| Una nueva relación con Estados Unidos
Aunque se suscriba con la única superpotencia, un acuerdo
de libre comercio debiera estar desprovisto del aura que marca los
grandes cambios de la historia. Pero, si ese acto se ambienta en
la poderosísima corriente de acuerdos comerciales bilaterales
que Estados Unidos ha tejido en nuestro Hemisferio y fuera
de él puede decirse que el inicio de las negociaciones
del TLC constituye un punto de inflexión en la historia económica
de nuestro país. Especialmente si de él se deriva
un nuevo tipo de alineamiento con Estados Unidos y se consolida
nuestra inserción en Occidente.
Para los que consideran la historia como la evolución de
las civilizaciones, el desarrollo de grandes acontecimientos o la
épica de extraordinarias personalidades, las negociaciones
que empezaron el 18 de mayo en Cartagena, Colombia, constituyen,
a lo más, pequeña historia. Pero es historia al fin
y no meramente circunstancial porque de su resultado dependerá,
en buena cuenta, el carácter de nuestro comercio exterior
(que consolidará alrededor del 70% del mismo en Occidente,
si se procede a suscribir luego el acuerdo con la Unión Europea
y se institucionaliza el vínculo suramericano), los equilibrios
de nuestra economía (que tenderán, probablemente,
a favorecer más a los sectores hoy mejor desarrollados),
la orientación de nuestra política exterior (que no
podrá seguir siendo la misma si la relación de alineamiento
"voluntario" transita a la de socio institucionalizado)
y el status de seguridad (el compromiso con Estados Unidos tendrá
necesariamente un reflejo político en este sector).
En términos de vinculación con el mercado norteamericano,
ciertamente no estaremos en el caso mexicano (que destina el 85%
de sus exportaciones a ese mercado), ni en el caso chileno (cuyo
comercio exterior está mejor diversificado entre Europa,
Asia y Estados Unidos). Pero si, por poner un ejemplo, la meta actual
es duplicar el nivel de exportaciones globales y Estados Unidos,
destino del 25% de nuestras exportaciones, es nuestro mayor mercado
nacional (la Unión Europea es un mercado supranacional),
es lógico que sea este mercado el que incremente su participación
como destino de nuestra oferta exportable. La dimensión de
ese redireccionamiento dependerá de la disposición
de la Unión Europea a balancear ese destino.
Lo que suceda con las exportaciones, ocurrirá también
con las importaciones que se incrementarán por efectos inerciales
alterando quizás la balanza hoy superavitaria y
por el aumento de la demanda si la economía crece estimulada
por la mayor confianza que ambientará a la inversión
nacional y extranjera (y, hoy, por un contexto externo favorable
aunque cuestionado por algunos). Esta dinámica incrementará
el bienestar, pero no necesariamente generará desarrollo
si se mantiene las desigualdades actuales, los bajos niveles de
productividad y una competitividad paupérrima. Más
aún, si el TLC tiene un efecto concentrador no atajado por
políticas redistributivas basadas en el mercado interno,
el bienestar generado puede ser compensado por el malestar de los
menos favorecidos.
Ciertamente que el resultado dependerá de la calidad de
la negociación (por ejemplo, del grado de trato diferencial
a otorgarse, del mayor o menor compromiso de estándares laborales
y ambientales, de la mayor o menor flexibilidad de las reglas de
origen, del mantenimiento o no de las normas que favorecen la producción
nacional en las compras estatales, de la capacidad o no de reducir
los subsidios norteamericanos agrícolas o compensar su influencia,
de las facilidades financieras que puedan obtenerse para compensar
las asimetrías y a los perdedores).
Pero, en tanto ésta probablemente no se diferenciará
demasiado de las pautas ya marcadas por las negociaciones de los
Estados Unidos con México, Chile, Centroamérica y
la República Dominicana las ventajas quedarán mejor
aseguradas si se preserva una capacidad nacional para potenciar
los beneficios y minimizar los perjuicios. Las políticas
nacionales para regular creativamente el impacto en el mercado interno
debe ser resguardada (este es la materia de las cláusulas
de salvaguardia).
Si para el gobierno, la negociación del TLC con Estados
fue una opción desde el principio, para el Estado casi ha
dejado de serlo. Aún teniendo claro el encuadre costo-beneficio,
el TLC casi ya no es una alternativa (y menos si el MERCOSUR inicia
una negociación en el futuro próximo) salvo que querramos
mantener el status de Cuba o Venezuela. Nuestra alternativa consistió
en negociar antes o después de consolidar el mercado suramericano.
Logrado esto a medias, hoy debemos obtener la mejor ventaja de un
escenario del que no podemos quedar al margen.
El Editor (ADC) |