Para seguir atenuando el desequilibrio,
México busca hoy una asociación institucional con
la Comunidad Andina (a la que espera incorporarse como observador)
y con el MERCOSUR (grupo comercial y financieramente más
importante para México que la CAN).
Pero no es sólo el interés de balancear el peso norteamericano
lo que motiva la visita del Canciller Derbez, sino el de promover
una integración latinoamericana en el ámbito del ALCA
que no esté marcada por la agenda de "un solo país".
La expresión de ese interés parece dirigirse menos
a Estados Unidos que a contrapesar también la prioridad brasileña
de un espacio económico suramericano en el que México
no tendría mayor participación. Con esta vocación
hemisférica antes que regional México parece buscar
una nueva inserción latinoamericana y recuperar una identidad
que pueda traducirse en mayor influencia política, por ejemplo,
en foros multilaterales como la OMC (el Grupo de los 20) o en la
ONU.
Contrastando con la prioridad del interés externo, la visita
del Canciller Siles de Bolivia trae consigo una complejísima
prioridad interna: la necesidad de contar con el Perú para
afirmar la cohesión nacional cuya crítica situación
actual supera la prioridad externa de resolver el problema de la
mediterraneidad. Desde que en octubre de 2003, los partidos políticos
fueron rebasados por fuerzas emergentes (los movimientos cocalero
e "indigenista") que provocaron la renuncia del presidente
Sánchez de Lozada, las fuerzas de fragmentación interna
parecen haber ganado terreno a los esfuerzos cohesivos centrados
en una agresiva diplomacia de reivindicación marítima.
Hoy el movimiento "aymara" se ha extendido sobre el altiplano
boliviano desde las orillas del lago Titicaca, donde se emparenta
con el caso Ilave, hasta el departamento de Oruro (Ayo Ayo) llevando
consigo la anarquía (corte de carreteras internacionales,
linchamiento de alcaldes, designación de "autoridades"
que no reconocen la jurisdicción del gobierno legal). Ese
movimiento racista ha estimulado el viejo conflicto con el oriente
boliviano cuyos departamentos (donde se encuentra el gas) reclaman
hoy autonomía. El encadenamiento de la protesta antiliberal,
el reclamo "aymara" y la reivindicación oriental
ha puesto en cuestión la unidad del Estado boliviano.
Si el Perú debe atender el nuevo interés de reinserción
latinoamericana de México, ciertamente le es mucho más
relevante evitar que Bolivia transite de una situación de
inviabilidad a una de fragmentación. El esfuerzo de la Cancillería
debe multiplicarse al respecto.
El Editor (ADC) |